Capítulo 43

La mañana siguiente me desperté más temprano de lo que hubiera deseado. Fui al comedor, allí solo los estudiantes más sensatos desayunaban mientras miraban mapas y planos. Tomé un café y unas tostadas, para regresar a la habitación y darme una ducha. Nuria parecía seguir durmiendo, por lo que, a tientas, cogí algo de ropa y me metí en el baño y dejé que la asquerosa agua corriera por mi piel, rezando porque no viniera acompañado de alguna cucaracha. Si tenía tiempo, me iría a un balneario para limpiarme bien, porque las duchas solo servían para sentir más sucia y putrefacta.

La cortina se descorrió dándome un susto mortal. Al otro lado, la cara somnolienta de Nuria se quedó petrificada. No se movía, no volvía a dejar el mugriento trozo de plástico en su sitio, se limitaba a mirarme. Yo me sentía muy incómoda, no me gustaba ser espiada y dudaba mucho que se tratara de un descuido, porque la luz estaba encendida, el agua corriendo y la sonoridad del baño era inmejorable.

–          ¿Te importa? –dije molesta.

–          ¿El qué? –contestó como si estuviera atontada.

–          Cerrar la cortina. Estoy salpicándolo todo.

–          Eh… –no dijo más.

Pasé de seguir hablando con una sonámbula y cerré de muy mala gana la cortina. Con el asco que me daba tocarla, y tenía que volver a hacerlo. Me volví a lavar las manos, si hubiera tenido lejía, la hubiera usado. Me sequé, me vestí y salí. Nuria ya no estaba en la habitación.

Salí del cuarto y decidí que era mejor pasar por el salón para despedir a los chavales antes de embarcarme en mi cita con Trevi.

–          Tened cuidado, por favor. Ante la menor incidencia, me llamáis.

–          Ni que fuéramos bebés.

–          A veces lo parecéis.

Me dirigí a la puerta de salida y allí estaba Nuria, esperándome. Parecía recién duchada, cosa que creí imposible.

–          ¿Puedo ir contigo?

–          Si quieres… ¿Dónde te has duchado?

–          Hay un baño comunitario en el pasillo.

–          ¡Qué asco!

–          No te creas, está más limpio que el de la habitación.

–          ¿Dónde quieres ir?

–          Donde vayas tú.

Y así comenzó mi día con un perrito faldero a cuesta. No me dirigía mucho la palabra y creo que se aburría demasiado, pero tampoco se quejaba. Yo estaba enfadada con ella por todos esos cambios de humor que tenía, primero no te hablo, luego somos superamigas, después soy muy seca, luego me quedo a contemplarte desnuda en la ducha. No sabía si yo había perdido la coherencia o era ella que estaba demasiado pirada.

–          ¿Te importa si vamos por el Coliseo?

–          Como quieras –contesté.

Callejeamos durante un largo rato, no soy muy buena leyendo mapas, pero al fin conseguimos llegar al Coliseo.

–          ¿Quieres entrar otra vez?

–          No, quiero ir a la una calle que se llama –sacó el móvil- San Giovanni in Laterano.

–          A ver que mire el mapa. Eso está en la trasera del Coliseo, por allí.

Anduvimos un par de minutos. La gente iba desapareciendo según nos alejábamos de la entrada. Cruzamos un paso de peatones, que estaba sobre una especie de puente que protegía unas ruinas. Miré a mi derecha y me di de bruces con una bandera arco iris. Al final me había hecho ir hasta allí.

–          ¿Es ahí? –pregunté enfadada.

–          Sí.

–          ¿Y si nos ven los alumnos?

–          Aquí no van a venir. Además, podemos entrar dentro. Es la hora de comer y aquí tienen muchas cosas.

–          ¿De dónde has sacado este sitio?

–          Me lo mandó por mensaje una amiga. Me dijo que está abierto de día y de noche. Venga, me muero de hambre.

Y allí estaba yo, rodeada de gays y lesbianas de todo el mundo, con la persona a la que más había querido en mi vida y viendo cómo se le iban los ojos detrás de todos los culos femeninos que se nos cruzaban. Por supuesto, esperaba tener que volverme sola al hotel, Nuria es preciosa y ninguna lesbiana que se precie debería dejar pasar la oportunidad de intentar conquistarla.

El menú era estupendo y la presentación extraordinaria. La verdad es que me alegraba de encontrarme en un ambiente tan relajado. Quizá el mundo homosexual sea algo elitista, pero comenzaba a echar en falta los cócteles que servían en Chueca. Creí que iba a explotar cuando apareció el postre, por supuesto, un tiramisú. Hacía años que mi paladar no se deleitaba con un dulce tan sabroso.

–          Parece que te ha gustado la comida.

–          Sí, estaba muy bien. ¿Qué vas a hacer ahora?

–          Nos quedamos.

–          Yo no voy a quedarme.

–          Sí, por favor, no me dejes sola. Te invito a un cócktel.

–          Solo si hay daikiri de fresa.

Había…, y yo tenía que cumplir mi promesa. Me dediqué a mirar las paredes, las botellas, la gente que pasaba por la calle. Nuria no hablaba, al menos a mí, porque a las chicas guapas que se le acercaban les sonreía e intentaba iniciar una conversación con ellas, aunque todas terminaron en un desastre, porque las italianas no es que se caractericen por su dulzura.

–          Gema. ¿Aún estás enamorada de mí?

–          ¡Qué más da eso! –no estaba dispuesta a entrar en un juego que consistía en engrandecer su ego.

–          No dejo de ver chicas preciosas, de acostarme con mujeres por las que matarían.

–          Gracias por la información, pero creo que no es nada apropiado que le cuentes a tu tutora lo que haces en tu tiempo libre.

–          ¿Mi tutora? Pensaba que éramos amigas.

–          ¿Cuándo has pensado eso? ¿Entre el te odio y el no te hablo?

–          No te odio. Solo quería contártelo.

–          Pues ya lo has hecho. Enhorabuena por tu vida sexual –sentí ganas de asesinar.

–          No son como tú. Ninguna es como tú. No sales de mi cabeza. Esta mañana, cuando estabas en la ducha, no he podido resistir la tentación de verte desnuda. Eres preciosa, perfecta.

–          No sé a qué coño viene esto, pero no me hace ni puñetera gracia que me miren cuando estoy desnuda. ¿Quién te crees que eres para hacer eso?

–          Yo sí sigo enamorada de ti.

–          Se acabó la conversación.

Me marché. No creí ni una sola de sus palabras. Nuria se sentía sola y pretendía usarme de pañuelo de sexo durante su estancia en Roma, o al menos hasta encontrar otra por la que sustituirme.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to Capítulo 43

  1. Ken Krap dice:

    Veo que el relato continúa siendo tan intenso como cuando me fui de puente, cosa que me alegra y me reconforta XD

  2. Ken Krap dice:

    Pues no ha estado mal, ya sabes; mucha disco de pueblo, mucho comer y largos paseos campestres, no me quejo. ¿Tú te has quedado por Madrid? Me encanta cuando la ciudad se queda como desértica

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