Olvidando la vida. Capítulo 13

Volvía a casa, decepcionada por la situación a la que me había visto expuesta por aquella informática con un problema de personalidad múltiple, cuando una mano detuvo mi perdido rumbo.

–          ¿Ya vuelves de la caza? Un poco temprano para ti, ¿no?

–          Judith, no tengo la cabeza para aguantarte ahora.

–          ¿Estás bien?

–          Sí –contesté con un tono tan seco que esperaba que mi interlocutora se diera por aludida y me dejara marchar.

–          Helena, ¿qué te pasa?

–          Nada, he tenido una noche un tanto rara.

–          ¿Puedo hacer algo?

–          Judith, no sé a qué viene este ataque de altruismo, pero no me lo trago. Déjame tranquila.

–          Vente conmigo a tomar algo.

–          Paso.

–          Venga, Helena. Veo que aún no has recordado nada. Deja que te ayude. Te conozco desde hace muchos años.

–          ¿Y qué me vas a contar? Ya sé que me acostaba con muchas, ya sé que te puse los cuernos, que era una zorra y todo eso. Lo que sigo sin entender es por qué, en algún momento, decidí comprometerme en una relación contigo.

–          Si me dejas que te invite a una cerveza, te lo cuento.

Quizá ya no fuera la misma persona, pero aquella mujer sabía cómo atraer mi atención. De mala gana acompañé a Judith a un bar escondido en los bajos de un puente que ya no servía para atravesar un río, sino para albergar locales medio clandestinos. Nos sentamos al fondo, pedimos unas cervezas y me quedé en silencio para que Judith me descubriera a esa yo que se había perdido en un accidente.

–          ¿Vas a empezar a hablar ya?

–          Nos conocimos cuando éramos unas crías. Yo salía con Eva, tú con mi mejor amiga, Vero. Supongo que no sabes quién es.

–          He visto unas fotos de ella.

–          Era muy guapa, al igual que Eva. Quedábamos bastante. Vero era mayor que nosotras, pero parecía no importarle seguir nuestras locuras de adolescentes. Lo pasábamos genial. Un día, quedamos tú y yo, queríamos sorprenderlas con una escapada a una casa que tiene mi familia en la sierra. Habíamos pasado meses ahorrando para aquello. Ambas éramos estudiantes y no es que nos sobrara el dinero, sobre todo a ti, que te pusiste a cuidar niños y lo poco que sacaste, más lo que yo pude conseguir de mi madre, compramos marisco, vino, mucho alcohol, picardías, cosas con las que queríamos sorprender a nuestras parejas. Nos subimos a la sierra, y ellas parecían encantadas con nuestra idea. Una mañana, bajamos al pueblo a comprar pan, para prepararles el desayuno. No teníamos el carnet, por lo que cogimos las bicis y tardamos más de lo esperado, quizá demasiado. Al llegar, no les dio tiempo ni de vestirse. Estaban en mi cama, follando. Mi mejor amiga y mi novia preferían follarse la una a la otra que esperar al desayuno.

–          ¿Me estás diciendo que Vero me hizo daño?

–          Mucho. Tú la querías muchísimo. Era tu primera novia, tu primer amor.

–          ¿Eva no era tu primera relación?

–          No. Yo ya había salido con algunas chicas. Estuve interna en un colegio en Francia. Allí las cosas eran distintas, y follábamos más que estudiábamos. Pero yo también estaba enamorada de Eva, era tan refrescante… Nos jodieron, mucho. Tú no dijiste ni una palabra, recogiste tus cosas, te fuiste andando hasta el pueblo y no volví a verte en años. Yo me quedé gritando y echando a aquellas dos hijas de puta de mi casa.

–          ¿Qué pasó con ellas?

–          Sé que estuvieron un tiempo saliendo, las veía por los bares, pero no duraron demasiado.

–          ¿Por qué empezamos a salir tú y yo?

–          Nos encontramos un día por Chueca, hace un par de años. Casi no te reconocí. Estabas preciosa. Charlamos un rato, y, poco a poco, fuimos quedando cada vez más. Una tarde, simplemente nos besamos. Yo ya me había serenado, pero tú cada día estabas con una tía distinta, aunque te comprometiste a serme fiel.

–          ¿Se supone que nos queríamos?

–          Sí, nos queríamos, pero la relación no funcionó. Al cabo del año, decidimos que era mejor dejarlo, nos habíamos convertido en amigas, y dejamos a las amantes por el camino.

–          No lo entiendo. ¿Y qué hacíamos después juntas? ¿Por qué saldría yo con alguien a quien no soporto?

–          Helena, yo no soy así. Al igual que tú tampoco eres una zorra despiadada.

–          ¿No? –pregunté extrañada.

–          Claro que no.

–          Entonces, ¿por qué nos comportamos así?

–          Porque Eva empezó a incordiar. Se unió al grupo y las dos queríamos joderle. Se ha enamorado de ti, pero como una idiota.

–          ¿Le guardaría rencor después de tantos años?

–          Mucho más que rencor. Te la follaste, y, al día siguiente, cuando ella se acercó para darte un beso, la apartaste y dijiste delante de todas: “no vuelvo a tirarme a una tía que no sabe ni dónde está el clítoris”. Ella te miró, tú viniste hacia mí y me besaste. Me descolocaste un poco, la verdad, pero después me dijiste que lo único que pretendías era eso, hacerle daño. Por lo que estuvimos meses saliendo sin ser real. En realidad no me pusiste los cuernos, es que no estábamos juntas.

–          ¿Por qué lo dejamos de nuevo?

–          Porque conociste a otra chica.

–          ¿Quién?

–          No lo sé. Nunca me lo dijiste.

Aquella conversación aclaró bastante mis ideas, pero no me fiaba un pelo de Judith. Lo veía en sus ojos, de buena tenía lo mismo que Helena Uno de monja, nada. No sabía distinguir qué partes de la historia eran reales y cuáles no, debería averiguarlo por otros medios. Quizá la tal Eva supiera algo más, aunque debería acercarme con cautela, pues no sabía si Judith me había dicho la verdad o no.

Regresé a casa, y en el portal, como si se tratara de una adolescente, me encontré a Gaby con un vaso de plástico casi sin contenido, supuse que alcohólico, por la falta de coordinación de sus movimientos.

–          Tengo que hablar contigo –gritó sin ser consciente de ello.

–          Anda, sube conmigo, pero no pegues esas voces.

El tono disminuyó considerablemente, hasta convertirse en un balbuceo ininteligible para mi cerebro. Se sentó en el sofá, dio un sorbo a su bebida y comenzó con su retahíla.

–          Venía porque me había creído que ya no eras tú, pero veo que me equivoqué. ¿Dónde has estado? ¿A quién te has follado esta vez? Son las dos y media, hace tres horas que te fuiste de mi casa, hace dos que te espero en el portal. Sigues siendo la misma zorra, aunque ahora quieras disfrazarte de cordero. Y yo que me creí que no harías un cuarteto… Solo quieres acostarte conmigo y mandarme a la mierda otra vez, ¿verdad? Pues no, bonita. Esta vez tú te vas a la mierda y yo a follarme a la primera que encuentre. ¡Zorra!

–          No vuelvas a llamarme zorra.

–          Te llamaré lo que quiera, porque me estás jodiendo.

–          No he hecho nada. Me encontré con una amiga, me tomé una cerveza con ella y me vine a casa. He vuelto sola. ¿Helena Uno se conformaba con tres horas? Creo que no. Puedo ser muchas cosas, pero no una zorra.

–          Quiero besarte.

–          No, Gaby, no quieres. Quieres dormir. Estás borracha y dices demasiadas tonterías. Venga, que te llevo a la cama.

–          ¿Vamos a follar?

–          No. Vamos a dormir, y yo lo haré en el sofá.

–          Yo quiero follar.

–          No quieres, y yo tampoco. ¡A la cama!

Ayudé a Gaby a quitarse la ropa, pues no se mantenía en pie. Volví a encontrarme con el sol de su ombligo, con aquel recuerdo, con aquellas ganas de sentir su piel frotando la mía. Me costaba contenerme, la podía tener, lo sabía, pero no quería acostarme con ella en esas circunstancias. Estaba borracha, desprotegida, era mejor meterla en la cama y dejar que el alcohol de su sangre se redujera lentamente con el sueño. Volví al sofá, cogí una manta, e intenté dormir lo mejor que pude, aquello no era un mueble para el disfrute, era un potro de tortura. Aun así, conseguí conciliar el sueño.

Me despertaron unos labios. Mis ojos intentaban abrirse, pero algo me impedía la visión, era una cara, alguien me estaba besando, acariciando, jadeándome al oído. Era temprano, o tarde, no lo sé, pero estaba tan cansada que no era capaz de ubicarme espacio-temporalmente.

–          Buenos días.

–          Gaby, ¿qué haces?

–          Anoche me quedé con ganas de ti –dijo mientras metía su mano bajo el pantalón de mi pijama.

–          Para.

–          No. Te quiero. Soy una idiota que está enamorada de la tía más hija de puta que conozco, pero no puedo evitarlo. Además, desde el accidente, tu mirada me dice otra cosa, me muestra que algo ha cambiado, no sé si es la amnesia o tú, pero me encanta. Vamos a la cama, quiero desayunarte a ti.

Podía haber evitado que aquello pasara, pero, ¿quién es capaz de resistirse a los encantos de una mujer desnuda contoneándose sobre su cuerpo? Yo, desde luego, no.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 13

  1. ¡Que bueno que volviste! Me encanta esta historia,espero te acompañen las musas y se pueda ir resolviendo este puzzle 🙂

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