Olvidando la vida. Capítulo 11

Aquel sobre contenía una hoja de ruta y unas fotos de una mujer. No sabía dónde era, pero los edificios me resultaban familiares, aunque desconocía el por qué. En el papel describía al detalle los movimientos de una persona, supuse que la misma chica que aparecía en la foto.

  • 09:00 Salida de casa, Calle Hermosilla 74.
  • 09:32 Llegada al trabajo, Calle Montesa 24. Centro Médico.
  • 16:30 Salida del trabajo.
  • 16:45 Para en cafetería, Calle Ayala.
  • 17:50 Llegada a domicilio.
  • 19:15 Salida del domicilio.
  • 20:10 Llegada a Calle Barquillo 44
  • 23:25 Salida
  • 23:35 Llegada Calle Regueros 5
  • 01:05 Salida.
  • 01:48 Llegada a domicilio.

Y así con varios días, un sábado, un lunes, un miércoles, y este, que era un viernes. El membrete del documento destacaba que se trataba de un detective privado, “Conseguido y Asociados”. ¿Por qué Helena Uno se dedicaba a seguir a aquella muchacha por las calles de Madrid? ¿Para qué tanta información?

Las fotos no aportaban mucha claridad, no solo aparecía ella, también con cada persona con la que había charlado en los días de seguimiento. Todo era muy raro, maquiavélico incluso, demasiado enrevesado para mi mente, aún colapsada por los líos amorosos de una gilipollas que se reía de las mujeres.

–          ¿Conoces a esta chica?

–          No, no la he visto en la vida. Pero sí sé qué hay en la Calle Barquillo.

–          ¿El qué?

–          Es una asociación de feministas.

–          ¿Por qué me iba a interesar una feminista?

–          Puede que porque quisieras tirártela.

Su razonamiento no me convenció. Helena Uno no necesitaba de todo aquello para llevarse a una chica a la cama. Debía hablar con esa mujer, o con el detective, o con alguien que aportara algo de luz a aquel caos que Helena Uno consideraba su vida.

Isa se marchó, aún enfadada por mis pocas ganas de mantener relaciones sexuales. Creo que nunca entendió que terminaría herida si seguía saliendo con una chica con doble personalidad, con alguien que no sabía ni dónde iba ni de dónde venía. Yo me fui a dormir, quería levantarme pronto, seguir los planes que esa muchacha tendría el sábado, seguir su ruta y averiguar quién podría ser.

Me levanté a las ocho, no había dormido ni dos horas, pero me sentía fuerte, capaz de llegar al fondo de todo aquello que me perturbaba. Fui hasta la Calle Hermosilla, me senté en un banco y esperé a que fueran las diez y aquella muchacha saliera del portal según estaba estipulado.

Dieron las doce, y yo seguía en ese mismo banco, esperando a aquella misma chica, pero nada, no hubo suerte. Decidí entonces que hablaría con el detective, quizá obtuviera un nombre.

–          Buenos días. Mire, tengo un seguimiento realizado por su empresa, y me gustaría saber quién es esta persona que aparece en él.

–          Señora, no podemos facilitarle esa información.

–          Pero yo soy quien encargó el seguimiento.

–          Si fuera usted sabría de quién se trata. Siento mucho no poder ayudarla.

–          Vale. Le diré la verdad. Mi novia tenía estas fotos en su casa, yo las vi y quiero saber por qué está siguiendo a otra tía.

–          Lo siento, señora. No puedo decirle nada, nos debemos a nuestros clientes.

–          Quiero ser su cliente.

–          Seguiría sin poder informarle sobre nada de este caso. Le recomiendo que hable con su pareja y ella le aclare cualquier duda que usted tenga. Buenos días.

Seguía con las manos vacías, desesperada por saber quién podría ser esa mujer. Al fin apareció, pero no salía del portal, sino que se disponía a entrar. Corrí para evitar que se me escapara.

–          Perdona.

–          ¡¿Qué coño haces aquí?!

–          Mira, no sé quién eres, pero necesito saber algo.

–          No sabes quién soy… Eres gilipollas y cada día más. No me obligues a poner una orden de alejamiento.

–          De verdad, no lo sé y me estoy volviendo loca. Dame solo diez minutos, por favor.

–          Helena, ya me cansé de tus juegos hace mucho tiempo. No aparezcas por aquí. No quiero verte.

–          Por favor…

Y ahí me quedé, suplicando a una puerta que se cerró en mis narices. ¿Qué tenía esa mujer? Me sonaba, me sonaba mucho, pero no era capaz de acceder a ese pedacito de memoria. Me senté en el portal, intenté sosegarme y fui a comer a casa de la Señora pilar, que ya estaba al borde del infarto porque no había cogido ninguna de sus llamadas.

–          Pensaba que te había pasado algo, hija.

–          Estoy bien, señora Pilar. ¿Y Susana?

–          En su habitación, que la tenía hecha una leonera. Anda, ven a ayudarme, voy a preparar carne guisada, ya verás cómo te gusta.

–          Deme un segundo, señora Pilar, quisiera hablar con Susana.

Fui al cuarto de mi supuesta hermana. Colocar, no es que colocase mucho, pero sí parecía colocada. Llevaba unos pantalones cortos, una camiseta de lycra, los cascos puestos y no hacía más que saltar y cantar en silencio. Si hubiera pasado por allí un sacerdote la hubiera exorcizado de inmediato. Tuve que tocarle el hombro para hacer constar mi presencia, a lo que ella respondió con un sobresalto tan grande, que terminó sentada en el suelo.

–          Casi me matas.

–          Susana, necesito que me ayudes.

–          Uis, necesitas el consejo de tu hermanita en líos amorosos. Pero mis servicios tienen un precio. Cien euros.

–          ¿Quieres que te pague cien euros por contestarme a una pregunta?

–          Sí, quiero cien euros, que no tengo ni un duro y esta noche tengo una cita con un tío que está cuadrado, a ver si así pillo cacho en una cama y no en un coche mugriento.

–          ¿Ahora tengo que pagarte tus polvos?

–          Si quieres mi ayuda, sí. Cien euros y por adelantado.

–          Toma, maldita mocosa. Ahora, contéstame. ¿Conoces a esta chica?

–          ¿Otra vez? Déjala tranquila, Helena.

–          Eso ya me lo ha dicho ella. Dime quién es.

–          ¿Has ido a verla? Joder, tía.

–          Susana, no recuerdo nada. Helena Uno había encargado un seguimiento y quiero saber por qué. No me hagas volver a su casa para preguntárselo.

–          Se llama Vero. No tienes que saber nada más. Déjala tranquila.

–          ¿Vero? La señora Pilar me habló de una tal Verónica, pero no me quiso decir más.

–          Normal. Déjalo estar, por favor. Ya tuvo suficiente, tú tuviste suficiente.

–          ¿Por qué nadie me quiere decir qué coño está pasando?

En ese momento, la señora Pilar hizo acto de presencia para informarnos de que la comida ya estaba lista. Miraba a Susana, pero sus ojos no decían más de lo que ya expresaron sus palabras.

He de reconocer que la señora Pilar cocinaba muy bien, pero mi estómago no quería alimentarse de guisos, solo de conocimientos. Necesitaba hablar con Vero, necesitaba saber quién era, por qué me odiaba y qué había sucedido entre nosotras.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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6 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 11

  1. Tom dice:

    Enganchaíta me tienes… de arriba a abajo me he leído todas tus historias… esperando la próxima!!

  2. Itzy Witzy dice:

    Me tienes casi dos semanas viviendo en la incertidumbre…eres un poco cruel! XD

  3. Juanita dice:

    tu historia es adictiva, quiero leer mas. ¿Cuanto falta para el próximo?

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