Olvidando la vida. Capítulo 7

Isa llamó a la puerta de mi habitación a las nueve de la mañana. No la esperaba tan temprano, abrí por inercia, sin darme cuenta de que estaba en ropa interior. Menos mal que era ella y no un trabajador del hotel o un borracho perdido.

–          Vaya, ¡qué recibimiento! ¿Y ese pelo? Te queda genial.

–          ¿Dónde vas tan temprano? –respondí sin lograr equiparar el entusiasmo que ella mostraba.

–          Pues a sacarte de esta habitación oscura y a que me enseñes la ciudad.

–          Es más un pueblo. Pasa, que me visto y nos vamos a desayunar.

Los bares, poco a poco, iban levantando los toldos para minimizar los rayos solares. Isa pidió un pa amb tomàquet y un café, yo opté por lo mismo, aunque mi apetito era el de un moribundo. Ella daba bocados enormes, estaba claro que no había comido nada desde la noche anterior.

–          Bueno, desembucha, ¿de qué querías hablar?

–          ¿Estás enamorada de mí?

Se le atragantó un trozo de pan, y comenzó a toser. Yo fui a la barra a por una botella de agua, antes de que se muriera sin darme una respuesta. Se la tendí, y ella agradeció mi gesto con un leve destello en los ojos.

–          Para haberme matado.

–          ¿Estás mejor?

–          Sí, gracias. Creo que está tan rico que lo estoy comiendo con demasiada ansia.

–          No me cambies de tema, por favor.

–          ¿De dónde has sacado esa idea? ¿Has recordado algo?

–          Me lo dijo Gaby.

–          ¿Cuándo la has visto?

–          ¿Qué más da? Respóndeme, por favor.

–          Sí. ¿Ya estás tranquila?

–          ¿Pero qué coño veis en mí?

–          Antes no lo tengo muy claro, pero ahora eres encantadora.

–          Ya, pero te hice daño y aun así has estado a mi lado todo este tiempo, sin saber si una mañana despertaría y volvería a reírme de tus sentimientos.

–          No me importa, Helena. Siento lo que siento, no puedo cambiarlo.

–          A veces las mujeres sois idiotas, o masoquistas.

–          Creo que tú también eres una mujer.

–          Yo no sé ni qué soy ni qué dejo de ser. Tengo cuatro meses, soy un bebé, un ser asexuado que solo se dedica a comer y a mirar al mundo sorprendido.

–          Los bebés también lloran, cagan y mean.

–          Sí, y les dan el pecho, pero creo que de eso ya tuve suficiente en mi vida anterior.

–          No pensaba tener que confesarte esto. Si quieres que me aleje de ti, dímelo.

–          No quiero que te vayas. Eres mi amiga y aunque me parezcas tremendamente estúpida en este momento, te quiero como tal.

–          Con tanto cumplido da gusto ser tu amiga.

–          No te entiendo, me has escuchado hablar de lo mucho que me gustaba Gaby, de las ganas de abrazarla que sentía, y no me has puesto mala cara, ni he visto celos o rabia en tus ojos.

–          Helena, estoy más que acostumbrada a que elijas a otras antes que a mí. Como bien me dijiste, soy demasiado fea, demasiado bajita y demasiado gorda para estar con alguien tan imponente como tú.

–          ¿Te dije eso? ¡Qué hija de puta! Lo siento. Además, me pareces bastante mona.

Siempre había visto a Isa como una amiga, nunca me había parado a mirar nada más en ella. Me pasé el resto del día contemplando su cuerpo en bikini, de reojo, para que ella no se diera cuenta de que la observaba como una maniaca obsesiva. Sí era más bajita que yo, pero no estaba de acuerdo con Helena Uno en el resto de apelativos. Tenía un cuerpo bonito, una piel tersa que incitaba las caricias, unos ojos brillantes y llenos de vida, y, ¿por qué no decirlo?, un culo que más de una quisiera agarrar. Aquellos pensamientos me perturbaban, no solo porque un deseo físico se apoderaba de mi cuerpo, sino porque comencé a ver en ella a una mujer y no solo una amiga.

Por la noche salimos, y comprobé que mi tolerancia al alcohol iba en aumento después de haber pasado esos días junto a mis chicas de pantalones caídos. Descubrí un millón de cócteles impronunciables, sabores fascinantes que hacían deleitarse a mi paladar. Bailamos toda la noche, lo del cambio de look me había venido de perlas, las zapatillas me facilitaban la permanencia en posición vertical. Lo pasé genial junto a Isa, pero continuaba teniendo ese miedo a sentirme atraída por ella. No sabía lo que era estar enamorada, y no quería  hacer daño a la única amiga que había estado conmigo en esos momentos tan difíciles.

Regresamos al hotel, exhaustas y entusiasmadas por la magnífica noche que habíamos compartido. Quizá la efusividad debiera haber sido menor, pues, sin darme cuenta, estaba desnudando a mi mejor amiga, mientras recorría su cuerpo con mis besos. Notaba cómo se le erizaba el pelo, cómo su piel se estremecía al contacto con mis labios. Yo era una revirginizada, pero conocía al detalle cada movimiento que debía hacer. Estuvimos mucho tiempo envolviéndonos en caricias, besos y susurros, pero la situación se enfrió de repente. Otro flash, otra imagen se apoderó de los pocos pensamientos que poblaban mi mente aquella noche.

Mi casa, Isa, yo, una botella de vino. Ella lloraba, yo permanecía impasible sentada en el sofá. Una conversación:

–          Ya te dije que si estabas dispuesta a esto era bajo mis condiciones.

–          Lo sé. Helena, yo te quiero y no entiendo a qué viene este cambio. Querías estar conmigo, ayer mismo me decías que me amabas. ¿Por qué hoy decides acabar con una relación de dos meses?

–          No ha sido nada y tú te estás encariñando mucho.

–          ¿Se han enterado las otras? ¿Es por eso? ¿Tienes miedo de que descubran que no estás con una belleza como ellas? Pensaba que no eras así, que solo se trataba de una pose hacia el resto, pero veo que me equivoqué.

–          Isa, vete ya, por favor. No hagas las cosas más difíciles.

–          ¿Más difíciles? Eres una cobarde y por más que me lo niegues, sé que me quieres.

Volví al mundo consciente y vi cómo Isa clavaba sus ojos en mí. Nuestros cuerpos desnudos no se movían, pero en mi interior, algo había cambiado, ese recuerdo cambió la concepción que tenía de mi amiga. Helena Uno la amaba, aunque se lo negara constantemente, yo lo sentía, al igual que el miedo que le producía tener esos sentimientos.

Le narré a Isa lo que había recordado o imaginado. Ella se echó a llorar, respondiendo así mis dudas sobre si era un vestigio de mi pasado o una broma macabra de mi cerebro. La abracé con todo mi cuerpo, pero eso no pareció sofocar su tristeza.

–          ¿Por qué no me lo dijiste?

–          Porque temía que me odiaras.

–          ¿Por qué iba a odiarte? Era yo la que te estaba haciendo daño.

–          Porque fue al salir de mi casa cuando tuviste el accidente. Yo te había mandado un mensaje diciéndote lo enfadada y dolida que me sentía, tú me contestaste, mientras conducías que esperabas que encontrara a alguien que me mereciera de verdad. Después tuviste el accidente. Fui a verte al hospital, pero no me dejaban entrar sin el consentimiento de tu madre. Esperé tu regreso a casa y, al descubrir que no recordabas nada, decidí comportarme como siempre que estábamos con gente, como si no nos habláramos.

–          ¿Estábamos juntas y te dije que eras fea, bajita y gorda?

–          Eso lo dijiste antes, cuando Judith te miraba. Luego te disculpaste, y me dijiste que había cosas de ti que no podías contarme, pero que un día lo harías.

Me sentía completamente perdida. Por un lado estaba toda la atracción que Helena Uno sentía por Gaby, por su cuerpo, por su voz; por el otro, un profundo cariño y respeto hacia la persona que se había convertido en mi mejor amiga. No sabía si amaba a alguna, no sabía cuánto tiempo había pasado desde lo de Gaby, ni por qué debía comportarme como una hija de puta delante de la estúpida de Judith. La caótica vida de Helena Uno me descolocaba, se veía envuelta en un sinfín de relaciones, pero no sentía nada por las mujeres con las que se acostaba, sino por las que ignoraba.

 

Anuncios

About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
Esta entrada fue publicada en Helena y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

5 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 7

  1. ¡Cada vez más interesante!
    Y por cierto, asumo que Sitges es un sitio que te gusta, porque creo lo nombraste en todas las historias, no? 🙂
    Como siempre, enganchada.
    Saludines

    • remendona dice:

      Ahora va un poquito lento, pero poco a poco iré cogiendo otro ritmo.
      Sitges aparece en el primer libro. Es un referente gay aquí y un pueblo precioso. Solo he tenido la oportunidad de ir dos veces, pero siempre con ganas de volver. Si visitas España, te lo recomiendo, porque es una ciudad totalmente gay.
      Espero seguir enganchándote.
      Un besazo.

      • Sabía de Sitges y el asunto gay 🙂 Porque aquí hay un lugar de ambiente, que …se llama Sitges, cuando lo conocía, averigüe porque era. Y nada, que tendré que volver algún día a España y visitarlo, que nunca tuve oportunidad.
        Beso

  2. Veronica dice:

    Acabo de descubrirte y ando leyendote y me gusta bastante como escribes…

    besos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s