Capítulo 50

Lloré desconsoladamente sin apartar la mirada de los preocupados ojos de Nuria. Ella no entendía qué estaba pasando por mi mente, y yo tampoco lo tenía demasiado claro. Un cúmulo de sentimientos y emociones me invadieron, haciendo que mi única respuesta fisiológica fuera la de expulsar lágrimas como una idiota.

Nuria no se acercó a mí, no sé si porque no sabía reaccionar ante mis acciones o por miedo a ser ella también una víctima de un golpe accidental. Yo continuaba con mi lagrimeo irracional, intentado expresar todo lo que se había apoderado de mi mente y de mi cuerpo. Pero no había manera de que consiguiera calmar mis nervios, de que mi boca soltara algo más que un balbuceo.

Cerré los ojos e intenté respirar profundamente. Esto alivió bastante mis colapsados pulmones, pero seguí sin poder esgrimir una palabra lógica en un lenguaje no élfico. Veía a Yoli, a Marta, a Luna y a todas las mujeres que habían formado parte de mi vida. Intentaba unir mis sentimientos por todas ellas, pero no llegaban a ser ni la mitad de todos los que ahora circulaban libremente por mi cuerpo.

–          Gema, me estás preocupando. Creo que tienes demasiada fiebre. Voy a por algo de ropa y te llevo al médico.

Yo negaba con la cabeza una y otra vez, aquello no era una enfermedad, era la liberación de unas emociones que había estado conteniendo durante demasiado tiempo, quizá toda mi vida. Estaba a un paso de obtener lo que tanto ansiaba o de caer en el abismo más profundo, y esa dualidad podía con mi estado anímico. De un lado, mi cabeza, que se alzaba con el eslogan: “si dejas que el amor entre, el dolor irá de su mano”; por otra mi corazón: “si dejas que tu vida la controlen las estadísticas, tú misma serás parte de ellas”.

–          Gema, dime qué debo hacer. ¿Quieres que llame al médico y que venga aquí? Voy a por un vaso de agua, a ver si eso te alivia algo.

Me mojé los labios, y mi boca pareció recuperar algo de vida. Entre las respiraciones controladas y la hidratación, volvía a sentirme responsable de mis acciones. Tenía que dejar los agobios y los miedos, enfrentarme a ella, enfrentarme a mis sentimientos y a los suyos.

–          He venido a que nos digamos las cosas a la cara de una puñetera vez.

–          Pero, Gema, te encuentras fatal. ¿Crees que es el momento de que me digas cuánto me odias?

–          No te odio.

–          Bueno, pues lo que sea que yo haya provocado en ti. Deberías descansar. Yo me quedaré contigo, sin agobiarte, te lo prometo.

–          Joder, Nuria. Lo único que quiero es que hablemos –dije algo enfadada.

–          Vale, vale. Hablemos.

–          No quiero tratar el tema de Roma, quiero olvidarlo.

–          Yo no puedo. Mira, Gema, me duele mucho que pensaras que yo era capaz de confesarte lo que sentía solo para que no te fueras de mi lado.

–          ¿Sentías? –inspiré con resignación-. Yo aún lo siento.

–          ¿Te refieres al golpe en la nariz? No fue mi intención, de verdad.

–          No me refiero a eso. Quiero decir que aún estoy enamorada de ti, que por mucho que haya intentado olvidarte, sigues en mi cabeza, que por mucho que me haya cabreado eres la única mujer en la que pienso. No sé qué has hecho conmigo, qué te hace diferente del resto. Ayer vine a besarte, y si hubiera sabido que eras tú quién se acercaba en aquel bar, lo hubiera hecho. Deseo tanto estar contigo, que ya no recuerdo haber vivido sin ese sentimiento. Nuria, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, o al menos creo que lo serías si quisieras estar conmigo.

–          Gema, no creo que funcione. Hemos vivido demasiadas cosas, y eso pesa. Yo también estoy enamorada de ti, pero no creo que siendo una pareja, nuestra relación sea buena. Lo siento, pero es mejor que te marches.

–          De acuerdo, Nuria. Yo solo quería que lo supieras, que entendieras que estoy dispuesta a olvidar todo esto, y no porque lo fuerce, sino porque lo que siento por ti es mayor que lo que haya pasado. Pero tú no estás preparada, y lo comprendo –un nudo en la garganta me impedía tragar-. Espero verte por ahí y que todo te vaya bien.

–          Gracias, Gema. Lo mismo te deseo a ti.

Y con esas palabras atronando mi mente, me marché. Quise llorar todo el camino, gritar, patalear, pero no hubiera servido de nada. Nuria había tomado una decisión, no enfrentarse a algo que desconocía y yo no podía suplicar, no por orgullo, sino porque terminaría manteniendo una relación yo sola sobre mis hombros.

Al llegar a casa, solté todos los bártulos y me tiré en el sofá. El móvil comenzó a sonar. Tuve miedo de descolgar, porque si abría la boca, terminaría llorando como una idiota. Era María.

–          Niña, pásate por mi casa esta tarde, que quiero enseñarte una cosa chulísima.

–          No tengo ganas.

–          Tienes que venir. Y como no estés aquí a las cinco en punto, te vas a enterar.

Así es que me di otra ducha, esta vez para despejar mi mente. Me vestí con lo primero que pillé y me fui sin haber comido. Marta me esperaba en la puerta, sorprendida de mi presencia.

–          Uis, si pensé que no aparecerías. Siéntate, que tengo que bajar a comprar unas cosas.

–          Te acompaño.

–          No, no tardo nada. Me voy sin llaves, que no me entran más cosas en los bolsillos. Ábreme.

Mientras esperaba, me puse a ver la tele. Bueno, fue más bien mirarla, porque no me enteré ni de qué programa estaban poniendo. En menos de diez minutos, María estaba llamando al telefonillo. Abrí, dejé la puerta de arriba entreabierta y me volví a sentar. Mis piernas no estaban cómo para aguantar demasiado tiempo de pie. Mi móvil recibió un mensaje: “Mira en el primer cajón del armario grande del salón”. No entendía por qué María quería que buscase algo en su casa. Aun así, hice caso a su petición, y saqué un sobre que llevaba mi nombre y ponía que leyera en voz alta.

Oí pasos tras de mí. Me giré para preguntarle a María por esa carta, pero no fue a ella a quién encontré, sino a Nuria, que se quedó con la misma cara de sorpresa que yo.

–          ¿Qué haces aquí?

–          María me ha dicho que viniera. Ha bajado a comprar unas cosas. Pensé que eras ella cuando abrí.

–          ¡Qué hija de puta!

El teléfono cortó nuestra sarta de insultos hacia la dueña de la casa. Era ella. “Pon el manos libres”, me advirtió.

–          Hola ángeles, jajaja, siempre quise decir eso. Supongo que Gema ya tiene el sobre que le pedí que sacara en sus manos, quiero que lo lea en voz alta, y nadie se mueve de ahí hasta que yo vuelva. He cerrado por fuera, así es que os jodéis.

–          María…

–          No, no. No voy a escuchar nada. Nos vemos luego. Tenéis refrescos y comida en la nevera, es vuestra casa. Un beso para ambas.

Y colgó. Nuria y yo nos miramos desconcertadas. No sabíamos muy bien qué hacer ni a qué venía aquel secuestro orquestado por la maquiavélica mente de María. Levanté el sobre, lo abrí, me senté y comencé a leerlo en voz alta.

“Hola par de gilipollas.

Me habéis obligado a recurrir a esto, así es que no me valen las quejas. No intentéis llamarme para que os rescate, porque tendré el móvil apagado y estaré fuera de Madrid hasta mañana. Si se os ocurre llamar a un cerrajero, quiero que sepáis que el precio del servicio de urgencia un sábado os saldrá por un buen pico, y mejor que os gastéis vuestro dinero en una cena romántica. Bueno, a lo que vamos.

Gema, nos conocemos desde hace muchísimos años. Es verdad que hasta hace bien poco éramos solo dos extrañas, pero en este tiempo te has convertido en una parte muy importante de mi vida. Te quiero y te aprecio tanto que no voy a permitir que la cagues más. Yo misma perdí la oportunidad de decirte lo que sentía por miedo a tu reacción. Incluso me enrollé con Marta para ver si te podía dar celos, bueno, y porque estaba muy buena, todo hay que decirlo. Sé que has sido muy valiente yendo a casa de Nuria, diciéndole lo que sentías y perdonando cualquiera de sus cagadas. Pero, si en vez de usar solo palabrería, te hubieras lanzado sobre ella, no se hubiera podido resistir, te lo aseguro.

Nuria, eres imbécil. Sé que lo pasaste fatal con tu ex, que intentaste quitártela de la cabeza con decenas de mujeres entre tus piernas, pero ambas sabemos que no lo conseguiste. Solo el tiempo curó tu herida, pero aún sigues cojeando por un dolor que ya no existe. Recuerdo la primera vez que me mencionaste a Gema. Me dijiste que habías salvado la integridad de una chica algo borracha y que habíais terminado tomando unas cañas juntas. Que la invitaste a tu casa, con un propósito sexual, pero que cuánto más hablabas con ella, más te gustaba y más miedo te daba llegar a tocarla. Sé que le has dicho un par de veces lo que sentías y que ninguna ha salido como tú esperabas. Te has rendido al miedo, y no puedo permitir que mi mejor amiga deje de sentir cuando tiene la posibilidad de compartir su vida con una persona maravillosa. No puedes adelantar el futuro, puede que lo vuestro dure dos días, dos años o toda la vida, pero si no arriesgas, no ganas, y yo ya estoy cansada de verte mosconear por ahí con chica monísimas pero proporcionalmente estúpidas.

Así es que os pido a las dos que hagáis un esfuerzo. Dejad las medias tintas para el resto del mundo y no os dejéis arrastrar por temores infundados. Sé que os cuidaréis la una a la otra y que seréis una pareja maravillosa y que me daréis mucha envidia, pero, como vuestra amiga, he tenido que forzar esta situación. Las tensiones sexuales se ven mejor en las series, vivirlas es doloroso e improductivo.

Preparad algo rico para cenar. Hay velas en el baúl de la entrada. Podéis usar mi cama, las sábanas están limpias, y me las cambiáis cuando terminéis de hacer guarradas. Tengo alguna peli por ahí, buscad donde queráis, pero no toquéis mis vibradores o tendréis que comprarme otros.

Venga, Gema, acércate, acaricia su mejilla, ella girará la cabeza y no podrá resistir las ganas de besarte.

Pasadlo bien. Un besito. Os quiero.”

–          Vale, ahora me siento muy incómoda –dije quitando hierro al asunto.

–          Y tanto. Voy a comprobar la puerta. No nos puede obligar a quedarnos. Cuando la pille, la mato.

Como nos había advertido María, había cerrado por fuera y por más que rebuscamos por toda la casa, no había otro juego de llaves. La frustración colmaba el ambiente y desde luego, no propiciaba ningún intento de acercamiento por alguna de las partes. Se me ocurrió llamar a Marta, con la esperanza de que ella tuviera alguna idea de cómo escapar de nuestro encierro. Me saltó el buzón de voz: “Hola, soy Marta, deja tu mensaje después de la señal, salvo que seas Gema, que en vez de llamarme deberías estar manteniendo relaciones sexuales”. El pitido final me trajo de nuevo la angustia. Aquello era un complot, y nosotras solo unos conejillos de indias asustados. Decidí que a falta de soluciones, lo mejor era sentarse y esperar a que el tiempo pasase.

Nuria andaba de un lado a otro, intentando encontrar la llave de nuestra salvación. Estaba frustrada y me creaba a mí más insatisfacción, pues prefería inmiscuirse en la intimidad de María, que sentarse a mi lado.

–          Para ya. Marta también sabía esto, así es que dudo mucho que encuentres un modo de librarnos de esta. No tenemos por qué hablar. Mañana volverá, y todo habrá acabado.

–          ¡Joder!, no es justo. Tengo cosas que hacer. Tengo planes.

–          Pues llama y cancélalos.

Nuria resopló, sacó su teléfono y le dio una excusa absurda a una tal Noemí. Supuse que era la misma chica por la que me había plantado tiempo atrás. No lo entendía, decía quererme, pero había concertado un encuentro con otra.

–          Me las va a pagar.

Ni me molesté en contestar. Cambié de canal y empecé a ver una película sobre el rapto de un niño por extraterrestres y cómo sus padres terminan haciéndose agentes secretos del KGB para poder rescatarlo. Vamos, seguro que había recibido veinte nominaciones a los Óscar. Nuria parecía cada vez más furiosa, y se cabreaba aún más cuando se percataba de mi tranquilidad.

–          ¿Es que no piensas hacer nada para salir de aquí?

–          No voy a echar la puerta abajo. Llama a un cerrajero, salta por la terraza, haz lo que te dé la gana, pero a mí déjame al margen.

–          No te entiendo.

–          La que no te entiende soy yo. ¿Tan repulsiva soy como para no pasar una tarde conmigo viendo la tele? Sigue haciendo lo que creas conveniente, pero yo no me voy a sofocar. Haré aquí lo mismo que pensaba hacer en mi casa, tumbarme y dejar de pensar en la gilipollas de la que me he enamorado.

–          No soy gilipollas.

–          No, es verdad, debería haberte definido como una cobarde integral, pero gilipollas tiene más contundencia. ¿Has visto algún folio por ahí? Tengo algunas cosas que apuntar.

–          En la estantería –contestó sin mirarme.

El lunes, los de primero, tenían examen de diferenciales. Entre el viaje y ese inesperado secuestro, no había tenido tiempo de prepararlo, por lo que cogí algunas hojas y empecé a redactar unos ejercicios. Por suerte, María había dejado su portátil, lo que me facilitaría el trabajo, no es que me guste mucho la calculadora científica de Windows, pero a falta de pan…

–          ¿Te vas a poner a hacer dibujitos?

–          No son dibujitos, es mi trabajo. Nuria, déjame tranquila, por favor.

–          ¿Cómo vas a estar tranquila en esta situación?

–          Pues porque no se puede hacer nada. Te va a dar un ataque y voy a tener que llamar a los bomberos para que vengan a buscarte. Ya me imagino los titulares: “Mujer es rescatada de la casa de una amiga porque no podía enfrentarse a lo que sentía”

–          No siento nada.

–          Estupendo, Nuria. No voy a discutir contigo si es lo que pretendes. No voy a darte la oportunidad de tener una excusa por la que odiarme. Si no me quieres, estupendo, y si sí me quieres, tú verás lo que haces. Yo ya me he cansado de jueguecitos, así es que te pido que me dejes trabajar tranquila.

No abrió la boca hasta que llegó la hora de cenar. Yo no tenía hambre, por lo que proseguí con mi tarea.

–          Voy a preparar algo para comer. ¿Qué te apetece?

–          Nada. Voy a terminar esto y me acuesto. ¿Te vas a quedar en el salón o prefieres la cama?

–          Ve tú a la habitación, yo no tengo sueño.

Terminé de redactar el examen, a la mañana siguiente, si las cosas seguían así, lo pasaría a ordenador y me lo mandaría por correo. Me fui a la cama, agotada de ver trajinar a Nuria de un lado a otro. Ya me había dormido, cuando un ruido me sobresaltó. Abrí los ojos, y una sombra en el umbral de la puerta me asustó. Corrí a encender la luz, sin saber muy dónde me encontraba. Por fin di con el interruptor. Un destello me cegó durante unos segundos, y luego pude contemplar a Nuria mirándome fijamente, como si de un psicópata se tratara.

–          ¿Quieres una cerveza?

–          ¿Qué haces? Estaba dormida.

–          Lo sé. Lo siento. ¿Pero quieres una cerveza?

–          No, lo que quiero es dormir.

–          Por favor, tómate una cerveza conmigo.

Me levanté usando la poca fuerza que mi cuerpo albergaba y me dirigí al salón. Nuria había dispuesto dos latas de cerveza y dos vasos. También había unas patatas fritas y unos cacahuetes.

–          Si me va a dejar encerrada por lo menos voy a hacer que mañana no tenga nada en la nevera.

–          ¿Para eso me has despertado?

–          No. Quiero que hablemos.

–          Has tenido toda la puta tarde para hacerlo y tenías que esperar a que yo me durmiera para tener ganas de cháchara.

–          No sé que me pasa, Gema. Cuando estoy a tu lado me vuelvo loca, hago estupideces. Yo no soy así. Esta mañana has venido a mi casa, me has dicho que me querías y, ¿sabes lo que he hecho yo nada más irte? Llamar a otra para echar un polvo esta noche. Para hacer con ella lo que ansío hacer contigo.

–          ¿Quieres echarme un polvo? –pregunté enfadada.

–          No. Quiero sentir tu cuerpo, quiero besarte cada día, quiero dejar de contenerme estas ganas de abrazarte. Nunca había querido a nadie así. La vez que quise que lo intentáramos, terminaste en la cama con otra. No quiero que me hagas daño, no quiero sufrir más, no quiero volver a tener celos de lo que estés haciendo, ni miedo a que no regreses. Pero me da igual estar contigo que no estarlo, porque sigo sintiéndome vulnerable ante ti, sigo dándole vueltas a dónde puedes estar o con quién, sigo deseando volver a verte. Ya sabes que lo pasé muy mal con mi ex, y eso no es excusa, pero a ella no la amaba como te amo a ti –yo escuchaba con atención todos sus alegatos-. Y ya no sé qué más puedo hacer para que te enfades conmigo, para que me odies, para que seas tú quién salga de mi vida, porque yo no quiero irme de tu lado, no puedo hacerlo. Te amo, Gema.

–          Hay una cosa que no entiendo.

–          ¿El qué? –preguntó desconsolada.

–          ¿Por qué no estás besándome en vez de soltándome todo este rollo?

Nuria sonrió, y yo respondí de la misma forma. Se sentó a mi lado, se acercó lentamente y me dio un corto beso. Yo me quedé un poco chafada, pues no comprendía por qué no alargaba más aquello que ambas estábamos deseando. Ella comenzó a llorar, yo le abracé, y se desplomó sobre mí.

–          Joder, te quiero tanto que no puedo guardármelo.

–          No lo hagas.

Y me volvió a besar, esta vez con más ímpetu, con más pasión, tanta, que consiguió que me cayera sobre el sofá. Se sentó sobre mí y continuó su andadura de besos por mi cuello, mi pecho. Mi cabeza acompañaba cada movimiento de sus labios cediendo hacia atrás. Me excitaba de una manera que no había sentido nunca, que no sabría cómo describir.

Poco a poco, la ropa nos fue abandonando, el sofá también, pues terminamos rodando por el suelo, desnudas, sintiéndonos completamente la una a la otra. Sus manos ardían, y mi cuerpo las acogía con ganas. Su piel era suave, tersa, aún mantenía algo del color ganado durante el verano. Yo quería más y no sabía muy bien qué, pues Nuria se estaba entregando a mí totalmente. Nuestros cabellos jugueteaban y nos hacían cosquillas, pero no nos importaba, solo vivíamos el momento, el disfrute de nuestro amor, de nuestra sexualidad.

La forma de su cuerpo era tan simétrica que no podría decir que no fuera producto de mi imaginación. Yo, una amante de las matemáticas, admiraba esa perfección que se encontraba entre mis brazos. Por su espalda, corría el sudor del esfuerzo, de la excitación, de la extenuación. Por mi pecho se movía el suyo, a un ritmo irrefrenable, incontenible, una fuerza que conseguía que mi piel se sensibilizara más con cada pasada de sus pezones. Era tan vivaz, tan real, tan mía, que no cabía en mí del entusiasmo. Solo pensaba en ella, por ella, para ella, como si mi cerebro hubiera perdido toda autonomía y se encontrara sumiso a los hipnóticos movimientos que las piernas de Nuria dibujaban sobre mí.

Pasaron horas, y seguíamos unidas, como si nos hubieran soldado con el más duro de los metales, como si fuésemos forjadas al mismo tiempo en un horno que nosotras mismas creábamos. Ardíamos de placer, de deseo, pero también de amor. Una combinación perfecta que solo había compartido en ese momento.

De vez en cuando, Nuria me sonreía, y yo, agotada de tanto gemido, intentaba corresponder su muestra de amor, pero me resultaba imposible controlar mis músculos, porque cada vez que ella se introducía en mí, cada vez me rozaba lo más mínimo, mi cuerpo se contraía para liberar un orgasmo en forma de grito.

Los rayos del sol nos sorprendieron abrazadas y aún en el suelo. La luz incidía sobre los brillantes muebles, proyectando un arco de colores sobre nuestras cabezas. De nuestras bocas, a parte de los besos, solo habían escapado las palabras “te amo”. Sin duda, fue una noche maravillosa.

Parecíamos dos adolescentes que están descubriendo el amor, el sexo. Nos mirábamos con cara de idiota. Entre el cansancio, el calor y el hambre, creo que estuvimos a punto de sufrir una lipotimia. Decidimos que era mejor preparar algo para desayunar.

–          Solo voy a dejar que te levantes si prometes no ponerte la ropa.

–          No creo que sea muy higiénico preparar café así.

–          Me da igual cómo sea. Quiero continuar abrazándote mientras estamos en la cocina –contestó Nuria.

–          Entonces será un placer dejar la ropa donde está.

María apareció sobre las doce de la mañana. Venía acompañada de Marta. Nos pillaron desnudas, en medio de otro arrebato de placer. Se ruborizaron, pero a nosotras nos dio igual. Continuamos con lo que, desde aquel momento, sería solo nuestro, de Nuria y mío, de nuestros cuerpos, nuestras bocas, nuestros pechos, nuestro silencio, nuestro y de nadie más, nuestro gran secreto: hacer el amor cada día.

 

FIN

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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19 Responses to Capítulo 50

  1. Muy lindo final 🙂
    Pese a que Nuria nunca fue mi personaje preferido, me gusta que la protagonista tenga su final feliz.
    ¿Pero hay más historias,no? Espero que sí, porque ya me hice adicta a leerte.
    Besos

    • remendona dice:

      Sí, estoy empezando otra, pero al menos tardaré una semana en empezar a publicar, quiero que sea algo especial (evitar a las locas, por ejemplo) y me está costando un poquito continuarla.
      Muchas gracias por leerme, por escribirme y siento que fuera Nuria, pero me avisaste cuando ya lo tenía escrito y cambiarlo todo era difícil. Quizá con este haga como con el anterior y coja a uno de los personajes y lo vuelva protagonista, pero eso más adelante.

  2. littleparrot dice:

    Un final perfecto.

    Ay… esos amores difíciles y tormentosos que buenas sesiones de cama dan. Por cierto, muy fan de María y su “hola ángeles”.

    • remendona dice:

      Me alegro de que te haya gustado el final, porque es lo que más trabajo me da, y más miedo al mismo tiempo.
      Lo de Hola Ángeles…reconozco que era fan de la serie setentera….

  3. Ken Krap dice:

    Ya te lo han dicho, pero vaya cierre tan estupendo has conseguido para este relato

  4. Lauriyah & Cynthia dice:

    Con todo el respeto del mundo te tengo que decir que sí, que el amor estará muy bien y tengo que confesarte que no he leído todos los caps. Sólo he leído la última parte del final cuando ellas “hacían eso”.

    Y no soy para nada partidaria de las lesbianas y no me ha gustado. Ellas supongo que se merecerán ser feliz pero con una polla ¿no? Las bolleras sólo pueden restregarse y meterse los dedillos, aparte de chupar, creo. Mira no lo sé porque a mí me gustan los tío y esto ES UNA MIERDA.

    Aún así está muy bien y podrías convertirlo a un chico y a una chica. ¡Sigue así!

    • sobre la historia... dice:

      Para leerlo tuvo q gustarte bastante lo q leiste eh eso si aver si seras una hetero curiosa…xD

      • remendona dice:

        Yo nunca he creído que existieran las heterocuriosas, la verdad, pero bueno, cada una que se defina como quiera, que para eso vivimos en un país “libre” (qué pena entrecomillar una palabra tan bonita como libertad)

  5. sobre la historia:) dice:

    Jajajaja muy cierto Remendona aveces se tiene q entrecomillar!! Nose…q sea muy hetero, hable de pollas y lo mierda” q es sin saberlo pero le gusta lo q lee es un poco contradictorio. En fin q disfrute de lo q lee q para eso lo escibes tb xD. Saludos!

  6. sobre la historia:) dice:

    Yo creo en las heterocuiosas…no dire mucho aunq si q algo de curiosidad tienen o serab bi? Buah ni idea!!

    • remendona dice:

      Yo solo sé que cuando tuve curiosidad ya no hubo retorno, y la verdad es que no conozco a nadie que se quedara sólo en la explotación de la curiosidad, pero eso no quiere decir que no existan.

  7. Yo tmpc vuelvo atras, si q conozco alguna q se ha quedado en ese punto..

  8. MAC dice:

    La tormenta perfecta y la calma final, me encantó.
    Les quedaron calentitos los panchos a Lauriyah y Cynthia,y bueh !!!

  9. Chanin dice:

    Haber descubierto tu blog me hace las horas del curro más entretenidas, entre sup y sup te leo. Si me gustó tu primer relato mas me gustó el segundo. Seguiré disfrutando de tus capítulo

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