Olvidando la vida. Capítulo 2

Después de innumerables visitas de supuestos familiares y amigos, por fin había llegado el día de mi salida del hospital. Me habían venido a ver cientos de especialistas, al parecer mi caso era único y todos querían corroborar el diagnóstico. El psiquiatra me dio pastillas para relajarme, ya que sería traumático volver a lo que él suponía que era mi vida. El psicólogo me acribilló a preguntas y me mandó deberes, escribir un diario, además, tendría que ver su cara durante mucho tiempo, aunque no entendía el motivo. También vinieron neurólogos, neurocirujanos, forenses, médicos de cabecera, estudiantes de universidad. Vamos, que me faltó firmar autógrafos de lo famosa que me hice. Esperaba que a la salida no estuvieran cientos de periodistas esperándome, pero de ser así, yo me haría la interesante, como si no recordara nada, lo cual era cierto.

Tuve que irme con la señora que decía haberme parido, a saber dónde me iba a meter. Se llamaba Pilar, y estaba revolucionada por mi vuelta a casa.

–          Mi niña vuelve a casa, ya verás qué bien. Tengo tu habitación preparada. No te preocupes por el trabajo, ya tienen tu baja. No sé si deberíamos alquilar tu piso, total, te vas a quedar con nosotras.

–          Señora Pilar, no sé qué parte de no recuerdo nada no ha entendido, pero le voy a explicar una cosa. Si yo tengo una casa y me han recomendado volver a la normalidad, eso debería ser ir a mi piso, ¿no?

–          ¡No me llames Pilar! Soy mamá. Además, hasta que no estés mejor, tú te quedas conmigo para que pueda achucharte.

Creí conveniente dejar la discusión, aquella mujer no entraría en razón y yo iba a terminar viviendo con una loca, porque no recordaba ni dónde estaban las llaves de mi casa.

La señora Pilar vivía en un quinto piso, de un edificio gris. Subimos en un ascensor que seguro que tenía más recuerdos que yo. En la casa, un tropel de supuestos familiares nos recibió. Los besos resbalaban por mi cara, todo el mundo toqueteándome, hablándome, la escena me resultó repulsiva.

La señora Pilar me arrancó de los brazos de un corpulento y sudoroso hombre que hacía llamarse tío Luis. Al parecer tenía que descansar, el estar en un hospital todo el día tumbada quemaba muchas calorías.

Me condujo a la que sería mi nueva cárcel. Era una habitación pequeña, con una cama, un escritorio, una estantería llena de libros, pero ni un solo recuerdo personal.

–          Esta no parece ser mi habitación.

–          ¿Por qué dices eso, hija?

–          No hay fotos, ni posters, ni un diario. ¿Quién tiene un cuarto así de impersonal?

–          Te llevaste todo a tu piso. Mañana vamos y te traes lo que quieras.

–          Mejor vamos y me quedo. No soy idiota, me puedo valer por mí misma. Se supone que tengo un sueldo, pues ya está, hago la compra, cocino, limpio, leo, paseo y quizá recuerde quién soy.

–          Dudo mucho que tú hagas todas esas cosas que dices. Además, soy tu madre y tengo que cuidar de ti.

–          Señora Pilar, no quiero molestar la paz de su hogar, aunque agradezco el ofrecimiento, pero es mejor que me vaya.

–          No me llames así, que soy tu madre, ¡corcho! –menuda expresión.

–          Seguiré llamándole así, no nos conocemos. Con el tiempo puede que le tuteé, quizá hasta le llame Pili, pero, por el momento, mantendré las distancias con usted, pues para mí es una desconocida.

–          Como quieras, hija. Te traigo algo de comer, ¿quieres?

–          Vale, gracias.

Al fin estaba sola. Me tumbé en la cama y pensé en todas las maneras que tenía de salir de esa casa sin que nadie me viera. Conclusión: no había escapatoria. La señora Pilar volvió con un poco de pollo y arroz. Había pocas cosas que supiera de mí, pero entre ellas estaba que odiaba el pollo con todas mis fuerzas.

–          Señora, no sé si desconoce el asco que me provoca el pollo.

–          Pues cuando eras pequeña te encantaba. Eso son manías tuyas de ahora. No me digas que te quieres hacer vegetariana o cosas raras de esas.

–          No, creo que me gustan los chuletones.

La señora Pilar prefirió dejarme a solas con mi amigo el pollo, que se quedó en el plato observando cómo me comía el arroz. Quise entablar una conversación con él, pero no parecía muy dispuesto, estaba, ¿cómo decirlo?, algo quemado con la situación.

Creo que me quedé más frita que mi colega. Al día siguiente, mi nueva casera, apareció para amenizarme la mañana.

–          Buenos días, cielo. ¿Cómo ha dormido mi princesita?

–          Buenos días –respondí a regañadientes.- ¿Me habéis puesto un guisante en la cama o es que os gusta que me duelan las costillas?

–          ¡Qué barbaridades dices! Menos mal que tiene su explicación, porque empiezo a pensar que no eres hija mía.

–          Yo ya lo pensaba –me quedé en silencio unos segundos-. Me voy a dar una vuelta.

–          No, no. Tu hermana está desayunando, quiere verte, que ayer no dejé que entrara a molestarte.

–          Mire señora Pilar, yo no pretendo ser grosera, pero por mucho que me muestre todo mi árbol genealógico, no creo que recuerde nada.

Aun así, tuve que sentarme a la mesa con una muchacha de unos veinticinco años. Su ropa era rara, no sé si quería parecer pija o estúpida, pero consiguió ambas cosas.

–          Helena –dijo asombrada-. Me alegro de que estés aquí. Desayunas, te duchas y nos vamos a coger ropa a tu casa, ¿te parece?

–          Mejor me quedo allí, ¿te parece?

–          No seas borde, que soy tu queridísima hermana pequeña. Esa a la que le das cien euros a la semana porque no puedes vivir sin ella.

–          Ya, y yo soy la hermana gilipollas que se traga semejante memez.

Comí todo lo que mi estómago aguantó, me di una buena ducha, me puse la ropa que la señora Pilar había decidido que me quedaría bien y salí con la tal Susana a recorrer mundo.

Al parecer, mi apartamento estaba en la otra punta de la ciudad, cosa que me pareció muy lógica después de conocer a esa familia. Susana conducía, pero parecía más pendiente del móvil que del tráfico. Al fin llegamos, sanas y salvas.

–          ¿Sabes que estoy así porque tuve un accidente, verdad?

–          Sí, ¿y?

–          Pues que conduces como una loca. Me vas a matar. Yo me quedo aquí.

–          Anda, tonta, que te tengo una sorpresa preparada.

¿Me gustaban las sorpresas? Supuse que sí, pero si venían de Susana, me temía lo peor. Al entrar al apartamento, un montón de chicas me recibieron. Se fueron presentando una a una, nombre y rango.

–          Soy Ana, tu amiga.

–          Soy Laura, tu amiga.

–          Soy Judith, tu ex.

–          ¿Mi qué? –una graciosilla en el grupo, lo que faltaba.

–          Tu ex. Ex novia. Ex amante.

–          Sé lo que significa ex, lo que no entiendo es por qué salí contigo.

La muchacha se quedó mirándome, como intentado averiguar qué estaba mal en mi cerebro. Ahora resultaba que era lesbiana. La lesbiana desmemoriada de la familia de la señora Pilar. Si no estaba loca ya, sin duda terminaría estándolo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 2

  1. Es genial!
    Me imagine que algo así iba a pasar, esperemos con la memoria no se le haya ido también el gusto por las chicas, que eso sí sería una calamidad jaja.

    • remendona dice:

      Hombre, no puedo escribir libros de lesbianas y volverlas heterosexuales, esto no es EEUU y yo no soy productora. Me importa el público, pero no como para cambiar mi forma de expresar las cosas. Vivan las lesbianas (hoy estoy muy revolucionaria).

  2. Ken Krap dice:

    Oye una pregunta remendada si me permites. Tú escribes post a post o creas un libro entero y lo vas colgando poco a poco? Me parecen tus relatos muy ricos en ideas, situaciones y me ha entrado la curiosidad

    • remendona dice:

      Escribo post a post. Sé que no se debe escribir sin un guión previo, con unos personajes definidos y un final claro, pero yo no soy escritora, así es que hago un poco lo que me apetece. A veces sale mejor y otras peor. De hecho, ahora voy escribiendo por el capítulo 6 de este mismo libro-blog. Esta vez sí que me pilla el toro.
      Muchas gracias por tus palabras. Y, por supuesto que te permito las preguntas que quieras.

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