Capítulo 33

Mariví se tomó muy bien mi decisión, mucho mejor de lo que yo esperaba. Salí pronto de su casa, tampoco pintaba demasiado allí.

Por fin era viernes, por fin regresaba Marta. Tenía dos opciones, esperar a que me llamara o ir a ver a las chicas al bar de Ruth. Ninguna me convencía lo suficiente. Eran las seis de la tarde, Madrid estaba radiante, como si una capa de luz se hubiera posado en los grises edificios. El carácter de la gente también había sido poseído por el calor y la luminosidad que invadía la ciudad. No quería enclaustrarme en casa, quería salir, ver el mundo con unos nuevos ojos.

Me fui directamente a Chueca, me apetecía tomarme una cerveza sentada al refugio del aire acondicionado. No importaba el bar, no importaba la gente, ese era mi día especial y lo aprovecharía.

Una silla esperaba ansiosa mi llegada. Nada más aposentarme, un agradable camarero tomó nota de mi bebida y me la sirvió con gran rapidez. Todo el mundo me agradaba. Era una sensación extraña, nunca me gustó Chueca, nunca me gustó la gente que por allí se movía ni los trabajadores, más empeñados en ligar que en servir. Pero ese viernes no era así. Las personas estaban especialmente guapas.

–          Perdona –dijo una muchacha con un fuerte acento andaluz-. ¿Me podrías indicar cómo llegar a la calle Farmacia?

Yo le marqué el camino en su inmenso mapa. Ella me lo agradeció con una sonrisa. Pero no quedó ahí la cosa. Me encontraba bastante habladora.

–          ¿Vienes a pasar unos días?

–          No, en principio es algo definitivo, pero me alojo en un hostal hasta que encuentre un piso para compartir.

–          ¿Cómo lo llevas?

–          Bueno, no sabía que una ciudad tan grande pudiera tener pisos tan pequeños.

–          Sí, por el centro hay muchos zulos. De todas formas, si sales de esta zona, quizá encuentres algo más grande y con mejor precio.

–          Gracias –volvió a sonreírme-. Eres la primera persona amable que me encuentro. Ya creía que los madrileños eran muy bordes.

–          No creo que lo seamos, es solo que siempre vamos con prisas. Yo hoy no tengo ninguna.

–          ¿Te importa si me siento? Es el único sitio donde hay wifi y así puedo echar un vistazo a los pisos.

–          Claro, siéntate. Yo te ayudo en lo que necesites. ¿Has pedido algo?

–          Sí, ahora me traerán la Coca-Cola. Muchas gracias, de verdad.

–          Es un placer. Me llamo Gema y te doy la bienvenida en nombre de todos los madrileños, salvo Esperanza Aguirre, que por ella nunca hablaré.

–          Yo soy Carla, encantada.

Estuvimos trasteando con el ordenador durante un buen rato. La verdad es que los pisos que se ofertaban eran carísimos y diminutos. Me alegraba de haber comprado mi casa justo antes del boom inmobiliario. No era gran cosa, pero terminaría de pagar la hipoteca antes de jubilarme.

–          ¿Sales mucho por aquí? Todo el mundo me habla maravillas de Chueca y no sé si son ciertas.

–          A mí no me gusta mucho, pero sí, salgo por aquí casi todos los sábados. No sé qué te habrán dicho, pero esto es como un Estado independiente. Hay mucha gente, es muy caro, pero si quieres fiesta, aquí tienes de sobra.

–          Jaén no es así. Allí vamos más de tapeo, a tomarnos unas cervezas con los amigos y esas cosas.

–          Hombre, puedes pedirte unas raciones, pero las pagarás a precio de oro. Es mejor que te vayas por otros barrios si eso es lo que buscas. Por ejemplo, en Alcalá de Henares se estilan mucho más los bares de tapas. En tren se tarda una media hora.

–          Bueno, ya veré cómo hago. Tengo que ir al hostal. Muchas gracias por todo, Gema. Ha sido un placer.

–          Lo mismo digo. Y no dejes que la ciudad te acojone, es cuestión de acostumbrarse.

Parecía que mis recursos sociales no se habían visto mermados después de todo. Me quedé pensando un rato en aquella muchacha con acento gracioso, pero el móvil me regresó a la realidad.

–          ¿Por dónde andas?

–          En Chueca tomando algo.

–          Pues no te muevas que en tres minutos estoy contigo.

Marta había regresado, y con ella, la revolución. No traía muchas ganas de cháchara, quería sexo, lo notaba en su voz, la conocía lo suficiente como para saber cuándo quería echar un polvo. Yo le seguí la corriente, no quería que dejara de hacer aquello con lo que tanto disfrutaba y parecía que el tumor le había repercutido más de lo que éramos conscientes.

Las calles estaban plagadas de relaciones públicas que nos regalaban chupitos por doquier. Marta aceptaba todos y cada uno. Como siguiéramos bebiendo así, íbamos a terminar muy mal.

Y eso fue lo que pasó, terminamos en el Medea. Odiaba el Medea, odiaba a las personas que se encontraban allí, odiaba a Marta por arrastrarme a ese antro, me odiaba a mí por ir. ¿Dónde se había ido todo ese amor que derrochaba esa misma tarde?

Las niñas se rifaban a Marta. Yo no era interesante para ellas, supongo que me veían demasiado mayor, y más, si me comparaban con la bailonga de mi amiga. Dejé a Marta rodeada de unas chicas mientras ella descoordinaba su cuerpo al compás de una horrible música. Me quedé junto a la pared que da a los lavabos, por lo menos me entretendría viendo entrar nuevas parejas y salir nuevas rupturas.

–          ¡Gema! ¡Cuánto tiempo!

–          Carol. Joder. ¿Qué tal?

–          Por aquí, de fiesta. Como ya no vienes a verme…

–          Esto ya me pilla un poco a desmano.

–          ¿Has venido sola?

–          No, con una amiga, pero creo que se está liando con alguna por ahí.

–          Ven, que te presento a mis chicas. Estas son Bar y Carla.

–          Carla y yo ya nos conocemos, ¿verdad?

–          ¡Sí! Es la chica que te conté, la que me ayudó con lo de los pisos.

–          ¿La que estaba tan buena?

Carla se puso colorada, y a mí me hizo sonreír. Carol y yo nos conocíamos desde hacía algunos años. Era la amiga de una amiga, lo típico. Por aquel entonces, yo tenía pareja y ella quería echarme el lazo, pero no se tomaba a mal mis continuas negaciones, por lo que terminamos siendo amigas.

–          La verdad es que estás mucho más buena que la última vez que nos vimos. ¿Cómo lo haces?

–          Me meto en una barrica de roble para dormir.

–          ¡Qué idiota! ¿Sales con alguien?

–          No, ahora soy una solterona que está muy buena –contesté entre risas.

–          Entonces, ¿puedo volver a la carga?

–          Te voy a decir que no, y tú vas a seguir insistiendo, así es que haz lo que quieras.

–          ¿Y ella? –preguntó Carol refiriéndose a Carla.

–          No estaría mal.

No me podía creer lo que acababa de decir. ¿No estaría mal? ¿Quién dice eso? ¡Qué idiota! Además, yo me había prometido que nada de rollos. Tenía que dejar de beber, porque aquello me estaba complicando la existencia. Aunque tener a Carla mordiéndome el labio tampoco es que fuera algo muy malo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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