Capítulo 37

Me había vuelto a acostar con mi mejor amiga, con mi único apoyo real en el mundo.  Normalmente el sexo disparaba hormonas que nos hacían sentir mejor, pero con Marta sucedía todo lo contrario. Me encontraba fatal.

Aquella noche dormimos en el suelo. Me desperté en mitad de la noche, muerta de frío. No quería despertar a mi amiga, pero tampoco podía dejar que se helara. Fui en busca de unas mantas. Ella me agradeció el gesto haciéndose un ovillo. Me volví a tumbar a su lado, ella abrió un poco los ojos y apoyó su cabeza en mi hombro. Yo le besé la frente.

El despertar fue bastante incómodo. Esquivábamos las miradas, nos vestimos rápidamente, y escapamos la una de la otra. Supuse que ella se refugiaría en una de sus clases magistrales, yo lo haría en ecuaciones de segundo grado.

Nuria no me dirigió la palabra. No parecía odiarme, pero tampoco sentía que me apreciara. Lo peor no era ver cómo la mujer que amaba me rehuía, sino volver a encontrarme a Luna en los pasillos.

–          Hola, Gema.

–          Hola. Tengo prisa.

–          Dame un minuto, por favor.

–          ¿Qué quieres? –pregunté con el tono más severo que era capaz de emitir.

–          He pensado mucho en nosotras.

–          ¡No hay un nosotras! –grité haciendo que el todos los que por allí pasaban se giraran a observarnos.

–          Ya lo sé. Se me fue la cabeza. Estoy yendo a terapia. Al parecer tengo un tipo de obsesión contigo. Solo quería decirte que no te molestaré más.

–          Espero que así sea. Te deseo lo mejor.

Al menos un asunto se había resulto, o eso esperaba. En circunstancias normales, hubiera llamado a Marta para contárselo, pero ese día no era uno cualquiera. No sé si me dolió más acostarme con mi mejor amiga o disfrutar de hacerlo. Nunca había tenido un orgasmo acompañado de lágrimas.

Nuria estaba preciosa esa mañana. Incluso con unas marcadas ojeras, parecía haber roto el mármol de una escultura romana y renacer entre los restos. Su mirada expresaba más de lo que yo deseaba. Me odiaba, o al menos no me quería cerca. Era verla, y mis ojos se poblaban de lágrimas ansiosas por salir, mi cerebro luchaba contra la gravedad, siempre perdía.

–          Nuria, por favor.

–          Gema, ya hemos hablado demasiado. No tengo más que decir.

–          ¿Quieres dejar las cosas así?

–          Aún hueles a ella. Tienes muy poca vergüenza –me reprendió con odio.

–          Es mi amiga, mi mejor amiga, solo eso.

–          ¿Me estás diciendo que no te acostaste con ella anoche? ¿Vas a mentirme a la cara? –yo agaché la cabeza-. Entonces déjalo estar. Fue un error decirte todo aquello. No te niego que me ha dolido, pero en parte ha sido mi culpa. Me prometí hace años no volver a enamorarme. No recordaba por qué lo había hecho, pero mi memoria se refrescó anoche. Continúa  tu vida, yo haré la mía. Dame unos días, quizá podamos ser amigas.

–          ¿Unos días? –me enfureció-. ¿Eso es lo que tardas en olvidar a quién se supone que amas? Olvídalo. Tienes razón, esto no va a ninguna parte.

Me había pasado la vida dependiendo de decisiones ajenas. Nuria y yo no estaríamos nunca juntas, pero me había abierto los ojos. Se acabó ser la mosquita muerta, la enamoradiza, la mujer a la que herían y tenía que volver a levantarse al día siguiente. Había perdido el control de mi vida, me había perdido a mí misma.

Regresé a casa agotada. Solo era capaz de pensar en poner una mala película y tumbarme en el sofá, para dejarme mecer por el sueño. Pero, como todos mis planes, fue truncado por una mujer, Marta.

–          Te he preparado la comida. Unas lentejas con chorizo. Estás muy pálida, necesitas hierro.

–          Necesito dormir, nada más. ¿Cómo has entrado?

–          No he salido.

–          ¿Y tus clases?

–          Preferí quedarme aquí, recoger un poco y prepararte un plato que te hiciera reponer fuerzas. De todos modos, tengo tus llaves de emergencia. ¿Qué tal ha ido el día?

–          ¿Vas a ejercer ahora de esposa cumplidora? No te va nada ese papel.

–          Veo que no fue muy bien.

–          No tengo ganas de hablar, Marta. Te agradezco lo que has hecho por mí, pero quiero estar sola, es más, necesito estar sola.

–          Ni lo sueñes. Venga, vamos a comer. Si no te gustan mis lentejas, me iré.

Qué melodramática era esta chica. Yo, como buena mujer nacida en democracia, odiaba las lentejas. Hacía años que nos las probaba, y la verdad es que nunca las extrañé. Marta había preparado el guiso con buena intención, así es que yo hice el esfuerzo por tragarme aquella pasta marrón a la que se le había añadido un chorizo tan picante, que ni un mejicano podría engullirlo sin un litro de agua al lado. Lo peor de todo no era su espeluznante sabor, sino la presencia de mi mayor enemiga, la cebolla.

–          ¿Te gustan?

–          Odio las lentejas.

–          Pero si te las has comido todas.

–          Que las odie no implica que no tenga educación.

–          Sabía que no te gustaban cuando éramos pequeñas, pero, con el paso de los años, todos decidimos que están ricas.

–          Pues mis papilas gustativas siguen opinando lo mismo.

–          ¿Puedo besarte?

–          ¿Cómo dices? Mira, Marta, he tenido un día horrible. Primero Luna, luego Nuria y ahora tú. ¿No tengo derecho a descansar?

–          Claro que lo tienes. El mismo que yo tengo a desear follarte.

¿Qué coño le echan al agua de Madrid? No lo entiendo. Todas esas hormonas revolucionadas, todas esas fijaciones conmigo. Me había pasado años sola, sin una relación de más de tres días, con periodos de descanso eternos, y ahora todas decidían que acostarse conmigo era lo más divertido que se podía hacer.

–          Marta, somos amigas. Se acabó el follar.

–          Me niego. Gema, no sé qué me pasa, pero es contigo con la única persona con la que siento ganas de echar un polvo. Contigo no hay vergüenzas, ni tengo que esconder nada. Sabes cómo soy.

–          Por eso. Sé cómo eres y no quiero formar parte de tus líos, ni ser una de tus musas. Quiero recuperar a mi amiga, esa a la que le podía estar todo el día lloriqueando.

–          Puedo ser ambas cosas, tu amiga y tu pareja.

–          ¿Me estás pidiendo que salgamos juntas? Deberías dejar las drogas.

–          Te estoy diciendo que es contigo con quiero pasar mi tiempo. Te quiero, Gema. Y sé que tú a mí también.

¡Qué manía de imponer sentimientos tienen estas lesbianas! Claro que quería a Marta, desde que éramos crías, pero ahora era mi amiga, no mi juguete sexual.

Ella aprovechó que mi mente se encontraba enfrascada en recuerdos y pensamientos, y me besó. Mi primera reacción fue apartarme, pero, una extraña fuerza me llevó nuevamente a su boca.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to Capítulo 37

  1. Ken Krap dice:

    Me encantan las descripciones que hace el personaje principal de la gente que le rodea impregnándoles de todo lo que le sucede en su interior “…Nuria estaba preciosa esa mañana. Incluso con unas marcadas…”. ¿Has pensado en juntarlo todo?¿En plan libro digital?

    • remendona dice:

      Sí, tengo uno publicado en Wattpad, y pensaba publicar este cuando haya terminado, pero no me convence demasiado la página, ya que no tiene un buen buscador ni unas categorías más específicas.
      Muchas gracias por leerme.
      Un besazo.

  2. littleparrot dice:

    Sólo una cosa… yo el “Marta, somos amigas. Se acabó el follar” lo hubiese cambiado por “Marta, somos amigas. El follar se va a acabar”. Por darle un toque comercial y ezaz cozaz…

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