Olvidando la vida. Capítulo 4

Era muy extraño sentarse junto a un montón de desconocidas que parecían saber todo sobre mi vida. Se reían, recordaban episodios absurdos o mis múltiples amoríos, pero todo aquello me parecía bastante banal. Yo no podía ser así, no podía ser un cuerpo sin un trasfondo más allá de mis tocamientos genitales. No recordaba quién era, pero sabía quién no quería ser, yo.

Gaby me miraba de reojo, esperando ver algún furtivo gesto que desvelara un posible engaño. Yo la miraba a ella. Me fascinaba su modo de mover las manos, de hablar, de sonreír, de callar. Era la mujer más delicada que había visto en mi vida, aunque eso no tenía mucho sentido, teniendo en cuenta que no hacía demasiado tiempo que me había rencarnado. Quizá era eso lo que me pasaba, fui al cielo, no me quisieron y me mandaron de vuelta al cuerpo de una mujer que debía estar ardiendo en las garras del infierno.

–          Pues cuando era pequeña y estábamos en el pueblo de vacaciones, corría toda la calle abajo para poder bailar “Cántame” de María del Monte. Ya apuntaba maneras, la niña.

–          ¿Os vais a dejar de meter conmigo o tengo que volver a ser yo misma?

–          No te pongas así. Lo hacemos para que recuerdes algo.

–          Pues no lo hago, solo me agobiáis. Quiero estar sola. ¿Os importa ir a dar una vuelta?

No pusieron demasiadas trabas a mi petición y por fin pude encontrarme conmigo misma en aquel hogar que no reconocía, con todos esos recuerdos que no eran míos y con un temor atroz a verme como los demás lo hacían.

Miré en los cajones, mucha ropa, muchos vestidos, demasiadas preguntas que los sujetadores y bragas sexys no responderían. Retomé mi disputa con el portátil, con el “Fóllame” que daba acceso a mis datos. Informes de trabajo, carpetas con fotos de lugares que reconocía, pero no por haber estado allí. Entre toda aquella amalgama de una Helena más putona que señora, una base de datos me daba acceso a todas mis conquistas. Números de teléfono, fotos, descripciones detalladas de relaciones sexuales a las que no le había dado demasiada importancia, comentarios sobre mujeres en un tono completamente despectivo y duración del romance. Me sentí aturdida, perdida en una película en la cual no me veía reflejada. Todo aquello mermaba mi estado anímico, al final iba a ser cierto que necesitaba ayuda de un psicólogo, de alguien ajeno a mí, que no me juzgara con dos raseros, la yo de antes y la personalidad que estaba forjando.

Las chicas volvieron, esta vez sin Gaby, sin aquello que era lo único que ansiaba admirar entre tanto minimalismo. Susana decidió que era mejor llevarme a casa e enclaustrarme en mi cuarto. Una parte de mí quería estar sola, la otra prefería rodearse de desconocidos. Propuse ir a un bar, a algún sitio que yo considerara como mío, un rincón en el que perderme, pero la idea tampoco resultó ser acertada. Al parecer, todo el mundo en Chueca sabía de mí, de mis andanzas como mujeriega, unas de oídas, otras porque querían formar parte de mi base de datos y otras porque ya eran integrantes de esta. Me sentí triste, perdida, y no podía seguir manteniendo una doble vida, por mucho que no recordara la primera, el resto del mundo sí lo hacía.

–          Señora Pilar, necesito unos días de descanso.

–          ¿No duermes bien, hija?

–          Sí, claro que sí. Pero necesito ver todo esto desde un punto de vista más alejado de la realidad.

–          ¿Y el psicólogo?

–          Me ha dado permiso para escaparme una semana fuera. Cree, al igual que yo, que cambiar la perspectiva hará más fácil mi transición.

Busqué destinos, hice las maletas y me fui al lugar más gay de toda España, Sitges. Quería vivir el ambiente, un nuevo ambiente en el que solo fuera una más de los turistas que plagaban las costas catalanas. Un pequeño hotel con vistas al mar sería mi refugio nocturno, el sol, el calor y los desconocidos, harían el resto del trabajo, conseguirme una nueva identidad.

Al principio creí haberme equivocado de destino, mucho hombre musculado, mucho aceite y mucha testosterona que mostrar ante un sol de justicia. No entendía cómo me había hecho lesbiana habiendo unos tíos tan buenos por el mundo, pero, claro, eran gays, y yo no era su tipo. Vislumbré a alguna chica entre los torsos morenos, pero nada especialmente destacable, por lo que anduve sola, en chanclas y con el pelo recogido por un pueblo que mezclaba la modernidad con vestigios de una historia mucho más profunda. La parte alta era mi preferida, menos aglomeraciones, calles más estrechas en las que poder refugiarme del calor, paredes de cal, vistas espectaculares, el rumor del mar tan cercano y tan distante como mi propia memoria.

En menos de un día, me conocía al dedillo cada uno de los rincones de Sitges, por lo que pensé en disfrutar del resto de mis vacaciones tomando color en la arena y bebiendo mojitos en algún chiringuito chill out del paseo marítimo. Pero todo cambió con la llegada del viernes, la ocupación hotelera se cuadruplicó, no de más cuerpos de gimnasio, sino de mujeres de pelo corto, pantalones caídos y tatuajes por doquier. Ellas me miraban, yo las miraba, al principio con sorpresa, su estética no era parecida a la mía, pero me gustaba cómo habían formado un look propio, un estilo que las diferenciaba del resto. Era asombroso contemplar que la orientación sexual puede unirte con gente muy diversa. Quizá ese había sido mi problema, siempre tan refinada, tan femenina, que terminé rodeada de esperpénticas mujeres con más ambición que extensiones en el pelo.

No sé muy bien cómo, pero terminé integrada en un grupo de muchachas. Eran muy agradables, sus temas eran frescos, rejuvenecedores, nuevos ante una secuencia repetitiva de preguntas sobre cómo me encontraba, si recordaba algo o si me sentía diferente. A aquellas chicas no les importaba mi pasado, solo disfrutar de una kedada de una página web especialmente dedicada para ellas, o para nosotras. Hablaban de romances de sexo, de fiesta, de política, religión, les daba igual, cualquier tema era bueno para ellas.

–          ¿Cuál es tu nick en el foro?

–          Yo no estoy en ningún foro, solo estoy de vacaciones.

–          Ya te dije que estaba demasiado buena para ser una bollera –comentó una en un tono completamente audible.

–          ¿Y qué haces aquí con nosotras?

–          No sé, me habéis incluido y yo me he dejado arrastrar.

–          ¿Vienes con tu chorbo? –preguntó la misma descarada que sabía más de mi vida sexual que yo.

–          No, no tengo novio.

–          Entonces, ¿eres hetero?

–          No. Soy lesbiana, perdona, bollera –contesté mientras miraba de forma amenazadora a aquella que me tachó sin conocerme.

–          Si quieres puedes decirle a tu novia que se venga.

–          No tengo novia. He venido sola. Necesitaba salir de Madrid.

–          Pues a mal sitio has venido. La mitad somos de la capi.

–          Si preferís que me vaya, no hay ningún problema. Entiendo que debe resultar incómodo que una desconocida se una a vosotras de esta forma.

–          No nos molesta, todo lo contrario. Aunque estás demasiado buena como para llevarte a ligar. Solo puedes coger a una y nos presentas al resto.

–          Dudo que se me dé demasiado bien ligar, pero no tengo ningún reparo en presentaros a cuantas chicas preciséis.

Estaban un poco locas, pero no de las que dicen tonterías, más bien de las que las hacen. No paraban de saltar, de mostrar un excesivo afecto en público, la señora Pilar a su lado, era más seca que la señorita Rotenmeyer. Me aceptaron como a una más, no sé si por el hecho de ser lesbiana o porque, a sus ojos, yo estaba bastante bien.

Salimos de noche, bebimos todo el alcohol que los bares habían reservado para nosotras, charlamos con mujeres de todo el mundo, incluso descubrí que sabía hablar italiano, cosa que maravilló a mis compañeras de fiesta. Pero no era lo único que averigüé de Helena, un flash, quizá una pesadilla o un momento de lucidez, trajo consigo a Gaby a mi memoria. Estaba desnuda, en una cama con sábanas color crema. Un tatuaje en forma de sol adornaba su ombligo, y solo unos pendientes tapaban algo su cuerpo. Sentí deseo, ganas de acariciar su piel. Yo no me veía, pero también me sentía descubierta de cualquier prenda. Me acercaba a ella, con paso firme, con el deseo de un adolescente por explorar un cuerpo que no es el suyo. Había más sentimientos, muchos de ellos carnales, pero otros, no sabía qué eran esos otros sentimientos, quizá pena, tristeza. Me odiaba, sentía que me odiaba y era algo angustioso. Una mano en el hombro me devolvió a la realidad. Mi mente aún seguía exhausta por aquel compendio de emociones, de vivencias que ni siquiera sabía si eran ciertas.

–          Oye, que mi amiga quiere rollo contigo –dijo una chica mientras me señalaba a un grupo que estaba al fondo del local.

–          Creo que no.

–          ¿Por qué? ¿No te mola?

–          No lo sé. No sé cuál de todas ellas es, no la conozco y desde luego me merece muy poca confianza alguien que manda a otra persona a romper el hielo.

La muchacha se encogió de hombros y regresó junto a sus amigas, que me miraban como si yo fuera un bicho raro. Mis compañeras nocturnas bromearon con la respuesta que yo le había dado, aunque no entendí bien el motivo, ya que era realmente lo que sentía.

Otra chica intentó la misma táctica, esta vez era la susodicha, creyendo que así conseguiría algo más de mí. Entre los ánimos de mis compañeras, la música y la gente, tuve que pegarme mucho a ella para poder entender lo que decía, aunque parte de la conversación se perdió para siempre.

–          Joder, Helena, si nos lo pasamos muy bien.

–          Mira, te has confundido de persona. No te conozco de nada.

–          ¡Venga, no me jodas! ¿También vas a hacer conmigo eso? Gaby me dijo que habías cambiado.

–          ¿Está Gaby aquí?

–          Sí, por ahí anda. Mira, Helena, déjate de juegos. Vamos al baño y hacemos como siempre, tú por tu lado y yo por el mío. Hace mucho que no nos vemos.

–          Si esto fuera verdad, ¿por qué has mandado a tu amiga a hablar conmigo? No te conozco. Supongo que Gaby te ha contado lo mío y quieres aprovecharte de la situación, pero no va a colar.

–          Vale, me has pillado. Pero podemos follar, ¿no?

–          Poder, podemos, lo que pasa es que no quiero. No te lo tomes a mal, eres una chica guapa, y estoy convencida de que puedes ser una amante estupenda, pero no voy a hacerlo.

La chica se volvió disgustada, pero a mí me dejó enfadada. Quería aprovecharse de una amnesia para echar un polvo, y por ahí sí que no iba a pasar. Tenía que hablar con Gaby y con Isa, no quería que más gente supiera lo mío. Busqué a mi mujer de manos delicadas por todo el local, pero no hubo suerte, por lo que regresé junto al grupo de los pantalones caídos.

–          ¿Es cómodo llevar así los vaqueros?

–          Pues claro. Además, facilita mucho las cosas a la hora de meter mano.

–          Tendré que probarlo.

–          A ti no te pega nada. Tú eres una pijita, no te imagino vestida así y con la cabeza afeitada.

–          Mañana me voy a hacer un cambio de look y tú eres mi asesora oficial.

–          ¿Yo? ¿Por qué?

–          Porque me gusta cómo vistes y me enamoran tus bragas.

–          Vale, pues me haré tu asesora de vestuario y peluquería, cuando llegues a Madrid no te va a reconocer ni tu madre.

–          Con eso no hay demasiado problema, Tamara, no me reconoce ya.

Y en eso quedamos, al día siguiente iríamos de compras y a la peluquería, yo también quería ser parte de algo, el club de las skaters o las chicas de moda en el ambiente.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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