Capítulo 32

A las siete sonó el despertador. No sabía cómo había llegado a la cama, la noche anterior estaba muy borrosa en mi cabeza. Con la mano que abrazaba la almohada apagué el dichoso ruido. ¿Almohada? No es una almohada. Se giraba. ¿Qué coño estaba pasando ahí?

–          Buenos días. ¿Estás mejor?

–          ¡Nuria! ¿Qué haces aquí?

–          Parecías no encontrarte bien y me quedé contigo.

–          Al final lo hiciste, ¿no? Querías follar y follamos. No me puedo creer que no me escucharas, que no respetaras mi decisión, que…

–          Para el carro, que no hemos hecho otra cosa que no sea dormir.

–          Estoy desnuda, Nuria.

–          Yo ahí no tuve nada que ver.

Los recuerdos volvían a mi memoria. Pobre Nuria, yo regañándole y en realidad lo único que había hecho era cuidarme.

–          Lo siento. Estoy algo confusa.

–          Anda, levántate, que tenemos que ir al instituto. Hoy empiezo yo. No tengo ninguna gana.

–          ¿Vuelves allí?

–          Sí, tengo las prácticas.

–          ¿Quién será tu tutor?

–          No lo sé. Como no tengo un campo específico en la enseñanza actual me pondrán con el primero que pillen. Seguro que con el más gilipollas.

Nos fuimos al instituto andando. Me gustaba pasear con ella. Sentía ganas de cogerle la mano, pero las contenía metiéndolas en los bolsillos. Nuria estaba ilusionada, aunque, al mismo tiempo, sentía ese miedo a lo desconocido. Recordaba cómo había sido mi primer día de prácticas. Don Braulio, el hombre más viejo del mundo era mi tutor. Yo trataba de sorprenderle con mis nuevos métodos didácticos, pero el prefería echarse una siesta mientras los alumnos se dedicaban a reírse de él. Me puntuó con un diez, aunque dudo que recordara mi nombre. ¿Qué habrá sido de Braulio?

Dejé a Nuria con el director y me fui al Departamento. No hacía más que pensar en el error que había cometido. Debí acostarme con Nuria cuándo tuve la oportunidad, pero ¿qué me aportaría el sexo con ella? Más dolores de cabeza, sin duda.

Estaba enfrascada en mis pensamientos, cuando Mariví irrumpió en la sala. Estaba muy rara conmigo, me rehuía, y yo no recordaba haberle hecho nada.

–          Buenos días, Mariví –saludé con mi mejor sonrisa.

–          Buenos días. ¿Vas a quedarte por aquí?

–          En principio sí, ¿por qué?

–          Me voy a la sala de profesores.

–          ¡Joder! Espera. ¿Qué te pasa?

–          Nada.

–          Vaya, pues ese nada no suena a nada. ¿Te he hecho algo?

–          Llevo meses esperando que me llamaras, eso es lo que me sucede. Sé que dejamos claro que solo era un polvo, pero por lo menos podías haberme dicho algo. Después dicen de los hombres, pero las lesbianas pueden ser mucho más insensibles.

–          Lo siento. Pensé que andarías liada con unas o con otras. No quise meterme en tu vida.

–          ¿Ahora soy una guarrilla? Tú fuiste la última con la que me acosté, si te sirve de algo. ¿Cuántas llevas tú? ¿Quién es la que tiene la vida más alegre?

–          No te pongas así. Deja que te invite a comer. Tienes razón, no me he portado bien, no te devolví la llamada. Lo siento. Pero, de verdad, no sabía que quisieras recibirla.

Mariví se echó a mis brazos. No sé si se sentía sola o aliviada porque yo no le daba la espalda tras el sexo. Correspondí su abrazo. En un principio, pareció tranquilizarse, pero, después, comenzó a besar mi cuello. Yo no sabía cómo actuar ante aquella situación, pero me gustaba cómo me tocaba, la pasión y el deseo que ponía en ello. La puerta se abrió de golpe, interrumpiendo nuestros arrumacos. Ambas miramos hacia ella, preocupadas por lo que hubieran podido ver.

–          Y yo que venía enfadada porque pensaba que las matemáticas eran aburridas…

–          Nuria, ¿te han asignado este departamento?

–          Sí, tengo que hablar con Mariví Cano.

–          Yo soy Mariví –contestó ella con cara de circunstancias.

–          No te preocupes, Nuria es mi amiga. Y, aunque debería aprender a llamar a la puerta, no dirá nada de lo que ha visto.

–          No, claro que no, tranquila.

–          Gracias –dijo Mariví aliviada-. Me llevo a tu amiga a ver esto y explicarle algunas cosas. ¿Quedamos sobre las dos abajo? Hay un restaurante indio al que le tengo echado el ojo desde hace tiempo.

–          Vale. Pasadlo bien.

Lo que faltaba. Eso se había convertido en un triángulo amoroso y yo tendría que lidiar con mis sentimientos y los deseos sexuales de mis amantes mentales.

La comida resultó bastante tranquila. Pudimos hablar de todo lo que había pasado, le conté lo de Luna, sin mencionarle el motivo de su estancia en el instituto. Me comentó lo guapa que le resultaba Nuria e intentó que le confirmara que era lesbiana. Por supuesto yo no era quién para hablarle de su vida privada.

Tras los postres y el café, nos dirigimos a su casa. Mi idea era aclararle que lo nuestro no tenía futuro, la suya, no lo sé.

–          Tengo ganas de follar contigo.

–          Mariví, es mejor que no. Yo tengo la cabeza aturullada. No creo que echando un polvo se me resuelvan mis dudas.

–          ¿Es por Nuria? Sé que es por ella.

–          No es solo por Nuria. Ya sabes lo que me ha pasado este verano. Ahora quiero tomarme las cosas con calma. No quiero follar con unas y con otras, no es mi estilo. Quiero encontrar una mujer que me llene, con la que pasar mi vida. No sé si entiendes lo que quiero decir.

–          Quieres una esposa. No sé, Gema. Eres muy joven, deberías disfrutar más de tu cuerpo y dejar un poco de lado los beneficios de tener estabilidad.

Quizá Mariví tuviera razón, pero yo cada día estaba más enamorada de Nuria, y eso no podía evitarlo de ninguna manera, porque ya lo había intentado, y no dio sus frutos.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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