Olvidando la vida. Capítulo 8

Me encontraba frente a una mujer desnuda, por la que una parte de mí tenía unos sentimientos desconocidos por mi otra mitad. Yo la miraba sin saber muy bien qué decir, ella observaba mi boca, no sé si con la intención de besarla o esperando que emitiera algún sonido. ¿Qué oscuro secreto ocultaba Helena Uno para comportarse de esa forma? Iba a ser difícil averiguarlo, y no podía preguntarle a nadie, ya que Isa debía ser la única persona en la que mi antigua personalidad confiaba.

–          Creo que es mejor que dejemos esto para otro momento.

–          Te quería. Lo sabes, ¿verdad?

–          ¿Quién?

–          Helena.

–          ¿Tú?

–          Yo no, la otra. Yo no sé lo que siento. Tengo mis propias emociones, pero comparto alguna de las suyas. Isa, parece que tú la conocías ¿qué hubiera hecho ella ante esta situación?

–          Correr. Ella siempre huía. Huyó de Gaby cuando notaba que se estaba enamorando, huyó de mí, cuando ya me amaba.

–          ¿Cuándo te dijo que te amaba?

–          La primera noche que pasamos juntas. Recibí un mensaje en el móvil invitándome a cenar en tu casa. Pensaba que era otro intento por ridiculizarme, pero no fue así. Descubrí a una Helena que se asemejaba mucho a la que veo ahora. Era tan dulce, tan cariñosa. Dijo amarme, y me comentó que si empezábamos algo, debía ser un secreto. Me quería, pero tenía otros planes para ella, los cuales nunca me descubrió.

–          ¿Solo follabais?

–          No, que va. La mayoría de las noches nos dormíamos hablando, abrazadas.

–          ¿Pasaste muchas noches con ella?

–          Todas hasta que me dejaste. ¿De verdad piensas que me querías?

–          Sé que te quería, lo sentí. No era la misma sensación que con Gaby, por ella sentía fascinación, pero a ti quería cuidarte, por eso se alejó de ti.

–          Vaya, en vez de una novia secreta, tenía una madre encubierta.

–          Quiero acostarme contigo.

–          No creo que debamos.

–          Antes de que recordara todo esto, ambas deseábamos hacerlo. Tú me quieres y sabes lo que yo siento y mi situación actual. Somos adultas y no escondemos nada más. No entiendo por qué no debiéramos hacerlo.

No hizo falta ninguna palabra más para convencer a Isa de que hiciera el amor conmigo. Juntamos nuestros cuerpos, el calor de la habitación, el nuestro, las ganas, la pasión que le poníamos a cada movimiento, lograron que el éxtasis visitara nuestras mentes, nuestros pensamientos. Cuanto más la sentía sobre mí, más excitada me encontraba, mi mente estaba segura de que era ahí donde debía encontrarme, entre sus piernas. No pensé en Gaby, ni en las posibles consecuencias que aquel acto acarrearía, solo conseguía concentrarme en los puntos que, por arte de magia, sabía que harían que su cuerpo estallara en un abanico infinito de gemidos y convulsiones.

Amanecimos abrazadas. Ella estaba bocarriba, yo tenía la cabeza en su pecho, y mi brazo recorría su vientre para terminar acariciando de un modo inconsciente su piel con mis manos. Despertó y me sonrió de una forma diferente, lo que produjo en mí otra vuelta a un pasado que yo no había vivido.

Estaba en mi casa,  escribiendo en el ordenador, no la agenda de amantes, sino una especie de diario. Para acceder a él era necesaria otra contraseña que no alcancé a memorizar. Escribía y con cada tecla que pulsaba, una lágrima goteaba por mis mejillas. “Me siento sola y sé que lo tengo todo. Es absurdo este sin vivir. No debí haber metido a Isa en todo esto. Hoy tendremos que romper, de otro modo, mi plan no funcionará y ella saldrá más herida. La quiero tanto, que me rompe por dentro tener que mirarla a los ojos y saber que le estoy mintiendo. Sé que la venganza no es el modo más correcto de hacer todo esto, pero es la única forma que se me ocurre para que ella pague por lo que me hizo. Sabía que no podía enamorarme, con Gaby estuve a punto de meter la pata, y ahora vuelvo a las mismas. Odio mi vida y todo lo que tengo que hacer por un dolor que no se me va del pecho”. No entendí nada de todo aquello, de aquella vendetta que tendría que librar, ¿contra quién?, ¿por qué?, ¿Quién podía haberme hecho tanto daño como para que yo abandonara el amor solo por ser juez y parte en un proceso absurdo de redención? Isa entró en la habitación. Me traía un café acompañado de su dulce sonrisa. Me vio llorar, cambió el gesto y corrió a ver qué sucedía. En vez de dejarme mecer por unos brazos que ansiaba, cerré corriendo el programa y rehusé cualquier contacto con ella.

–          ¿Otro recuerdo?

–          Sí. Necesito que me ayudes, tengo que entender todo esto. Helena Uno odiaba a alguien tanto como para apartarte de su lado.

–          Quizá quería a otra.

–          No, te amaba a ti, eso lo sé. Eres la única persona a la que le confió que tenía algo que hacer, y yo tengo que seguir sus pasos, tengo que averiguar mi pasado, pero no el más próximo, esto se remonta mucho más atrás en el tiempo.

–          No sé qué decirte. Hablábamos mucho, pero nunca fuiste muy dada a charlar sobre ti.

Regresamos a Madrid. La señora Pilar nos esperaba en el aeropuerto con un par de bocadillos de paté, solo faltaba la cantimplora con agua. Le presenté a Isa y ella la acogió como parte de esa familia de locos a la que yo pertenecía.

–          ¿Qué pelos traes? ¿Y esas pintas? Pareces una vagabunda.

–          ¿No te gusta? Me parece muy cómodo. Señora Pilar, esta es Isa.

–          Ya era hora de que me presentaras a una de tus amigas. Desde lo de Verónica no habías vuelto a traer a nadie.

–          ¿Quién es Verónica?

–          Ahora eso da igual. Venga, que os preparo algo de cena.

–          Señora Pilar, me gustaría pasar esta noche en mi casa. Al parecer, Isa y yo nos conocemos desde hace tiempo y querría probar a ver si ella me ayuda a rebuscar entre los cajones recuerdos perdidos.

–          Pero, hija, acabas de volver.

–          Señora Pilar, no se preocupe, estaré bien. Mañana, si le parece, iré a su casa a cenar y le pongo al corriente de todos los avances que hagamos. Isa es psicóloga, quizá pueda hipnotizarme o alguna de esas cosas para que yo vuelva a ser quien era.

–          Bueno, vale. Pero no hagáis estupideces, ¿me has entendido? De todas formas, mañana nos vemos a las diez en el hospital, que van a repetirte el escáner.

–          Iré sola, señora Pilar, no se preocupe.

–          Y dale con la burra al trigo, que soy tu madre, corcho.

Yo le giré la cabeza intentando que entendiera mi postura. Ella asintió y nos dejó en la puerta de mi casa. En el ascensor, Isa se dedicó a besarme, pero en ese momento, mi mente estaba perdida en todas las fotos almacenadas del piso.

–          ¿Has recordado que soy psicóloga?

–          ¿Lo eres? Me lo había inventado para que no me diera más el coñazo.

Pasamos gran parte de la noche buscando entre los álbumes, las cajas, los discos duros. Nada de todo aquello aportaba algo de luz a mi corrompida memoria. Recordé aquel escrito en el portátil, debía encontrarlo, pero para eso necesitaba a Gaby, Isa no es que supiera mucho más que yo de esas dichosas máquinas endemoniadas.

Mi amante o mi amiga terminó dormida en el sofá, pero yo no quise cesar en mi empeño. Aún tenía que comprobar el altillo que había sobre el baño. Tomé una silla y me subí para comprobar si había ocultado allí algo que no fueran pelusas y polvo. Una caja de hojalata apareció ante mí. Era grande, de colores apagados por el paso del tiempo. La saqué de su escondite y la puse sobre la mesa del escritorio. Al abrirla, un montón de libretas, carpetas, otras cajas empezaron a rebosar de la lata, como si hubiera metido todo aquello a presión y deseara que jamás escapara de allí.

Anduve mirando qué era eso tan importante que debía mantenerse en un lugar tan poco accesible. Cogí unos papeles, eran cartas de amor que Helena Uno había recibido, pero en ninguna se especificaba quién era su emisor. Por la letra deduje que era una mujer, todas de la misma, que sentía un gran amor hacia mí, y debía ser correspondido por las respuestas que daba. ¡Qué tiempos aquellos en los que no todo se guardaba en un cerebro virtual en Canadá! Me gustaba sentir el tacto de aquellas amarillentas hojas, desgastadas por la lectura, por el paso de los años, incluso, por alguna lágrima que había ido a posarse sobre ellas. Quizá un amor adolescente, de esos que nunca se olvidan, que se creen insuperables y que terminan formando parte de un cúmulo de experiencias que se desechan por inservibles.

También había fotos. Eran, en su mayoría de paisajes, del Retiro, del Parque de Atracciones, del Zoo. Entre ellas, unas pocas fotos de una chica muy joven, de unos dieciocho años, de pelo moreno y mirada perdida. No sonreía en ninguna de las instantáneas, pero lograba intuir algo de alegría por la vivencia de aquellos instantes.

Nada parecía estimular mi memoria. Tocaba los objetos que allí se encontraban, deseando que su memoria se transmitiera a la mía por contacto, pero no resultó (era evidente, pero tenía que probarlo). Estaba desesperada, envuelta en un montón de trastos viejos que no hacían más que colapsarme. Enfadada, tiré aquellas fotografías por toda la cama, iba a desistir en mi empeño por encontrar algo, cuando, de repente, en el revés de una de las imágenes, descubrí algo escrito.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 8

  1. Esto mejora capítulo a capítulo 😀

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