Capítulo 47

Llegamos a Madrid a las once de la noche. No pude irme del aeropuerto hasta que los padres de los alumnos habían recogido a todos sus hijos. Nuria se quedó a mi lado, haciendo la labor de monitora. Marta estaba fuera. En cuanto me vio, se llevó las manos a la cabeza y corrió alarmada a donde nos encontrábamos Nuria y yo.

–          ¿Qué te ha pasado? ¿Tan brutas son las italianas en la cama?

–          He sido yo –confesó Nuria.

–          ¿Tú? –preguntó mirándome con cara de circunstancia.

–          Fue un accidente. ¿Nos vamos ya?

–          ¿Te acerco a casa, Nuria?

–          No, mejor cojo un taxi –dijo agachando la cabeza-. No vemos.

Una vez montadas en el coche, llegó la batería de preguntas de mi amiga.

–          ¿Por qué te ha pegado? ¿Vas a denunciarla? No seas idiota y no sigas con una persona así. Estoy flipando. No me esperaba eso de Nuria, nunca vi una actitud agresiva en ella.

–          No te montes películas. Fue un accidente. Habíamos discutido, ella lloraba, yo fui a abrazarla, ella se giró y me dio en la nariz.

–          ¿Por fin estáis juntas?

–          No, ni lo vamos a estar. No quiero hablar más del tema.

–          ¿Nos tomamos una copa y te vienes a mi casa a dormir? No puedo dejar pasar la oportunidad de que me narres vuestra truculenta historia.

Yo acepté a regañadientes, aunque en el fondo sentía la necesidad de recuperar el tiempo que habíamos perdido. Fuimos a un bar y luego directas a su casa. Me preparó algo de cena y me sirvió otra cerveza. A mí me tocó contarle todo lo acontecido, era lo menos que podía hacer después de lo bien que se había portado conmigo esa noche.

–          Menudo par de gilipollas.

–          ¿Por qué?

–          Ella por ir de chulita cuando se le notaba desde hacía siglos lo que sentía por ti. Y tú por cabezona, porque ella intentó solucionar las cosas y tú te obcecaste  porque estabas encabronada.

–          No es verdad.

–          Sí lo es. Tú la quieres, ella te quiere. ¿Cuál es el puto problema? Vosotras, que sois dos inútiles con respecto a los sentimientos. Mucha lógica, mucho raciocinio, pero, a la hora de la verdad te puede tu cabezonería.

–          No estoy de acuerdo, Marta. Además, tú eres mi amiga, deberías apoyarme.

–          Porque soy tu amiga te digo que dejes de hacer el gilipollas, vayas a su casa y eches el mejor polvo de tu vida.

–          Es muy tarde, no puedo hacer eso.

–          Deja de poner excusas para todo. Simplemente, hazlo. Déjate llevar por una puta vez en la vida.

–          ¿Qué tal van tus miedos? ¿Has conseguido acostarte con alguien?

–          Con muchas, gracias a ti. Y ninguna se ha dado cuenta de la cicatriz. He vuelto a ser yo. ¿Ves? Yo me enfrenté a mis miedos y gané la batalla, tú me lo aconsejaste. Así es que deja de hacer el gilipollas y vete.

No tenía otra opción. Preferí ir caminando, y eso que mis piernas parecían estar compuestas por una mezcla gelatinosa, que las hacía tambalearse. Tardé más de una hora en llegar, no por la distancia, sino porque terminé perdiéndome de dar tantas vueltas a mi cabeza.

Llamé al timbre. Nadie contestó. Insistí. Nada. Volví a hacerlo. No hubo respuesta. Era la una y media de la mañana, o había salido o estaba durmiendo. ¿Qué debía hacer? Podía llamarla por teléfono, pero no me parecía la forma más adecuada de enfrentarme a ello; podía esperar en el portal, pero terminaría muerta de frío. Lo mejor era irme a casa. Por el camino, llamé a Marta.

–          No estaba.

–          Pues lo intentas mañana, y si tampoco está, vuelves al día siguiente, y así hasta que consigas tu propósito.

Decidí que no quería pasar la noche sola y me fui a Chueca. Me tomaría unas cervezas, charlaría y al menos, durante un rato, estaría entretenida. Me metí en el primer bar que encontré, me senté en una mesa que estaba vacía y fui bajando el nivel de líquido de la botella.

–          Hola, guapa. ¿Quieres compañía?

–          No –contesté sin alzar la cabeza.

La mujer se fue refunfuñando, pero a mí me daba igual, estaba cansada, borracha y, al parecer, gilipollas. Se me acercó alguna más, pero, en realidad no tenía ganas de hablar. Me sentía observada, qué sensación más espantosa. Tuve que levantar la vista para comprobar si esa impresión era solo producto de mi imaginación.

Miré a un lado y a otro. Las caras estaban borrosas debido a la cerveza, pero pude distinguir unos ojos que se clavaban fijamente en los míos. Por más que yo intentaba descifrar el algoritmo en el que se había convertido su rostro, no era capaz de encontrar una secuencia lógica. El “borrón” se levantó, y, lentamente, se fue aproximando a mí. Aún no era capaz de apreciar los detalles de su cara. Volví a bajar la mirada, no tenía ganas de que pensara que estaba intentando ligar con ella.

Pareció darle igual, porque no detuvo su paso. Terminó pasando de largo. Sentí el aire que desplazó cuando cruzó tras de mí. Respiré aliviada, al menos una mujer había entendido mi lenguaje no hablado.

Volví a casa y dormí durante más horas de las que estoy dispuesta a reconocer. Me levanté, me duché, desayuné un café (no tenía nada más en la nevera), me armé de valor y volví a casa de Nuria.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Capítulo 47

  1. Ken Krap dice:

    Me gusta la parte de “Terminó pasando de largo. Sentí el aire que desplazó cuando cruzó tras de mí. Respiré aliviada, al menos una mujer había entendido mi lenguaje no hablado”. No sé si me equivoco pero el personaje está tan jodido que incluso siente la necesidad de defenderse -con gestos- en situaciones tan cotidianas como la discoteca. La siento como un animal herido que es incapaz de salir de la espiral de malos sentimientos. Continuemos!

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