Olvidando la vida. Capítulo 3

Allí estaba yo, en lo que se suponía que era mi apartamento, rodeada de un montón de amigas y de una ex. Al principio sentía vergüenza, pero luego caí en que esos eran mis dominios y podía cotillear los cajones del baño sin ningún reparo.

–          Porque me querías –dijo Judith.

–          Pues no pareces gran cosa. Si me voy a hacer lesbiana por lo menos podría haber elegido a alguien mejor.

–          Te dejé yo.

–          ¿Y? ¿Piensas que me voy a sentir dolida porque una tía tan petarda me abandonara? Me da igual, muchacha. No recuerdo nada, por lo tanto no me duele que te fueras, es más, me alegro, porque me daría un poquito de grima tener que aparentar quererte o lo que es peor, hacer cosas de mayores…

–          ¿Cosas de mayores? –preguntó desconcertada.

–          Follar. Joder, si no pillas ni eso, no sé qué tipo de relación teníamos.

Todas me miraban, era su nuevo mono de feria, pero a mí no me importaba, solo quería quedarme sola, aunque fuera un par de horas, porque desde mi nueva vida, no había tenido tiempo ni de sentarme a pensar cómo quería que fuera mi renovado yo.

Me senté en el sofá a admirar mi buen gusto a la hora de decorar la casa, aunque no lo sentía como un hogar, era un lugar desconocido, frío y la compañía no ayudaba demasiado. Nadie quería acercarse a mí, se dedicaban a consolar a Judith, la indignada. Una de las chicas se sentó a mi lado.

–          Me caes mucho mejor ahora.

–          Gracias. ¿De verdad salía con esa estúpida?

–          Sí.

–          ¿Por qué? Me he visto en el espejo y estoy bastante más buena que ella, además, creo que es un poquito corta de entendederas.

–          No sé por qué lo hiciste, pero fue así. Y ya era hora de que alguien le parara los pies, se cree la reina del mundo.

–          Tú también me caes bien. ¿Cómo te llamas?

–          Isa.

–          ¿Éramos amigas? –aquella chica resolvería todas mis dudas.

–          No demasiado. Salíamos en el mismo grupo, pero creo que esta es nuestra conversación más larga.

–          Pareces buena chica. No entiendo cómo no hablamos.

–          Porque si el mundo lésbico fuera un instituto americano, tú serías de las populares y yo del club de ciencias.

–          ¡Qué idiotez! Pues te nombro mi mejor amiga desde este momento. ¿Tienes una espada a mano?

–          No sabía que fueras graciosa.

–          Yo tampoco, no me conocí hasta hace unos días. Pues, como mi mejor amiga, tienes que ponerme al corriente. ¿Por qué soy lesbiana? No siento ningún tipo de atracción hacia estas chicas.

–          Pues antes sentías atracción por demasiadas mujeres –aclaró.

–          ¿Era una zorrona? Me encanta. ¿Qué puedo hacer para que se vayan todas? ¿Barra libre de vaginas en algún bar?

–          Simplemente diles que se larguen.

Hice caso a Isa. Me levanté del sofá y di una voz expresando mis deseos. Todas parecían hipnotizadas ante mis palabras, y yo me crecí aún más. Isa permaneció sentada, mejor así, podríamos hablar sin el jaleo que aquellas víboras montaban. Susana también se quedó.

–          ¿Por qué  has hecho eso? –preguntó enfadada.

–          ¿Crees que tengo ganas de estar rodeada de un montón de desconocidas? Y encima invitas a mi ex, que es como una mosca cojonera.

–          Yo no le invité, a mí siempre me cayó fatal.

–          Ahora tú me caes mejor –sentencié.

–          ¿Quieres que te deje a solas con Isa?

–          No creo que sea necesario, siempre que me habléis con claridad. Quiero saber cómo era, qué hacía, por dónde salía y por qué estaba con esa estúpida.

Entre las dos me pusieron al corriente de mi valía como amante. Al parecer, había probado a la mitad de esas mujeres. Yo era también un tanto idiota, me describieron como una elitista, siempre pensando en el qué dirán y aparentando ser mejor. Resulta que Judith me había dejado porque yo le ponía los cuernos, y abandonar a la más guapa era una escalada en la sociedad lésbica.

Yo no tenía muy claro si realmente me gustaban las mujeres, pero, por lo que me dijeron aquellas dos, me encantaba llevármelas a la cama. Aún no sabía cómo era, ni qué debía hacer con respecto a mi vida, aunque, una cosa tenía clara, yo no quería ser del tipo de persona que salía con tías como Judith.

Rebusqué por toda la casa, intentando encontrar algo o encontrarme yo. Tenía muchas fotos, en la mayoría salía yo sola, quizá era un poco egocéntrica. Los cuadros eran alucinantes, no sé quién los pintaría, pero eran auténticas obras de arte. En mi dormitorio me esperaba mi portátil. Lo abrí. Introducir contraseña. ¿Para qué puse contraseña si vivo sola?

–          ¿Se os ocurre cuál puede ser la contraseña?

–          Ni idea.

–          Seguro que es Helena, creo que es el único nombre de mujer que eres capaz de recordar –dijo Susana.

Intenté con esa, pero nada. Las chicas me decían mi fecha de nacimiento, el nombre de mi madre, lugares a los que me gustaba ir, pero ninguno de esos intentos tuvo sus frutos. Isa dijo conocer a una buena informática. Cogió el teléfono y quedó con ella en media hora.

A la hora convenida, sonó el timbre. Susana fue quien abrió la puerta. Tras ella, una mujer que parecía una modelo, atravesó el umbral. Tenía dudas sobre mi orientación sexual, pero después de que mis hormonas se dispararan por aquella piernas, se habían disipado.

Susana se presentó como mi hermana, ella se llamaba Gaby, qué apelativo más peculiar, supuse que vendría de Gabriela, un nombre espantoso donde los haya. La muchacha me miró y frunció el ceño, no parecía agradarle mi presencia.

–          Si hubiera sabido que estabas aquí, no habría venido.

–          ¿Nos conocemos?

–          Paso. Mejor me voy. Eres una zorra.

Desde luego la mujer era muy clara. Susana e Isa nos miraban con cara de circunstancias. Isa se acercó y le comentó mi pequeño problema de memoria. Gaby no parecía creerlo, pero accedió a arrancarme el ordenador.

–          ¿La conozco? –pregunté a Isa.

–          Supongo que sí. Por lo que me ha dicho, te acostaste con ella. Un día os encontrasteis e hiciste como si no la conocieras.

–          Vamos, como ahora.

–          Sí, pero te reíste de ella delante de tus amigas.

Gaby metió un cd y la pantalla se volvió azul, anduvo trasteando un rato hasta que encontró la contraseña de acceso. Estaba claro que yo no tenía ni idea de ordenadores, pero mis claves eran la hostia.

–          Fóllame.

–          ¿Qué? –contestamos las tres al unísono.

–          Esa era tu contraseña –contestó Gaby.

–          Vaya, si que era un poco puta.

Empezó a recoger todos sus trastos, tenía ganas de salir de mi casa, estaba claro que me odiaba y a mí me molestaba mucho que esa chica tan guapa sintiera asco por mí.

–          Quédate, por favor. Mira, no sé muy bien qué te hice, y lo siento mucho. Deja que te invite a comer. Pedimos unas pizzas y nos quedamos aquí las cuatro.

–          Helena, no quiero estar cerca de ti. Haces daño a la gente.

–          Pero esa era la de antes. Ahora no puedo herirte, no te conozco, pero sé que eres buena persona. Me odias y aun así me has arreglado el portátil.

–          Anda, quédate. Pocas veces tendrás la oportunidad de que Helena te invite a comer sin que ella saque nada a cambio –dijo Isa.

–          Vale, pero solo un rato.

–          Gracias –dije mientras le sonreía.

 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 3

  1. Bueno, se le nota que era una persona encantadora jajaja.
    Me gusta mucho el ritmo de la historia….saludos

  2. littleparrot dice:

    Oish… espero que Helena se reinvente a sí misma y sea menos “marvada”.

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