Capítulo 41

Las vacaciones pasaron sin más sobresaltos que algún intento ridículo de mi hermana por atraer a María hasta su cama. Por supuesto, esta no se dejó embaucar por las pretensiones de una chica con tantos pájaros en la cabeza.

–          He renunciado a un polvazo con tu hermana, me debes una.

–          Oye, que si querías acostarte con ella, podías haberlo hecho.

–          Sí, claro, y conformarme con el segundo plato de los Pérez Sierra, ni hablar. Yo siempre apuesto por el caballo ganador.

–          Jajaja, pues conmigo lo llevas claro. Estoy en sequía autoimpuesta, y no pienso salir de ella si no encuentro a la mujer perfecta, que me ame con locura y no me abandone jamás.

–          ¿Qué probabilidades hay de ello? ¿Cómo puedes saber si alguien te va a querer para siempre?

–          Ninguna, no lo sabré, por eso. Quiero seguir con mi celibato, desde que lo cumplo mi cerebro ha decidido crear nuevos enlaces interneuronales que aclaran mucho mis pensamientos.

–          Pues vas a perder una oportunidad única de echar un polvo con una mujer tan atractiva.

–          Vaya, espero no haber errado en mi decisión- contesté esperando que su proposición fuera una broma.

La vida volvió casi a la normalidad, las clases, mis citas con las chicas, mi vida serena. Todo parecía igual, salvo el espacio que nos habíamos dado Nuria y yo. Mariví estaba de baja por culpa de una caída mientras esquiaba, se había roto la tibia, la rótula, el cúbito y el radio. Nadie le quitaría seis meses de descanso. Por lo que me tenía que hacer cargo de las tutorías de Nuria. A ambas nos hizo la misma gracia tener que pasar más tiempo juntas.

–          Nunca he hecho una evaluación de este tipo. ¿Sabes dónde tiene la guía Mariví?

–          Está en su cajón –rebuscó y me tendió unos papeles-. Toma.

–          Gracias. Luego tengo un par de horas libres, le echaré un vistazo en ese tiempo y ya vemos cómo hacemos con las clases. ¿Te parece?

–          Vale. Gracias por intentar normalizar esta situación. Pedí al director que me pusiera con la sustituta, pero necesito una evaluación de alguien con experiencia y la plaza en propiedad.

–          No pasa nada, intentaré ser lo más profesional que pueda.

Nuria era la mujer maravillosa que me acompañaba en mis noches de soledad. Durante el día tenía que oler su perfume, sentir su pelo sobre mi rostro cuando se agachaba a mirar uno de mis apuntes. Me volvía loca, loca por ella, y no podía hacer nada para aliviar mis ansias.

–          Gema, sé que nuestra relación no es fácil, pero no quiero que esto pueda joder mi carrera.

–          ¿Piensas que te voy a suspender por no querer estar conmigo?

–          Tengo miedo, sí.

–          Veo que no me conoces demasiado. Te puntuaré según tu rendimiento, ni más ni menos. Y aunque nos acostáramos, haría exactamente lo mismo.

–          Gracias.

–          No tienes que dármelas, solo hago mi trabajo. Tú haz el tuyo y todo irá bien.

Mi comentario parecía haberle molestado, pero más me dolió que desconfiara de mí de esa forma. Pensaba que la gente me veía como una persona justa, estaba claro que Nuria no.

Los días a su lado comenzaban a ser un tormento, estábamos tan cerca, pero a la vez tan lejos, que me costaba aguantar las ganas de gritar. Para colmo, nos tocó por “votación” (estoy segura de que mi querido director metió mano en ello), acompañar a los de segundo a su viaje de fin de curso, que, en vez de realizarlo después de selectividad, se haría en febrero. El destino, Roma, ciudad que me daba demasiado asco. Lo normal hubiera sido que el profesor de arte fuera con ellos, pero no, la lógica de la dirección les había llevado a decidir que dos profesoras de matemáticas explicarían mucho mejor la historia.

–          ¿No puedo librarme de esta?

–          No lo sé. Habla con Luis y que te conteste él.

–          No quiero ir.

–          Yo no puedo hacer nada, Nuria. Intenta convencer al director, es lo único que te librará de soportar a ese montón de adolescentes con ganas de juerga y sexo.

–          Ya lo he intentado. Me ha dicho que no hay nadie más y me ha amenazado con meter mano en mi evaluación.

–          Es un gilipollas. ¿Por qué no quieres ir? ¿Por mí?

–          Sí –dijo con una sinceridad pasmosa.

–          Tranquila, no voy a intentar nada. Solo son diez días, después podrás volver a tu vida y yo a la mía.

–          Tenemos que compartir habitación.

–          Ya te he dicho que no haré nada.

–          Tampoco conozco Roma.

–          Yo sí, tranquila.

–          Me da miedo que a alguno de los chavales le pase algo.

–          Para eso estamos nosotras.

Aquella mujer tenía excusas para todo. ¿Qué quería que hiciera yo? Quizá tuviera menos ganas que ella de viajar, de compartir mi tiempo con Nuria y de estar con esa panda de cafres.

Ahora me tocaba desempolvar mis viejas guías de viaje. Una vez fui mochilera y recorrí Europa, y ahora tenía que volver a esa ciudad que olía a orina y estaba plagada de italianos babosos. Le pasé alguno de esos libros a Nuria, tenía que echarle un ojo a todo lo que veríamos antes de ir. Aunque el viaje estuviera organizado, a mí me gustaba llevar la lección bien aprendida.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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