Capítulo 44

No comprendía cómo la mujer elegante, dulce, comprensiva y amable de la que me había enamorado se había transformado en una arpía de garras afiladas, una valquiria sedienta de sexo. No era capaz de entender qué había visto en ella. ¿Tan fácil era engañarme? Se había hecho pasar por otra persona, y en ese momento me mostraba su verdadera cara, la del egoísmo personificado.

El sonido del móvil me hizo aparcar mis pensamientos. Era un Whatsapp de María: “¿Qué le has hecho ahora a Nuria?”. Esa nueva forma de comunicación me sacaba un poco de quicio. Mi teléfono de última generación escribía siempre lo que le daba la gana, y eso solo conseguía que me sintiera idiota. Decidí que era mejor contestar su mensaje que pasarme la tarde escuchando el dichoso pitidito.

–          No sé qué te ha dicho, pero es ella la que se ha pasado.

–          ¿Qué sucedió?

–          Me dijo que me quería solo para no quedarse sola.

–          No creo que Nuria haga eso.

–          Pues así ha sido.

–          ¿La has dejado sola por Roma?

–          No creo que siga sola. Tenía muchas candidatas –odiaba tener que releer todo lo que escribía.

–          Sois dos pavas.

Antes de poder demostrarle a María que se equivocaba, la puerta me hizo darme cuenta de mi error, Nuria había vuelto tan solo media hora después que yo, por lo que no se había acostado con ninguna, como yo había supuesto.

–          Gracias por dejarme sola. ¿Querías que me enfadara contigo? Pues ya lo tienes –estaba realmente cabreada-. No te preocupes, no volveré a decirte lo que siento por ti, ni a acercarme, ni a mirarte, ni a nada. Es más, prefiero tener que repetir mis prácticas con tal de no verte ni un segundo más.

–          Tampoco es para tanto. Ya eres lo suficientemente mayorcita para apañártelas sola –el móvil volvió a sonar: “ve a buscarla y arreglad las cosas, que parecéis gilipollas”; tuve que mandar una respuesta rápida: “está aquí”.

–          Y encima te pones a escribirte mensajitos. Cojonudo, de verdad –sacó el ordenador y empezó a trastear mientras un silencio muy incómodo se adueñaba de la estancia.

–          ¿Qué haces? Deja eso y hablemos, porque no parece que tengas muy claras las cosas.

–          Estoy mirando vuelos. No quiero estar más tiempo aquí. Si hace falta, pagaré un monitor, lo que sea, pero no quiero volver a verte en la vida.

–          ¿Me estás diciendo que vas a tirar por tierra todo lo que has hecho a un mes de que te dé la evaluación? ¿Eres gilipollas? No va a querer nadie ser tu tutor si haces eso. No podrás dar clases en la vida. ¿Es lo que quieres? Porque como te vayas, vas a joder todo tu futuro por una pataleta de niña pequeña.

Yo tampoco quería pasar más tiempo junto a ella, pero no entendía su comportamiento, para mí, mi carrera siempre había sido lo más importante. Quizá Nuria no estaba preparada para la vida laboral, quizá le faltaba madurez.

Nuria no era capaz de mirarme, pero veía cómo las lágrimas de sus ojos caían sobre el teclado. Odio ver a alguien llorando, y como en el resto de ocasiones, mi respuesta fue darle un abrazo, que ella rehusó de forma tan violenta que golpeó mi nariz y me hizo sangrar. Fui corriendo al baño, intentando sin éxito parar la hemorragia. Debía ir al hospital. Cogí la cartilla europea, el abrigo, el bolso y salí de la habitación. Una vez en la calle, paré un taxi y no tuve ni que decir a dónde debía dirigirse, porque en cuanto vio gotear el pañuelo, arrancó y en menos de cinco minutos estábamos frente al hospital Policlínico Umberto I.

Pasó un buen rato hasta que decidieron si podían atenderme o no. Además de la tarjeta sanitaria europea, el instituto había contratado un seguro de accidentes, por lo que se veían obligados a curarme.

Salí de allí un par de hora más tarde. Me habían drenado la sangre coagulada, hecho radiografías, me habían puesto una férula en la nariz y un collarín, porque el golpe me había producido un esguince cervical. Vamos, que salí hecha un cromo, a lo que hay que añadir el amoratamiento que tenía en los ojos.

Regresé al hotel caminando, en taxi tardaría mucho más. En la habitación no había nadie, parecía que Nuria había tomado una decisión. Sentí pena, pero al mismo tiempo rabia, porque no había sido capaz de acercarse a mí cuando fui al baño para saber qué me pasaba. Quizá la delicada mujer que yo tenía en mente era en realidad un animal.

A las once en punto, hice recuento de alumnos. Todos debían estar a esa hora en el salón. Me faltaban cuatro. Nadie sabía dónde podrían haberse metido, pero creo que les preocupaba más la inflamación de mi cara. Esperé quince minutos por ellos, y los llamé.

–          Alfonso, ¿dónde coño estáis?

–          Estamos con Nuria, nos ha dicho que si nos acompañaba no había problema en que nos quedáramos un rato más.

–          ¿Con Nuria? Pásamela.

–          ¿Qué pasa?

–          Volved aquí de inmediato. Luego hablamos –y colgué.

Esta tía se había propuesto amargarme los cuatro días que me quedaban en la ciudad que más asco me producía. Media hora después, se presentaron muy risueños en el salón. La cara de los cinco cambió al verme de esa guisa.

–          Vosotros cuatro, a la habitación ahora mismo.

Encima no podía regañarlos, tenían la autorización expresa de una de las profesoras, pero Nuria se iba a enterar.

–          Vamos a la habitación.

–          No quiero.

–          ¿Quieres que discutamos aquí?

–          No pienso discutir contigo.

–          Eres una irresponsable.

–          Has sido tú quién me ha dicho que no abandonara a falta de un mes.

–          Sí, y también soy yo quién evaluará tu comportamiento. Haz lo que te dé la gana, pero no metas a los chicos en medio. Si tienes un problema conmigo, te jodes, pero a mí no vuelvas a preocuparme de esta forma. No has tenido la decencia ni de avisarme.

–          Te fuiste por ahí, y veo que no con muy buen resultado.

–          Me fui al hospital.

–          Ya, y eso te lo hiciste por el camino.

–          ¿Eres gilipollas? Esto me lo hiciste tú del codazo que me diste.

–          No es verdad –dijo con asombro.

–          Sí lo es. No vuelvas a acercarte a mí en tu puñetera vida. Estos días que quedan, sal, entra, haz lo que te dé la gana, pero tú sola, no quiero a los niños en todo esto.

–          Gema…

No dejé que dijera ni una sola palabra más. Me tomé los medicamentos que me habían recetado y me fui a la cama. Oí cómo entraba, cómo se acostaba y lo poco que yo le importaba.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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6 Responses to Capítulo 44

  1. Ken Krap dice:

    El desenmascaramiento de la gente que queremos en monstruos es de los momentos más horrorosos que nos toca vivir, sin duda. Pero nos hace más fuertes, o eso dicen…

    • remendona dice:

      A veces hay que entender las circunstancias y no basarnos en un hecho concreto. Todos tenemos días malos en los que nos volvemos monstruos. Soy de las que creen en las segundas oportunidades (no en las terceras).

  2. Independientemente de este suceso cargado de mala suerte, no puedo con Nuria…su personaje me resulta insoportable desde el comienzo.
    Desconozco que es lo que le gusta a Gema de ella (a quien tampoco disculpo, porque es otra inmadura de la vida), pero no hay caso. Podrá quedarse con ella, pero es francamente insoportable.

    Saludos!

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