Capítulo 38

Sus labios eran tan suaves, sus besos tan dulces que me teletransportaron quince años atrás, cuando ella era la única persona que me importaba en el mundo. Recuerdo nuestra primera vez. Estábamos en casa de sus padres. Pocas veces aparecían por allí, ambos eran abogados y preferían colmar a su hija de regalos, que ofrecerle su compañía. Yo era más o menos igual de pava que ahora. Nos sentábamos horas en su cama. Charlábamos de Carlos, el guapo de la clase. Yo le decía que me tenía locamente enamorada, que daría mi vida por él, que me rasparía la mano con la punta del compás, para llevar siempre su sello conmigo. Marta se reía, parecía divertirle ver cómo exageraba los amores hasta el extremo.

–          Gema, es solo un chico.

–          Pero es tan mono –respondí yo con mi dulce vocecita de adolescente hormonada.

–          Yo también lo soy.

–          Sí, eres guapa, pero también una chica.

–          ¿Y qué? Sé que me besarías antes a mí que a Carlos –yo agaché la cabeza, como si el secreto más inconfesable del mundo hubiera salido a la luz.

–          No.

–          Sí. No soy tonta, Gema. Además, a mí también me apetece besarte. Me encanta cuando te pones colorada. Eres muy tierna.

No dijo nada más. Se limitó a besarme. Yo era una inútil con los labios, y la cosa se complicó más cuando quiso meter otro elemento, su lengua en mi boca. Me sentía como un pez al borde de la asfixia, pero me gustaba.

Marta ponía sus manos en mi culo, yo en su cintura, no quería ser una fresca. Eran los años noventa, esa época en la que todo volvía a ser pecado, donde la Movida había quedado atrás, para dar paso a una nueva generación de retrógrados, en la cuál yo me incluía. Lo que ambas hacíamos era horrible. Mis padres me hubieran enviado al pueblo si se enteraban de aquello. No me importaba, aunque los besos no fueran algo demasiado ergonómico, resultaban placenteros.

Los días pasaban, y siempre terminábamos refugiadas en su cuarto, a oscuras, explorando lugares que no me atrevía a tocar ni en mí misma. Dejé de comer, de dormir, no sé si por la constante presencia de Marta en mi cabeza o por lo sucia que la sociedad me hacía sentir.

–          ¿Qué te pasa?

–          Esto no está bien, Marta.

–          ¿Por qué?

–          Porque estas cosas se hacen con los chicos.

–          Tómatelo como unas clases prácticas. Si te gustan los chicos, pues ya sabrás besarlos.

–          ¿No te gustan los chicos?

–          No, me gustan las chicas y en concreto me gustas tú.

–          Pero no está bien.

–          Quizá eso lo hace tan excitante.

Uno de esos días en penumbras, Marta fue más allá. Se quitó toda la ropa, yo no podía verla, pero sentía su piel en mis manos. Quería algo de mí que yo no sabía si estaba dispuesta a darle. Continuó eliminando barreras, mi camiseta terminó en algún lugar de su cuarto. Me resistí a que me quitara los pantalones, pero, mientras lo hacía, me besaba el vientre y eso me gustaba. No llevábamos sujetador, sino unos de esos tops tan poco prácticos, que también desaparecieron.

Estaba tendida en su cama, asustada, excitada. Temía que entrara alguien, pero Marta conseguía que olvidara todo cuando sentía sus labios en mi piel. No es que se pueda decir que fuera una relación sexual plena, pero, cuando llegué a casa, tuve que continuar yo con el trabajo.

Así pasamos semanas, dejándonos a medias, excitándonos hasta tener que recurrir a duchas frías, que no quitaban las ganas de más. Un día, Marta parecía cabreada.

–          Gema, basta ya de ser tan mojigata. Nos gustamos y no me lo niegues. Quiero más de ti, quiero que me des más a mí.

–          No sé si puedo, no estoy lista.

–          Yo creo que sí, tú déjate hacer.

Mis nervios afloraban por cada poro de mi piel. Sentía el movimiento de su lengua en mis pechos, el roce de su pierna contra mí. Ella tenía razón, quería más, quería explotar con aquella chica que me pervertía. Noté algo dentro de mí, era su dedo, se movía de lado a lado, llenando mi estómago de alguna sustancia corrosiva, porque un chillido se escapó de mi garganta. Marta me daba tanto placer, que un orgasmo me vino a los pocos minutos.

Yo intenté imitar sus movimientos, pero mis manos temblaban y no atinaban a entrar donde debían. Probé suerte algo más arriba. Acerté. Marta se contrajo completamente. El palpitar de mis manos contribuía gratamente a brindarle placer. Ella también grito, también terminó exhausta, abrazada a mí, como si fuera a huir de su lado.

–          La próxima vez, tenemos que hacerlo a la vez.

–          Marta, no digas eso, que me da vergüenza.

Y así fue como Marta entró en mí para nunca salir, aunque se quedara en un modo metafórico.

Ahora volvía a estar de la misma manera, desnuda ante ella, gozando de su habilidad para hacerme gemir. Teníamos otra edad, estábamos en otro lugar, pero yo seguía temblando con cada roce que me regalaba. No conseguíamos tener un orgasmo a la vez, nunca pudimos, pero, esa tarde, lo logramos. Yo pensaba que sería algo más tierno, un momento especial que compartes con alguien que te atrae, pero no fue así. Ambas explotamos y ambas nos quedamos dormidas, hasta que la puerta me despertó.

Cogí una camiseta que tenía a mano, era larga, por lo que cubriría todo lo que no quisiera enseñar a mi visitante. Abrí la puerta, tras ella, María estaba esperando.

–          Pensaba que no estabas.

–          Me eché la siesta y me ha costado levantarme.

–          Tengo que hablar contigo.

–          ¿Ahora?

–          Sí, para eso he venido.

María se coló sin que yo pudiera parar su entrada alegando algún tipo de enfermedad tropical. Marta continuaba en la habitación, mejor así, no quería que aquello tuviera más repercusión de la que realmente merecía.

–          Nuria me ha contado que está enamorada de ti, pero que tú no quieres estar con ella. A mí me ha resultado muy raro, porque, si no recuerdo mal, eras tú quien la amaba.

–          Las cosas son más complicadas que eso.

–          Pues explícamelas, porque no estoy dispuesta a tener que quedar por un lado con una y por otro con la otra.

–          No funcionaría, ya está.

–          ¿Miedo? ¿Eso es lo que te pasa? Vístete y ve a hablar con ella.

–          Déjalo estar, María.

En ese preciso instante, Marta entró en el salón. Estaba completamente desnuda, no había tenido ni la decencia de vestirse. Cuando fue consciente de que teníamos compañía, saludó, se volvió y se encerró en la habitación.

–          No te entiendo, Gema –me reprochó María.

–          No hay nada que entender.

–          ¿Estáis juntas?

–          No.

–          Pero te la follas. Nuria lo sabe, ¿verdad?

–          Sí –yo era completamente monosilábica.

–          Ahora entiendo su mosqueo. ¿A ti quién te gusta?

–          Creo que eso importa poco.

–          Claro que importa. Te tiras a Marta, pero estás colada por Nuria. Explícamelo, porque esto no tiene sentido alguno.

–          Nuria no quiere saber nada de mí.

–          Normal. ¿Tú querrías hablar con alguien que te dice que te quiere, a quien tú le confiesas lo mismo pero se acuesta con otra?

–          María, déjalo estar, por favor.

Se fue, no sin antes soltarme una mirada de desaprobación que me hundió aún más en mi desequilibrio mental.

–          ¿Estás bien?

–          Sí. Volvamos a la cama, quiero más.

–          ¿Estás segura?

–          No, pero da igual.

Volvimos a follar esa noche, y las siguientes. Volví a esperar que se cansara de dormir siempre con la misma persona, pero aquello duraba demasiado, y yo debía recomponer mi vida.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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6 Responses to Capítulo 38

  1. Ken Krap dice:

    Te está saliendo un personaje muy interesante, con muchas luces y sombras que quedan al descubierto con flashbacks y momentos del presente bien engarzados. Me quedo con el último diálogo que mantiene con Marta, muy revelador

    • remendona dice:

      Muchas gracias. Intento que los personajes sean lo más reales posibles, aunque a veces me cueste, pero todos llevan algo de mí, y como cualquier persona, tengo mis claros y mis oscutos.
      El último diálogo dice mucho, sí, pero, a veces me duele tener que escribir estas cosas, por la situación tan frustrante a la que se enfrenta el personaje y que termina cediendo a deseos físicos por evitar el dolor.

  2. Por como va el relato, me tiene mucho más enganchada esta historia con Marta, que todo lo otro. De hecho, para ser honesta, el personaje de Nuria, de momento, se me hace casi lejano en la historia y no lo echo de menos. Casi como si sobrara.
    Me gusta mucho toda esta indecisión, esta relación/no relación que tiene con su amiga…no sé, creo que el asunto con las primeras novias, que luego se convierten en amigas, es un deja vu lésbico clásico.
    Espero ansiosa lo que sigue.
    Saludos!

  3. littleparrot dice:

    Me encantan los comienzos de las cosas. Aunque parezca que no, el inicio de una relación marca precedentes en el futuro de ella. Me gusta como describes la manera en la que el deseo se abre paso entre las barreras sociales que muchas veces nos ponemos nosotros mismos al principio.

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