Olvidando la vida. Capítulo 10

Poco a poco fui retomando una vida que no me pertenecía. Pasaba menos tiempo en casa de la señora Pilar, y más en la mía. El médico me dio el alta, por lo que pude volver a un trabajo cuyo cometido desconocía.

–          Bienvenida, Helena.

–          Gracias, chicos. Bueno, a trabajar.

Intentaba hablar como lo hacen los jefes, aunque no tenía ni puñetera idea de lo que debía hacer. La gente me hacía caso, no eran conscientes de que aquella compañera no era la misma Helena con la que se tenían que enfrentar constantemente.

Me pasaba los días firmando documentos. No sé por qué motivo, sí entendía aquellos informes, aquellos gráficos, y sabía perfectamente cada uno de los pasos a seguir en los procedimientos administrativos.

–          Helena, ¿podemos hablar? –dijo una chica tras llamar a la puerta de mi despacho.

–          Claro, entra. ¿Qué necesitas?

–          Sé que ha pasado mucho tiempo –prosiguió cerrando la puerta tras de sí-, que solo fue un rollo. Pero, me preguntaba si saldrías esta noche conmigo.

–          Agradezco el ofrecimiento, pero no deberíamos mezclar el trabajo y el placer.

–          Ya lo sé. Pero me dijiste que si te pasaba esa información, me acompañarías a la fiesta de mi amiga, que te harías pasar por mi pareja.

–          ¿Cuándo es esa fiesta? –pregunté intentando disimular mi completa ignorancia sobre el tema de conversación y sobre el nombre de esa chica.

–          Esta noche. Lleva meses preparándola y necesito una pareja.

–          Bueno, si te lo prometí, iré contigo.

–          Pero, por favor, no te pongas esos vaqueros con los que te veo por Chueca, ven elegante.

–          ¿Me darás lo que te pedí?

–          Ya te lo di. Pensaba que era muy importante para ti.

–          Lo he olvidado. ¿Podrías volver a decirme lo que era?

–          Vale –afirmó con extrañeza-, pero después de la fiesta. Y tienes que besarme y toda la parafernalia estilo novias. ¿De acuerdo?

–          Claro.

¿Qué podría haberle ofrecido esa chica a Helena Uno para que accediera a realizar esa pantomima? Creo que mi anterior Yo tenía un complejo de mafiosa o algo por el estilo, y temía encontrarme una cabeza de caballo si daba un paso en falso.

Esa noche rebusqué en los armarios y cogí lo más elegante que encontré. Mi compañera de trabajo a la que llamaré Anónima, vino a buscarme a las siete en punto. Subió a mi casa y parecía reconocer cada rincón de esta.

–          ¿Dónde vas así? Que no es una boda. Solo es una barbacoa en casa de una amiga.

–          Pues mira tú en el armario y dime qué ponerme.

Anónima miró y requetemiró en cada estante, en cada puerta, hasta que dio con unos pantalones de pitillo, una blusa blanca y unos zapatos que seguro que me provocarían vértigo. Me había comprometido a hacerlo, y quería la información a cambio. Me embutí en toda aquella ropa diseñada por algún enviado demoniaco e insté a mi compañera a que saliéramos. Ella decidió que era mejor besarme antes, con la excusa de romper un hielo que debía haber hecho aguas hacía mucho tiempo, porque por su forma de tocarme supe que no era la primera vez que sus manos se deslizaban por mi cuerpo.

–          Desde que has vuelto estás muy rara.

–          Aún no me encuentro del todo bien.

–          Pues cógete otra baja.

–          No, prefiero seguir trabajando, volver a la rutina.

–          Pero no pareces tú. Estás como dispersa, saludas a todos en la oficina como si fueras una más, no nos gritas, no nos metes prisas, no nos miras con esa mirada de desaprobación que tenías siempre.

–          Tengo que tomarme las cosas con más calma.

Pareció satisfecha con mi respuesta, al menos lo aparentó. Llegamos a una casa enorme en un pueblo de la sierra. Pensé en lo que me gustaría vivir ahí y no entre el tráfico y la masificación. Solo había chicas, al parecer dos de ellas iban a casarse y querían celebrarlo antes con sus amigos. Me sentía fuera de lugar entre tanta opulencia y majestuosidad. Me senté en un rincón y me puse a beber vino como si volviera del desierto.

Una de las homenajeadas se sentó a mi lado. Me miraba constantemente por lo que me vi obligada a iniciar una conversación con una completa desconocida.

–          Tienes una casa preciosa.

–          No disimules, Helena, que ahora no nos ve nadie. Sube sobre las nueve al baño, quiero más.

–          ¿Más qué?

–          Más sexo, ¿qué iba a ser? Me haces correrme como una zorra.

–          Perdona, pero yo ya no hago esas cosas, así es que vuelve con tu mujer. He venido acompañada y le debes un poco de respeto a tu amiga.

–          ¿Estás gilipollas?

–          Lo estaré, pero déjame en paz.

¿Qué forma de hablar era aquella? Mucho vestido de diseño, muchos cuadros de Picasso, y luego tenía un vocabulario que sería inadmisible en una taberna de cabreros. ¿Correrme como una zorra? No solo me resultó desagradable el escucharlo, sino el recordarlo. Jamás me acostaría con alguien que usara un lenguaje tan poco apropiado.

Mi compañera de trabajo, que se llamaba Inés por lo que escuché por allí, no se acercaba demasiado a mí. No entendía por qué tanta insistencia en llevarme cuando me dejaba arrinconada en el jardín a merced de “zorras corredoras”. Ya estaba harta de toda aquella parafernalia, me levanté y cumplí con mi obligación como novia. Me acerqué a Inés, la sostuve de la cintura y besé su mejilla intentando que aquello pareciera una muestra de afecto y no un contrato verbal. Ella pareció sorprenderse y me apartó del resto.

–          ¿Qué haces?

–          Me dijiste que debía ejercer como novia.

–          Claro, para que Ingrid no sospeche nada de lo tuyo con Pamela –la zorra.

–          Yo no tengo nada con Pamela. Y si se van a casar, lo mínimo que debía tener es un poco de respeto por su futura mujer y no andar haciendo proposiciones exageradamente lamentables.

–          Pensaba que te gustaba.

–          Todos presuponéis cosas que no son reales. He venido aquí como tu pareja, ese era el trato y así me voy a comportar. Tú me necesitabas y yo quiero la información.

–          Pamela me va a matar como nos vea acarameladas por los rincones.

–          No va a decirte absolutamente nada, de eso ya me encargo yo.

–          Creo que es mejor que nos marchemos. Ya entiendo por qué tenía esa mala leche.

–          ¿Me darás lo que acordamos?

–          Sí. Está en el coche.

Con las mismas, nos despedimos del resto del grupo, que respiraron aliviados por mi marcha, sobre todo Ingrid, que sabía más de lo que nos hacía creer. Me dio dos besos distantes y yo le agradecí su invitación con mi mejor sonrisa. No quería que pensara que me estaba tirando a su novia, y desde luego no volvería a pasar.

Helena Uno era un terremoto sexual, y yo seguía sin comprender su comportamiento. Una compañera de trabajo, una informática, la gilipollas de Judith, una psicóloga, una a punto de casarse y que tenía una inmobiliaria, vamos, que eso era un plan de venganza extremadamente enrevesado como para llegar a una conclusión factible.

Cuando Inés me dejó en casa, me entregó un sobre. No quise abrirlo hasta no encontrarme a solas, cuanta menos gente supiera de mis asuntos, averiguar la verdad sería más fácil.

Subí en el ascensor con el mismo ansia con el que se levantan los niños el día de Reyes. Quería abrirlo ya, descubrir qué contenía aquel sobre tamaño folio de color marrón y que no pesaba ni abultaba demasiado. Pero lo primero sería poner mis maltrechos pies en el suelo, sentir el frescor en los dedos. Mientras llevara esos zapatos, no sería capaz de concentrarme en nada que no fuera mi dolor.

Estaba ya descalza, sentada en el sofá, con el sobre en la mano, con los dedos listos para abrir aquel precinto, cuando Isa, atravesando el umbral de mi habitación, me pegó un susto de muerte.

–          ¿Qué haces aquí? Me has asustado.

–          Vine a devolverte la llave. Entre el accidente y que me dejaste aquí plantada, no había tenido tiempo.

–          Son las cuatro de la mañana…

–          Llegué a las diez. Esperaba que estuvieras en casa, pero ya veo que has vuelto a ser tú. Toma –dijo tendiéndome las llaves-. Es una pena, me gustaba la nueva Helena.

–          Sigo siendo yo.

–          No, no lo eres. Lo veo en tus ojos. Además, he visto cómo te traía alguien a casa. No tienes que darme explicaciones, sé cómo eres, no lo puedes evitar, te gusta ir follándote a todo lo que se te pasa por delante –suspiró-, pero deseaba que se quedara esa parte dulce de ti.

–          Isa, las cosas no son así. He ido a una fiesta porque Helena Uno tenía un acuerdo con una compañera de trabajo. Yo iba y ella me daba información.

Le mostré el sobre, Isa se sentó a mi lado, entre aliviada y angustiada por la posibilidad de que yo hubiera vuelto a las andadas. Lo abrí e intenté vislumbrar lo que contenían aquellas cuatro hojas. Las saqué, miré a Isa, ella me miró a mí y sin mediar palabra, ojeamos aquellos documentos.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 10

  1. littleparrot dice:

    Ojú!

    He estado fuera unos días y ya voy con retraso. Retomo la lectura en ná.

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