Capítulo 40

Pasaron meses desde mi conversación con Nuria. Las Navidades facilitaron mi aislamiento del mundo. Odio esas fechas en las que te obligan a estar con tu familia, pero, en esa ocasión, fue mi refugio.

Mi hermana se pasó las vacaciones interrogándome, atiborrándome a preguntas sobre mi vida amorosa. No entendía esa obsesión por saber tanto de mis líos (la mejor definición de mi situación en ese momento), hasta que me confesó sus verdaderas inquietudes.

–          ¿Cómo sabes que eres lesbiana?

–          No sé, sabiéndolo. ¡Qué preguntas tienes!

–          ¿Crees que soy lesbiana?

–          No.

–          ¿Cómo estás tan segura?

–          Porque te gustan más los tíos que a un niño un dulce.

–          Me he enamorado de una mujer.

–          Ya… –mi  hermana siempre había querido ser diferente.

–          Que sí, Gema.

–          Te creo, Rocío –contesté con sarcasmo.

–          Es tu amiga. Me gusta y me quiero acostar con ella.

–          ¿Mi amiga? Te sienta fatal haberte venido al pueblo. Deja de decir tonterías. ¿Crees que ser lesbiana es la cosa más divertida del mundo? La gente no va por la calle y dice: “¡qué alegría me produce ver a dos mujeres enamoradas!”. No, más bien te gritan tortillera de mierda y se quedan tan anchos.

–          Si yo quiero ser lesbiana lo voy a ser, me da igual lo que opine el mundo.

–          Tú denomínate como quieras, pero déjame tranquila. No sé de dónde sacas tanta tontería.

–          Pensaba que tú me entenderías. Al menos ayúdame a conquistarla.

–          ¿A quién? Pufff, porque vi a mamá embarazada, sino pensaría que te encontraron en una alcantarilla.

–          ¡Qué graciosa! Quiero conquistar a María. Esa que salía en tu grupito y ahora sois amigas de la muerte.

–          ¡Tú no estás buena de la cabeza, muchacha! Deja a María o a cualquier mujer tranquila. Lo único que te pasa es que quieres probar y para eso no puedes usar a la gente. Como se te ocurra hacerle daño, te machaco los higadillos.

Mi hermana parecía enfadada, pero yo lo estaba más. Pensaba que ya había madurado, pero era evidente que no. No medía sus palabras, ni la consecuencia de sus actos. Era idiota.

Cuando les conté a mis padres que era lesbiana, ella aplaudió. Yo estaba sentada en una silla, ante mis progenitores, toda estirada, para no evidenciar demasiado mis descomposición de nervios. Rocío estaba tumbada en el sofá:

–          Mamá, papá, tengo que ser sincera con vosotros. Tengo veintidós años, un trabajo estable, estoy pagando mi propio piso, no necesito pediros dinero, pero sí una cosa –la cara de mi madre era indescriptible.

–          ¿Qué necesitas, hija? ¿No te habrás quedado embarazada?

–          Eso me encantaría. Teo, imagínate un bebecito corriendo por toda la casa. ¡Qué alegría hija! –mi padre nos miraba con inquietud.

–          No es eso, mamá.

–          Mejor, porque lo que me faltaba era tener a un mocoso al que cuidar. Si tienes un hijo y no puedes estar con él, contratas a una niñera, que yo me quiero jubilar tranquilo.

–          Que no es eso, joder.

–          Pues es una lástima. Sería tan guapo. ¿Te acuerdas las piernas tan rollizas que tenía Gema cuando nació? Pensábamos que sería muy gorda, pero mírala, parece un fideo. ¡Qué guapa eras de pequeña!

–          ¿Podemos dejar de hablar de niños? –pregunté cabreada.

–          Claro, hija, no te pongas así. Ya sabes cómo se pone tu padre si alguien quiere cambiarle sus planes de irnos a vivir al pueblo.

–          Yo también quiero ir al pueblo a vivir –comentó Rocío.

–          Tú a estudiar. Ahora, tu madre y yo, tenemos derecho a descansar de vosotras.

–          Teo, no seas así. Si han sido unas niñas encantadoras. Salvo cuando les daban los cólicos. ¿Te acuerdas lo malas que se ponían? Pobrecitas mías, ya pensábamos en poneros pañales hasta los diez años.

–          ¡Me queréis escuchar!

–          Si es que sigue siendo igual que entonces. Podrías tener un bebé. Yo a tu edad, ya te tenía a ti. Y estaba más contenta…

–          ¡SOY LESBIANA!

Parece que el mundo entero de enmudeció. Los vecinos de arriba dejaron de dar saltos, creo que Madrid entero permaneció unos segundos en silencio.

–          Tampoco es para tanto, hija. A mí también me gustan las serpientes. Las boanas, qué curioso apodo para los amantes de las boas.

–          Mamá, que no dice eso. Te está contando que prefiere acostarse con mujeres –ahí fue cuándo aplaudió-. ¡Bien por ti, hermana! Lucha contra el sistema –ella tenía dieciocho años, y sentía que podía comerse el mundo, creo que aún lo piensa.

–          No digas ordinarieces, Rocío. Teo, a ti se te cayó más fuerte de lo que me dijiste, ¿verdad?

–          ¿Es cierto lo que nos estás contando, hija? –preguntó mi padre con ese tono tan serio que solo saben poner ellos.

–          Sí, me gustan las mujeres.

–          ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho mal? Te compramos todas las muñecas que quisiste.

–          Mamá, una no es lesbiana por no tener muñecas. Soy lesbiana porque lo soy.

–          Gema, yo no entiendo mucho de estas moderneces. Antes, los maricones iban a la mili, se les zurraba y quedaban arreglados para siempre. No sé qué debo hacer contigo. Paqui, pide cita para el médico.

–          Papá, no estoy enferma, soy así. También soy morena, y por más que me tiña de rubio siempre seré morena. Os merecíais saberlo, pero ya no os debo ninguna explicación. Si preferís pensar en mí como en una enferma, adelante, pero no me pidáis que cambie, porque ya ha sido suficientemente duro para mí aceptarlo y contároslo a vosotros.

Mi padre se quedó mirándome, como si no creyera mis palabras. Mi madre lloraba. Rocío no dejaba de darme ánimos y decirles a mis padres que eran unos carcas, que el mundo es bisexual. Cuando estaba dispuesta a irme con la mayor decepción de mi vida, mi padre se puso en pie, se acercó a mí y me abrazó.

–          Eres mi hija, eso es lo único que me importa.

–          Pero Teo, que es de las boanas. Cuando se enteren en el pueblo…

–          Paqui, me da igual lo que los demás digan. Es mi hija y es perfecta, porque así la hicimos.

Cada vez que recuerdo ese día me entran ganas de llorar. Pensaba que mi padre arreglaría las cosas como en la mili, aunque nunca fue un hombre violento, pero me sorprendió su entereza y el apoyo que me brindó.

Por supuesto, advertí a María de las intenciones de mi hemanísima. A ella pareció divertirle: “si no tuve a una, ahora puedo tener a la otra”. Yo no sé si termino rodeada de locas o soy yo la que no está demasiado bien.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to Capítulo 40

  1. littleparrot dice:

    Las reacciones de los padres siempre son inquietantes tanto si son positivas como si son negativas. Te pueden salir con teorías de lo más extrañas, como lo de “¿Qué hemos hecho mal? Te compramos todas las muñecas que quisiste”. Real como la vida misma.

  2. littleparrot dice:

    Ya le puedes hacer un buen regalo en el Día de la Madre.

    La de la mía fue muy mala, luego paso a mala, después a “te ignoro hasta que vuelvas a ser heterosexual” y ahora estamos en la fase “me da igual a quien te folles pero quiero nietos, que lo sepas”.

    • remendona dice:

      Por supuesto, aunque no sé qué regalarle aún.
      Tu historia es una putada, y la más habitual. Supongo que pasará a otra fase en la que termine aceptando quién eres y que estás contenta con tu forma de vivir la vida.
      Yo me alegro de que mi madre no me pida nietos, porque no me gustan los niños. Supongo que le consolará algo que mi hermana esté deseando traer bichos al mundo.

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