Capítulo 49

Otra vez los celos entraban en juego, la misma serenata que había acompañado nuestra relación durante demasiado tiempo. En otro momento, hubiera salido de esa casa y no habría mirado atrás, pero, en mi cerebro, estaban clavadas las palabras de Marta: “eres gilipollas, cobarde, la quieres, gilipollas”. Se repetían una y otra vez, dejando de lado la pregunta que Nuria me había formulado.

–          ¿Eso es lo único que quieres saber? No, no estoy con Marta ni con nadie. Pero creo que hubiera sido más apropiado preguntarme qué hago aquí después de todo lo que ha pasado.

–          He supuesto que has venido a echarme una bronca monumental o a decirme que me ibas a suspender las prácticas.

–          ¿Eres idiota? Para eso hubiera esperado al lunes y no me habría empapado cruzando Madrid para venir a verte.

–          Entonces, ¿a qué has venido?

–          A intentar que nos sinceremos de una puñetera vez.

–          ¿Tienes frío?

–          No, ¿por qué? –no entendía a qué venía esa pregunta.

–          Estás tiritando –se acercó y tocó mi jersey-. Pero si está empapado. Anda, quítate toda la ropa, que te saco otra seca y una toalla.

Con el tiempo, resulta gracioso recordar cómo terminé desnuda antes de confesarle cuánto la amaba. A los pocos segundos apareció con un pijama de invierno. Me ayudó a quitarme la ropa y me puso “el traje de noche”. Me besó la frente y sentenció:

–          Tienes fiebre. Voy a prepararte un caldo y te metes en la cama.

–          ¿Un caldo? Pensaba que debías empezar por invitarme a una copa o al cine.

Se limitó a sonreír y yo tuve que engullir aquel mejunje con sabor a pollo deshidratado. Me arrastró hasta su cuarto, levantó el edredón y me metió dentro de la cama. Ella se sentó en el borde, mirándome como si estuviera a punto de morir.

–          Nuria, tenemos que hablar.

–          No creo que ahora estés en condiciones de ello. Duerme un rato. Prepararé algo de comer y te llamo cuando esté todo listo.

–          Gracias.

Se estaba portando muy bien conmigo, quizá demasiado, cosa que me hizo sospechar. Me quedé frita en pocos minutos, no dormí mucho, pero el sueño fue tan reparador que sentía que había estado días encamada. Nuria me despertó acariciándome el brazo, yo le mostré la mejor sonrisa que pude y me levanté.

Había preparado una ensalada de pasta fresca, tanta que no sabía si era para una semana entera.

–          Espero que te guste.

–          Está deliciosa. ¿Qué salsa lleva?

–          De yogur.

Comimos sin decir ni una sola palabra. Mi postre sería una naranja, por imposición de mi nueva enfermera. No me gusta la fruta, pero la Vitamina C debía hacer su trabajo de inmediato, porque notaba cómo mis anginas se iban agrandando en mi garganta.

–          ¿Podemos hablar ya? –pregunté desesperada.

–          Gema, si es por lo de anoche, no pasa nada, no tienes que disculparte.

–          ¿Sabías que había venido y no me abriste la puerta?

–          ¿Viniste a mi casa?

–          Sí. ¿A qué te refieres?

–          A que me giraste la cabeza en el bar, cuando me acercaba a saludarte.

–          ¿En qué bar?

–          A ver, anoche, sobre las dos y media tú estabas sentada en un bar. Debías llevar ahí un rato, porque pude contar cuatro botellines sobre la mesa. Me miraste durante un tiempo, supongo que intentando decidir si saludarme o ignorarme. Yo me levanté para decirte hola, pero justo cuando llegaba a tu altura, agachaste la cabeza. Por eso me fui. No quería que te sintieras incómoda.

–          ¿Eras tú? Lo siento. Había estado tomándome algo con Marta, ella me obligó a venir a verte, pero no estabas, así es que me metí en un garito y me sentí un poco acosada. Notaba que alguien me miraba, pero, por más que intentaba enfocar la cara de esa persona, no era capaz de distinguir ningún rasgo. Se acercó a mí, y pensé que sería otra con el rollo de: “mira qué buena estoy, vámonos a echar un polvo”; así es que, agaché la cabeza y seguí bebiendo. Quizá no debí ingerir tanto alcohol. Lo siento, de verdad no sabía que eras tú.

–          No pasa nada. Por eso me ha sorprendido tanto tu visita. ¿Para qué viniste anoche? ¿Para qué has venido hoy?

Se acercaba el momento de la verdad. No sabía si ser yo quién confesara primero sus sentimientos o esperar a que ella se decidiera a darme alguna pista sobre los suyos. No creí que fuera capaz de hilar ninguna frase con lógica, porque estaba histérica. Pero, quizá a causa de la fiebre, terminé haciendo lo que hice.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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3 Responses to Capítulo 49

  1. Ken Krap dice:

    Creo que la trama enfermera-paciente me ha sugerido una futura reconciliación y finales con perdices que intuyo no se va a cumplir ni de coña jajajajja

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