Olvidandon la vida. Capítulo 12

Pensé en acercarme otra vez por casa de Verónica, pero aquella mujer me odiaba hasta la saciedad, lo noté en su mirada, en el movimiento de sus manos cuando me hablaba. Era mejor dejarlo estar, esperar a que algún vago recuerdo encendiera una lucecilla en mi interior.

Decidí dedicar mi tiempo libre en lidiar contra una contraseña imposible. Sería inútil sin la ayuda de Gaby, esa chica a la que no quería ver. Después de sopesar entre mi orgullo o mi necesidad de conocimiento, ganó esto último, me armé de valor y la llamé por teléfono. No tardó ni una hora en llegar a mi piso. Parecía realmente contenta con mi llamada.

–          Pensaba que no volverías a hablarme en la vida.

–          Yo también. Pero necesito que me ayudes.

–          Ya sabía yo que había gato encerrado. ¿Qué quieres de mí?

–          Necesito otra clave del ordenador.

–          ¿Has probado “Fóllame”?

–          Las he probado todas.

–          Está bien, pero con una condición. Tienes que cenar conmigo esta noche.

–          Gaby, no te entiendo. No te fías de mí, pero quieres compartir tu tiempo conmigo.

–          Que no me crea que has dejado de ser tú, no implica que no me sigas pareciendo la chica más guapa del mundo.

Gaby me descolocaba, en realidad todo el mundo lo hacía y yo empezaba a estar bastante harta de aquella dualidad intrínseca del ser humano. Pero tenía que aceptar su invitación o me quedaría sin saber qué contenía aquel documento. Ella sacó sus discos y se puso como una loca a teclear.

–          La contraseña es 25011998. Supongo que es una fecha importante para ti.

–          No lo sé. ¿Qué hay dentro?

–          Son documentos de texto. Luego te los lees. También he encontrado una partición oculta.

–          ¿Qué coño es eso?

–          Es como una caja con doble fondo, solo ves la grande, pero no la pequeña que hay en su interior.

–          ¿Y eso quiere decir algo?

–          Pues que guardas más secretos de los que creía. Te la he dejado accesible desde el escritorio. Ahora tengo que irme. A las ocho paso a buscarte. Y ponte guapa.

–          ¿No lo era ya?

–          Más, como si de verdad quisieras enamorarme. Como hacías antes.

Gaby se marchó y yo me enfrasqué en una lectura que terminó de aturdir mi cabeza. Los documentos eran fechas, lugares, teléfonos. No entendía por qué esconder así una agenda. También había como una especie de diario, o al menos el inicio de uno, porque la única entrada era la que yo había recordado. Vamos, que ninguna de esas pantallas llevaba mi imaginación a buen puerto.

Recordé lo de la partición oculta. Aquello pareció dar un poco más de luz a ese desastre de vida. Eran varias carpetas. Comencé abriendo una que contenía fotos antiguas, las que había en la caja de latón y alguna otra de la misma época, en la que se nos veía a las dos juntas. Entendí entonces que aquel amor de juventud era la misma mujer a la que Helena Uno estaba siguiendo, se trataba de Vero. No la reconocí hasta ese momento. Tenía la misma cara de mujer soñadora, perdida, pero sus ojos no irradiaban la misma fuerza y las mismas ganas que en el noventa y ocho.

El noventa y ocho, el año de las fotos, de la contraseña, de mi mayoría de edad. Aquello era un collage surrealista, y yo no era experta en obras de arte que pudieran ser analizadas.

La gente corriente, a veces, se ve sorprendida por recuerdos que creía olvidados, que estaban encerrados en un cajón de la memoria, y eso les gustaba. Yo no tenía nada, no recordaba nada y eso me apenaba cada día más. Podía haber optado por crear una nueva vida, un nuevo ser surgiendo de mí, pero no, mi otra yo me intrigaba tanto, que había terminando arruinando mi vida, como lo había hecho con la de tantas mujeres. Todos deberíamos tener un pequeño diario, un lugar al que recurrir para refrescar recuerdos, no somos conscientes de que la vida pasa y nosotros terminamos siendo simples espectadores de nuestra propia realidad.

Sonó el timbre, y yo aparté a un lado todos esos pensamientos que me entristecían. Abrí la puerta y Gaby me miró sorprendida. Había olvidado por completo nuestra cita.

–          Dame media hora.

–          Te dije a las ocho.

–          Ya lo sé, pero se me fue el santo al cielo. Me ducho y en menos de treinta minutos estoy lista.

El agua pasó muy rápido por mi cuerpo, que aún seguía sentado en aquella silla, revolviendo unas carpetas virtuales, aturdiendo mi mente y colapsando mis pensamientos. Me sequé el pelo, me puse el primer vestido que encontré y me encaminé al salón, donde la mujer que más me odiaba, esperaba. No podía fiarme de ella, no entendía su cambio de actitud, ni sus ganas por pasar tiempo conmigo. Había algo raro en todo aquello y yo debía mantener la cautela para que todo aquel plan, que aún no tenía, no se fuera al garete.

Me llevó a un restaurante sueco junto a la Embajada de Suecia. El lugar era oscuro, aunque con una decoración exquisita. La comida no es que diera mucho de sí, por lo que recurrí al salmón, que supuse lo elaborarían con maña. Gaby se dedicó a pedir todos los vodkas que tenían en la carta, rojos, verdes, azules… Estaba claro que el sabor fuerte y amargo de esa bebida no le sentaba bien a mi estómago.

La conversación se basó en lo que había podido averiguar de mi vida pasada. Gaby parecía intrigada por aquella partición y los documentos de texto que mi predecesora había ocultado en el portátil. Yo no dejé que supiera demasiado, creí que era lo más conveniente, no solo por su excesiva curiosidad con respecto al tema, sino porque la otra Helena tampoco le había comentado nada sobre el asunto.

Después de la cena, Gaby quiso que fuéramos a bailar. Yo prefería tomarme unas cervezas en algún bar tranquilito, pero casi era mejor así, me evitaría preguntas incómodas y no tendría que seguir mintiendo al respecto.

Ella se pegaba a mí, como si formáramos parte del mismo cuerpo. Eso me gustaba, me excitaba, pero al mismo tiempo, creaba en mí una incertidumbre, ¿a qué venía todo aquello?

–          Si no fueras tan gilipollas querría casarme contigo.

–          Si fuera tan gilipollas no estarías aquí.

–          Sí, porque estás muy buena. No sé qué tienes, pero me atrae hacia ti y no puedo evitarlo.

–          Gaby, no puede ser. Ya te dejé clara mi postura en Sitges.

–          Bueno, pues vamos a mi casa y nos tomamos la última. He invitado a Silvia y a Diana.

–          No sé quiénes son.

–          Sí que lo sabes, aunque no lo recuerdes.

Me fui tranquila. Gaby parecía entender mi amnesia y por fin se comportaba conmigo como si no fuera Helena Uno. A los pocos minutos de entrar en su casa, dos chicas aparecieron. Me dispuse para las presentaciones, pero ellas debían conocerme muy bien, porque en vez de realizar el ritual de “encantada, dos besos”, me metieron la lengua hasta más allá de lo que quiero recordar.

–          Gaby, ¿qué significa esto?

–          ¿De verdad no te acuerdas?

–          Ya te he dicho que no –contesté confundida.

–          Diana y Silvia son pareja, pero, de vez en cuando hacíais tríos. Ahora yo quiero un cuarteto de cuerda.

–          ¿Me estás proponiendo una orgía?

–          Creo que para eso hace falta alguna más, pero si quieres, podemos llamar a quien te apetezca.

–          Paso.

–          ¿No te gustamos?

–          Sois muy guapas todas. Tú te has portado muy bien conmigo, me has ayudado mucho, a ellas no las conozco, pero tampoco quiero hacerlo en estas circunstancias.

Gaby me apartó a un lado. Su voz parecía serena, pero sus manos se movían a la velocidad de la luz. Ya no era capaz de saber cómo eran las personas, por lo que sus movimientos, su postura, su todo de voz, me ayudaban a atisbar algo de lo que pudiera venir después.

–          No puedes hacerme esto.

–          Gaby, si tú quieres acostarte con ellas, me parece bien. Cada uno debe vivir su sexualidad del modo que crea oportuno.

–          No se acostarán conmigo si tú no participas.

–          Lo siento, pero no. Yo me voy a casa.

–          Helena, me lo debes.

–          ¿Me estás pidiendo que me prostituya?

–          No, te estoy pidiendo que compartas la noche con nosotras. Lo pasarás bien y yo haré lo que quieras, te sacaré todos los archivos del ordenador, lo que sea.

–          A eso se le llama prostitución. Además, ¿por qué tanto interés en esas dos?

–          No es en las dos. Diana me gusta mucho, y la única forma de acostarme con ella es que tú entretengas a Silvia.

–          Y después me echas a mí en cara que me acostara con mujeres solo por placer.

–          No es lo mismo.

–          Sí que lo es. No sé a qué viene este cambio en ti, pero me gustaba más la otra Gaby, la que me odiaba por hacer lo que ella pretende llevar a cabo esta noche.

Si pensaba que después de tener una amnesia que no se daba nunca, mi vida era surrealista, en ese momento lo confirmé. Podía hacerlo, podía acostarme con aquellas tres mujeres y levantarme a la mañana siguiente como si no hubiera pasado nada, pero no quería, y cualquier tipo de excitación, se había desvanecido tras la propuesta de Gaby.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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