Olvidando la vida. Capítulo 9

El mensaje no era gran cosa, pero por algún lado debía empezar. Ponía: “Mi Vida junto al lago, 1998”. ¿Mi vida? Aquella persona significaba algo para mí, algo que no recordaba, pero que Helena Uno había decidido olvidar sepultándolo bajo un montón de capas de latón.

Eran las ocho de la mañana, en dos horas debía presentarme en el hospital, por lo que me fui a la ducha. Isa aún dormía cuando salí, y no quise despertarle. Me gustaba mucho, pero no tenía muy claro que fuera realmente yo la que se sintiera atraída por ella, me dolía tener que dejar esa relación, pero, por el momento, quería estar segura de que si comenzaba un romance con alguien, fuese yo quien se enamorara y no Helena Uno.

En el hospital me esperaba la señora Pilar. ¡Qué mujer más tozuda! Estaba claro que no pensaba dejarme ni a sol ni a sombra, pero, en cierto modo, me gustó sentir su presencia en toda aquella parafernalia médica.

–          Vamos, que llegas con el tiempo justo. Siempre tan impuntual. No sé de quién habrás heredado eso. ¿No tienes curiosidad por ver los resultados? Quizá te hayas curado.

–          Señora Pilar, de ser así, tendría a su hija delante y no a una completa desconocida.

–          ¿Dónde está Isa?

–          La he dejado durmiendo. Nos quedamos hasta muy tarde y no quería que tuviera que madrugar por mí.

–          Pues tú traes muy mala cara. En cuanto salgamos, nos vamos al bar y te tomas un Bitter Kas con un chorrito de coñac, que eso es mano de santo. Tu abuela no bebía otra cosa, y mírala.

–          ¿Tengo abuela?

–          Claro, hija. Está en el pueblo.

–          ¿Cómo se llama?

–          Eugenia. Tú siempre le has llamado yaya.

–          Quiero ir a verla.

–          No sabe lo de tu accidente, no quisimos preocuparla. Pero, si quieres, nos vamos unos días.

–          Esta tarde, quiero ir esta tarde, señora Pilar.

No sé muy bien por qué sentía tanto interés en ver a una señora de noventa años en un pueblo perdido en medio de la meseta, pero me produjo una gran emoción.

–          El coágulo está casi disuelto. Deberías empezar a recordar pronto. ¿Sigues tomando la medicación y acudiendo al psicólogo?

–          Sí.

–          ¿No has recordado nada?

–          Un par de cosas, pero sin mucho sentido.

La señora Pilar estaba entusiasmada con los resultados y con la revelación de mis recuerdos, aunque algo molesta por no habérselo comentado. Ya me imaginaba sentada en la silla, frente a ella, con una mesa-camilla entre nosotras diciéndole que recordaba cómo me estaba follando a una tía o dejando a otra. Hubiera sido de lo más instructivo.

Esa misma tarde, la señora Pilar, Susana y yo, nos dirigimos al pueblo. La imagen mental que tenía de este era idílica, ríos recorriendo los alrededores, paisajes verdes, enormes arboledas forrando el horizonte, niños correteando, gallinas persiguiéndolos, perros libres por las calles, ancianos de boinas caladas que te saludaban al pasar con una leve mueca para no perder el palillo que guardaban entre sus dentaduras. He de decir que me equivocaba completamente.

Era un pueblo pequeño, de casas blanqueadas y de piedra, campos amarillos, grisáceos por el calor, un aire irrespirable que quemaba la garganta, calles desiertas, viudas con moño, una tienda y muchos agujeros en la calzada. Estaba claro que no recordaba absolutamente nada de ese lugar.

–          ¡Mis niñas! Garbancita, Cereza. ¡Cuánto os he echado de menos! Ya no queréis a vuestra yaya –dijo una señora de pelo cano, alta y delgada, con una destreza pasmosa a la hora de besuquearnos.

–          ¡Hola, Yaya!

–          Hola –dije yo entre aturdida y colapsada.

–          Garbancita, ¿qué te pasa?

–          Se ha mareado en el viaje, mamá. No se encuentra muy bien –se apresuró a contestar la señora Pilar.

La casa estaba decorada por platos, Corazones de Jesús y fotos de sus nietos. Yo era feísima de pequeña, parecía que el pelo me nacía en las cejas, tenía los ojos cerrados y un chichón en el lado izquierdo de mi frente (casi disimulado por mi hirsutismo).

Me vi obligada a llamar Yaya a la señora Eugenia, no quería que esa mujer de mirada acuosa sufriera un derrame cerebral a causa de mi desmemoriada cabeza. Aunque la mujer, gilipollas no era, y notaba que algo raro me sucedía.

–          ¿Qué te pasa, Garbancita? ¿Qué te perturba?

–          Nada, Yaya, estoy un poco cansada.

–          ¿Te han despedido?

–          No, claro que no. Estoy de vacaciones.

–          Voy a por algo de beber y me lo cuentas todo.

Apareció en la salita con dos vasos y una botella de Quina. No sé si quería charlar o que nos pilláramos una buena melopea. Sirvió su copa hasta arriba y yo tuve que detenerla antes de que hiciera lo mismo con la mía. Ese sabor entre amargo y dulce me perturbó, por no decir que me dio arcadas, sin duda era lo que cualquier experto consideraría añejo, pues la botella tenía más polvo que los que Helena Uno hubiese podido echar.

–          Esto tiene pinta de mal de amores. Pensaba que ya no ibas a volver a enamorarte.

–          No es eso, Yaya. Estoy un poco cansada y necesitaba venir, para estar contigo en el pueblo, sin estrés y sin el corretear de la gente.

–          ¿Cómo se llama?

–          ¿Quién?

–          Tu novia, o la que lo fuera.

–          ¿Qué?

–          ¿Ya no eres lesbiana? Mira, hija, por mucho que lo intentes, siempre lo serás. No hagas caso a esa panda de incultos que creen que la homosexualidad es algo que se puede erradicar, una elección o una enfermedad. Mi mejor amiga era lesbiana, cuando éramos pequeñas todo era más sencillo, quizá no se hablara del tema, pero la República trajo consigo muchas libertades. En un pueblo como este, se fueron perdiendo poco a poco, hasta que el cabrón de Franco comió los cerebros de todos los que un día lucharon por la libertad.

–          ¿Qué le pasó a tu amiga?

–          Te lo he contado un millón de veces. Tuvo que ver a su amante a escondidas el resto de su vida. Pero fue una afortunada, la casaron con un buen hombre, que nunca se metió en asuntos del corazón.

–          ¿Crees que lo sabía?

–          Claro, Grabancita. Lo sabíamos todos. Hacía que no lo veía, para no quedar mal ante el resto de la gente, pero sé que apoyaba a Herme en todo. Lo que te decía, un buen hombre.

–          Vaya, eso sí que me sorprende.

–          La vida es cíclica, cariño. No sé si es porque nos cansamos de libertades y buscamos represión y viceversa, o que somos realmente estúpidos y siempre terminamos cayendo en las mismas trampas políticas.

Me sorprendió conocer a una mujer tan sabia, una no se espera que una señora de noventa años sea capaz de hablar con tal naturalidad de temas que ahora mismo son prácticamente tabús sociales.

Aprendí muchas cosas durante mi estancia con mi abuela. Cocí leche recién ordeñada, cogí huevos frescos, saqué agua de un pozo. Todo me resultaba sumamente fascinante. Sin duda, esos habían sido los cuatro días mejor invertidos de mi corta vida.

No me di cuenta de que había vivido sin cobertura, hasta que la recuperé y mi móvil no dejó de emitir sonidos. Tenía mensajes de texto de Isa, preguntando dónde me metía (había olvidado por completo que la dejé en el salón de mi casa), al principio parecía preocupada, pero los últimos mensajes eran de enfado. Tenía un par de llamadas en el buzón de voz de Tami, quería que nos viéramos un día, algo que me apetecía realmente.

Le pedí a la señora Pilar que me dejara en mi piso, pasar tiempo con su madre había provocado en ella un estado catatónico, por lo que no me puso ni un solo impedimento. Una vez estuve sola, intenté localizar a Isa, pero no cogió ninguna de mis llamadas, por lo que opté por quedar con Tami, tenía ganas de ver a aquella chica que me había cambiado, y no solo mi aspecto, también mi forma de sociabilizar.

En cuanto nos vimos, me abrazó con su característico entusiasmo. Realmente se alegraba de verme, de corroborar que aún llevaba unos pantalones anchos, una camiseta estrecha y unas zapatillas de lona.

–          ¿Cómo va tu memoria?

–          No he avanzado mucho. Poco a poco iré recobrando recuerdos. Aunque, la verdad, no quiero. Me gusta más la vida que llevo ahora que la de Helena Uno.

–          Estaría bien que recordaras pero que siguieras siendo esta persona tan encantadora.

–          No sé si eso es posible, pero lo pediré por mi cumpleaños.

–          El otro día vi a tu grupo de amigas. Parece que te echan de menos.

–          ¿Judith y compañía?

–          Sí, estaban perdidísimas por el ambiente.

–          ¿Y eso?

–          Nadie se quería acercar a ellas. Sin hormiga reina las obreras terminan muriendo. Mira –dijo señalando la puerta del bar-, hablando de la reina de Roma.

Me giré para contemplar a Judith y a un par más llegar cual divas a un homenaje. Movían sus pelos como látigos, sus culos como si fueran algo del otro mundo, sus pies pisaban firmes sobre un suelo más bien sucio. En cuanto me vieron, redirigieron su rumbo y enfilaron hacia mí.

–          Vaya, si es la señora no recuerdo nada y todo me importa un pimiento.

–          Los pimientos son importantes. Con ellos se hace el gazpacho, se pueden rellenar, freír, saltear, hornear. Contigo, sin embargo, no soy capaz de imaginar nada apetecible de hacer.

–          Veo que sigues siendo igual de graciosa. Los golpes en la cabeza son buenos para el riego, o eso dicen, porque no sé mucho de plantas y tú fuiste durante un mes un vegetal, ¿no?

–          Sí, para olvidarme de tu cuerpo desnudo, que debe ser asqueroso.

–          Eres gilipollas.

–          Un cumplido viniendo de ti. Si me disculpas, estoy hablando con una amiga, así es que, ya sabes, sobras.

–          ¿Esta es tu amiga? Antes tenías mejor gusto.

–          No, en realidad es que me han quitado las cataratas, ahora te veo y me das grimilla.

Una vez Judith y su séquito hubo desaparecido, Tami y yo continuamos con nuestra charla, con nuestras ganas de fiesta, con nuestras cervezas y nuestras risas, que duraron prácticamente toda la noche.

–          Ya veo por qué no me cogías el teléfono. Pensaba que habías cambiado. Hasta me creí ese cuento de la amnesia. No sé cómo puedes ser así.

–          Isa, ¿qué pasa?

–          No vuelvas a acercarte a mí en toda tu puta vida.

Dicho esto, se perdió en aquel mar de gente, dejándonos a Tami y a mí completamente descolocadas. Entendía que se enfadara conmigo porque la olvidara en mi casa durante cuatro días, pero no me preguntó el motivo, ni tan siquiera me dio derecho de réplica, limitándose a insultarme del mismo modo que lo hacía el resto del mundo, equiparándome a Helena Uno.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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