Capítulo 48

La resaca martilleaba con tal fuerza mi cabeza que creí que explotaría igual que una sandía al estrellarse contra el suelo. Las piernas me flojeaban, parecía un pato caminando. No sabía qué iba a decirle cuando nos encontráramos, ni cómo podía conseguir que el rencor que ambas sentíamos se diluyera con unas palabras.

Me paré frente a su edificio, intentando evaluar los posibles riesgos de mi presencia allí. No iban a salir bien las cosas, no podían salir bien, no estaban preparadas, yo no lo estaba. El portal estaba abierto, por lo que decidí subir directamente y no seguir empapándome bajo la lluvia mientras ella decidía si me dejaría pasar o no. Subí por las escaleras, intentando imaginar sus posibles reacciones. Llamé a la puerta. En pocos segundos, noté cómo entraba luz por la mirilla. Entreabrió la puerta.

–          ¿Qué haces aquí?

–          Tenemos que hablar.

–          Ahora no es un buen momento –contestó mientras oía una voz de mujer dentro de la casa que decía: ¿vienes ya?

–          Ya veo…

Suspiré, en parte aliviada por no tener que enfrentarme a esa situación, pero la otra mitad de mí, ardía de celos. Cuando me disponía a marcharme, otra mujer abrió de par en par la puerta. Era mayor que nosotras, y yo me sorprendí de los redefinidos gustos de Nuria.

–          ¿Quién es esta chica?

–          Es mi tutora de las prácticas –se apresuró a responder.

–          Pues debe ser muy buena para venir un sábado por la mañana. ¿Tenéis que hacer algo?

–          La memoria del viaje –cosa que no era cierta.

–          Pasa, mujer. Yo me voy en un ratito.

No me dio tiempo a reaccionar y me empujó dentro. El salón estaba lleno de álbumes y carpetas. Parecía como si un huracán hubiera arrasado la casa.

–          Le he traído a Nuria fotos de cuando era pequeña, y estábamos echándoles un ojo. Mira qué guapa sale mi niña en esta fotografía –dijo mientras me tendía una en la que aparecía desnuda en la bañera, con poco más de seis meses.

–          Sí, está guapísima.

–          Mamá, deja ya de hacer eso, que me avergüenzas.

Era su madre. Sonreí inconscientemente, me alegraba de que no hubiera sido un ligue o una amiga con la que pudiera tener algo. Debí haberlo supuesto, ¿quién más que una madre aburre a tus amigos enseñándoles su creación reproductiva?

Pasamos largo tiempo contemplando el crecimiento de Nuria a través de los años. Creo que es la única persona que en la adolescencia no parecía un horrible monstruo. Estaba preciosa en cada una de las fotografías. Era gracioso verla de esa guisa, disfrazada, en la playa, en la nieve. Siempre con una sonrisa y siempre con unos ojos que parecían sorprenderse en cada segundo.

–          Bueno, niñas. Tengo que irme ya. He quedado con las chicas a comer, y ya sabes cómo se ponen cuando llego tarde. Y luego tengo que ir al bingo, que un señor me ha invitado a acompañarlo. Creo que quiere que nos ennoviemos, pues va listo. Para lavar calzoncillos estoy yo –no callaba nunca-. Por cierto, Gema, cuídate esa cara. No quiero meterme dónde no me llaman, pero no deberías aguantar que nadie te tratase así. Mi ex marido era un cabrón, y yo ocultaba mis golpes, pero no sirve de nada. Déjalo, que le den por culo. Una chica tan guapa como tú seguro que encuentra un buen hombre que la trate como se merece. O puedes hacerte lesbiana, como Nuria. Seré vieja, pero muy moderna. Las lesbianas me caen muy bien. No conozco muchas y Nuria no me presenta a ninguna novia, pero bueno, allá ella, en pocos años dejará de ser atractiva y entonces a ver quién la quiere hecha una pasa.

–          ¡Mamá! –gritó Nuria-. Deja de avergonzarme. Anda, ve con tus amigas, que nosotras tenemos muchas cosas que hacer.

–          Vale, hija, disculpa. A veces es muy quisquillosa. No le gusta que diga que es homosexual ni que le pregunte por sus novietas. No entiendo por qué –hizo una pausa, me miró y dijo-. Abandónalo ya. Tienes un trabajo y tus hijos estarán mejor sin tener que ver todos los días a un sinvergüenza como ese.

–          No estoy casada ni tengo hijos. Ah, y también soy lesbiana. Lo de mi cara es una simple rotura de nariz, a veces soy un poco bruta, pero no es nada grave.

–          ¡Conozco a otra lesbiana! Fíjate, tú también me caes bien. Me alegro de que no sea un puto maltratador. Pero ten cuidado, muchacha. Bueno, que me estáis entreteniendo mucho.

Nos dio una cantidad de besos a ambas que ni un superordenador hubiera sido capaz de calcular el número exacto. Y se marchó lanzando besos al aire, esperando que nosotras los recogiéramos del suelo.

Volvimos dentro, y mis nervios regresaron. Nuria me invitó a sentarme en el sofá. Ambas permanecimos cabizbajas y en silencio durante bastante tiempo. La situación era muy incómoda y en mi cabeza solo oía a Marta diciéndome lo gilipollas que era. Intenté romper el hielo.

–          ¿Tenemos que hacer una memoria del viaje? A mí nadie me dijo nada.

–          No, pero no sabía qué decirle a mi madre.

–          Menos mal, porque eso me cabrearía un poco. Ya tuvimos suficiente con aguantar a aquellos niñatos. ¿Por qué no le dijiste que era tu amiga?

–          Ya has visto cómo le gusta el tema de las lesbianas. Hubiera pensado que teníamos algo y no se hubiera marchado nunca.

–          Me ha encantado ver tus fotos.

–          Pues a mí no me ha hecho ni puñetera gracia.

El silencio volvió. Yo me entretuve moviendo los dedos, como si estuviera tejiendo algún jersey. Nuria solo miraba al suelo. A veces parecía que iba a decirme algo, pero notaba cómo reculaba en sus intentos por acercarse. Yo ya había ido allí, había hablado, por lo menos podría haber puesto un poquito de su parte. El teléfono me salvó de volver a tener pensamientos negativos hacia Nuria.

–          Hola, Marta.

–          ¿Dónde andas?

–          Estoy haciendo cosas.

–          ¿Cosas? –puso a funcionar su cerebro y dijo-. Ah, cosas como ir a ver a Nuria, ¿no?

–          Sí.

–          ¿Cómo va?

–          No sabría decirte. Mejor te llamo luego, ¿vale?

–          Vale, vale. No seas cobarde y coge al toro por los cuernos, o a Nuria por el culo.

Marta y sus frases hechas… Nuria seguía contando las vetas de la madera del suelo. Mi corazón se salía del pecho. Pero, por fin habló.

–          ¿Estáis juntas?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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