Capítulo 39

Me sentía mal, sucia, como si me hubiera traicionado a mí misma un millón de veces. Yo, la mujer sensata, racional, me veía inmersa en un lío de proporciones épicas. Por un lado estaba Marta, mi amiga, mi compañera en la vida, la que me había cuidado y protegido durante décadas; por el otro Nuria, una mujer de la que me había enamorado en el mismo instante en que la vi por primera vez, tan guapa, tan elegante, tan radiante. Solo había dos opciones, decantarme por alguna de las chicas o negarme a estar con cualquiera de ellas.

–          ¿Te puedo hacer una pregunta y me serás sincera?

–          Claro.

–          Marta, ¿por qué te acuestas conmigo?

–          Porque me gusta.

–          No es ese el único motivo. ¿Por qué has dejado a todas tus musas por mí? No soy la mejor en la cama, ni siquiera soy la mujer más atractiva que ha pasado por tu vida. Dime por qué.

–          ¿Quieres la verdad?

–          Sí.

–          Está bien. Siempre me he sentido atraída por ti, lo sabes. Después de lo de mi pecho, no me atrevo a desnudarme delante de una chica, no me siento atractiva, es como si con aquella punción se hubieran llevado todo lo bueno que hay en mí. Tú eres la única persona en el mundo en la que confío, a ti te puedo enseñar mi teta sin miedo a que te asustes o te rías de mí. Sé que todo esto suena fatal, pero eres mi único apoyo y no quiero perderte.

–          Eres gilipollas. Te acuestas conmigo porque te avergüenza lo buena que estás…, tiene mucha lógica. Te hicieron una pequeña incisión en una mama, no es para tanto. ¿Sabes cuántas mujeres no han corrido la misma suerte que tú? Y te sientes fea por tener una pequeña cicatriz –Marta intentó interrumpirme, pero mi mirada de odio era apoteósica-. Te acuestas conmigo por pena, pero no de mí, sino de ti. Eres idiota. Estás jodiendo nuestra amistad por una absurda fobia. Sal esta noche, fóllate a alguna tía que esté bien –hice una pausa-. Vete de mi casa, no vuelvas en un par de semanas y entonces veré si quiero perdonarte.

¿Cómo podemos ser a veces tan sumamente estúpidas? ¿Nos instalan algún microchip en el momento de la concepción para que siempre creamos que somos los seres más abominables sobre la faz de la tierra?

Yo había perdido a la mujer a la que realmente quería por unos polvos irreales. Lo peor es que no podía culpar a Marta de aquello, la decisión la había tomado yo. Yo fui quién dejó de lado a Nuria por un par de polvos. Lo dicho, nos programan para ser idiotas.

Llamé a María según Marta desapareció de mi vista. Se había marchado enfadada, pero en el fondo sabía que yo tenía razón y que sus actos estaban quebrando una amistad que nos había costado años cultivar.

–          ¿Me odia mucho?

–          ¿Nuria? No creo que te odie. Ahora está pasando el duelo, pero en unos días se encontrará mejor.

–          ¿Sigue sin querer verme?

–          Sí. Entiéndelo, Gema, le has roto por dentro. Está recomponiéndose.

–          Quiero estar con ella.

–          No va a ser posible. No creo que vuelva a mirarte de la misma manera.

–          Lo tengo que intentar.

–          Déjalo estar, es lo mejor.

–          ¿Por qué? Sabes que sería una buena pareja.

–          Hace cinco años, Nuria se enamoró de una chica. Se suponía que esa muchacha le correspondía. Hicieron millones de planes. Si vieras la cara de alegría que tenía… Un día, salimos por ahí, y en vez de recorrer los bares de siempre, decidimos que era un buen día para ir al Long Play. Allí estaba su novia, con otra. Nuria se acercó para saber qué sucedía y en vez de disculparse o darle una explicación, le ofreció hacer un trío. Tardó meses en recuperarse. Creo que aún le duele.

–          No lo sabía.

–          Contigo ha revivido todo aquello. Se permitió volver a querer, y tú fuiste la elegida.

–          Tengo que hablar con ella.

–          No, Gema, ni se te ocurra.

Ignoré la opinión de María. Fui a su casa, me abrió la puerta y me colé como ella había hecho el día que me pilló con Marta.

–          Te quiero.

–          Vete, por favor.

–          No, no pienso irme. Puedes dejar la puerta abierta si quieres que se enteren todos de lo que hablamos, pero eso no hará que me marche sin que charlemos.

–          ¿Te ha dejado?

–          ¿Quién?

–          Marta.

–          No hay nada que dejar. Te lo dije, Marta y yo solo somos amigas. Cometimos un error, nos acostamos juntas, pero eso se acabó.

–          Ya no tienes compañía nocturna y acudes a mí. Estupendo –inspiró profundamente-. Vete, por favor. Estás empeorando las cosas.

–          Ya me ha advertido María de todo lo que podría pasar si venía, pero tengo que enfrentarme a esto, a ti, a lo que siento.

–          Gema, no quiero intentar nada contigo, no quiero que me digas lo que sientes, porque me da igual.

–          Perfecto, pero ahora déjame hablar a mí, por favor.

–          Adelante. Di lo que quieras y márchate.

–          Te amo. Sé que no quieres oírlo, pero tengo que decírtelo. Te amo desde el primer momento, desde que nos tomamos unas cañas juntas en aquella terraza. No puedo asegurarte nada, ahora mismo no soy una persona fuerte, no puedo decirte que te amaré para siempre, ni que estaré a tu lado pase lo que pase. Pero es lo que siento y no puedo seguir luchando contra ello. La he cagado, y mucho. Cuando viniste a mi casa, Marta y yo no habíamos hecho nada.

–          Me dijiste que os habíais acostado.

–          Fue después de que te fueras. Me estaba preguntando por su cicatriz, nada más.

–          ¿Y por qué te la tiraste si tanto me querías?

–          Podría darte mil explicaciones, que tenía miedo de lo que siento por ti, que me atemorizaba comenzar una relación con una persona tan segura de sí misma, tan guapa, que Marta fue mi paño de lágrimas, que me odiaba a mí misma, que estaba enfadada porque te fuiste con las chicas esas. Da igual lo que te cuente, da igual cualquier cosa que te diga, porque no vas a entender ninguna, porque son todas, porque yo misma no me entiendo –empezaba a notar cómo una bola se estaba formando en mi garganta y me costaba retener las lágrimas que contenía-. Te amo, Nuria.

Y me fui. Debería haberme dedicado a competir en los cien metros lisos en vez de a la enseñanza, se me daba mejor correr que enfrentarme a respuestas que no fueran de mi agrado. En mi escapada, el teléfono no dejó de sonar. No lo cogí, no miré quién podía estar importunándome en mi fuga, solo corrí hasta sentirme a salvo bajo las sábanas de mi cama.

Anuncios

About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
Esta entrada fue publicada en Gema, Uncategorized y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

2 Responses to Capítulo 39

  1. Ken Krap dice:

    De pronto me han entrado ganas de investigar en el pasado de la protagonista para saber realmente qué configuró su personalidad tal y como la conocemos. Menuda tía tan complicada…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s