Capítulo 31

No quería asistir a aquel encuentro en casa de María, pero esta también me llamó para invitarme. No entendía muy bien la necesidad de mi presencia, pero terminé accediendo, no tenía ningún plan mejor.

Estábamos las cuatro, sentadas en el sofá. Ellas hablaban y hablaban de lo acontecido la noche anterior, yo me entretenía mirando los cuadros que decoraban la estancia. Mis oídos decidieron no escuchar, no querían saber más sobre la vida sexual de Nuria, no podía soportar saber más.

Lucía y María se fueron a la cocina a preparar unos tés que la primera había traído de Marruecos. Al parecer le enseñaron a hacer té con hierbabuena y piñones y quería demostrarnos su destreza en la elaboración. María le acompañaba, quería aprender y Lucía necesitaba un ayudante que le sacara los utensilios que necesitaría.

–          Me alegro de que nos hayan dejado solas. Quería hablar contigo.

–          ¿De qué? –contesté sin demasiado interés.

–          De Marta. Estoy preocupada por ella. Quizá no debería contarte esto, pero no me dejó verla desnuda, no me dejó que acariciara sus pechos. Siempre era muy lanzada, muy ardiente, pero cuando yo me acercaba demasiado, ella se retraía.

–          Es normal. Le quitaron un poco de pecho. Supongo que siente vergüenza a la hora de enseñarlos.

–          Vaya, no lo sabía.

–          ¿Os dejasteis por eso?

–          No. Ella busca a alguien en concreto y yo no soy esa persona.

–          Dudo que Marta busque algo serio.

–          Sí, ella me lo dijo. Me comentó que había habido un cambio en su vida y ahora no quería rollos, solo estar con alguien a quien amar y que le amase. Supongo que el cambio sería ese.

–          No sabía nada. Desde el crucero no me ha contado demasiado.

–          Te quiere mucho. Cuando me dijo aquello pensé que se refería a ti.

–          No, qué va. Marta y yo tenemos una relación un tanto peculiar, pero desde la amistad. No seríamos una buena pareja. Yo me pasaría el día pensando dónde está y ella poniéndome los cuernos. Si saliéramos juntas, terminaríamos odiándonos.

–          ¿No estás con nadie?

–          No –sentencié.

–          ¿Cuándo nos conocimos estabas con alguien?

–          No, si no contamos a la muchacha aquella de la que me salvaste. ¿Cómo se llamaba? Puf, ni me acuerdo.

–          Yo creía que sí estabas con alguna. Si lo llego a saber hubiera intentado algo más.

–          ¿Algo más? –Nuria terminaba desconcertándome.

–          Sí. ¿Crees que voy rescatando damiselas y paso la noche con ellas solo porque me caen bien?

Las chicas irrumpieron en la habitación con una gran jarra de té. Nuria me miraba, como si se hubiera callado algo, pero yo prefería ese silencio. Ahora no me servía de nada que hacía cuatro meses se hubiera querido acostar conmigo. Yo me quise acostar con ella durante todo ese tiempo. No era justo.

El mejunje que Lucía había preparado estaba delicioso. Aún hacía calor, pero la bebida refrescaba bastante para tener esa temperatura. Siempre me pregunté cómo serían capaces, en pleno desierto, de beber algo que no estuviera helado.

Me despedí de las chicas, era hora de volver a casa e intentar descansar lo que la noche anterior no había podido. Nuria se ofreció a acompañarme, y por más que me negué, terminó haciéndolo. Aquella condenada mujer siempre se salía con la suya.

–          ¿Puedo enmendar mi error ahora?

–          ¿Eh? ¿Qué quieres decir?

Sin responderme, se acercó a mí y me besó. La dulzura de sus labios me derretía por dentro. Quería más, y lo quería para siempre. Ella me acercaba con sus brazos, yo me dejaba arrastrar por ellos. Hubo muchos más besos. Muchas más caricias. Podría haberle quitado la ropa ahí mismo, podría haberle llevado al éxtasis en el momento que ella hubiera querido.

–          ¿Me invitas a subir o tengo que colarme?

–          No –contestó una voz que procedía de mi boca, pero no de mi cabeza.

–          ¿No? Pensé que te gustaba –respondió algo perdida.

–          Nuria, voy a ser sincera contigo. Me gustas, me gustas mucho, por eso no quiero que subas –parecía que la razón se había abierto camino entre la locura que su boca despertaba en mí.

–          Tú también me gustas. Sigo sin entender cuál es el problema.

–          El problema es que a ti te puedo gustar, y te acostarías conmigo, y nos podríamos pasar la noche follando y mañana te marcharías y ahí se acabó todo. Yo no quiero eso. A mí me gustas de otra forma, una que implica que no solo sea esta noche, sino todas las venideras, que no solo follemos, sino que compartamos mucho más. Ese es el problema.

–          ¿Estás hablando de amor?

–          Sí, te estoy hablando de amor. Creo que ya he dicho más de lo que debía. Descansa.

Hui, como siempre terminaba haciendo con cada mujer importante de mi vida. Nuria se quedó paralizada, como si nadie le hubiera dicho nunca que la quería. Yo no quería mirar atrás, no quería arrepentirme de no haberme acostado con ella, porque si me lo hubiera pedido una vez más, habríamos follado durante toda la noche, todo el día o todo lo que ella estuviera dispuesta a aguantarme.

No me fui a la cama, no quería dormir. Me duché. Me sentía sucia y no tenía motivo para ello. Sabía que había hecho lo correcto, quizá no debí confesarle mi amor, pero hice lo correcto. El agua no calmó mis nervios. Anduve desnuda de un lado a otro del salón. No quería ponerme el pijama, no quería más peso sobre mi cuerpo. La toalla ya fue suficiente. Un Lexatín, eso era lo que necesitaba. Rebusqué en los cajones de la cocina, en alguna parte tenía una caja esperándome. La encontré. Uno no, dos, quería dormir.

Media hora más tarde, las piernas empezaron a flojearme. Mi pecho se movía muy despacio, mi respiración no era profunda. Los párpados se caían. No iría a la cama, mejor en el sofá. Dormir.

Un molesto ruido me sobresaltó todo lo que una drogada puede sobresaltarse. Era la puerta. ¿Tanto había dormido? Aún tenía sueño. Era de noche, no tenía que levantarme. Dejé que sonara un par de veces más, pero parecían no cansarse de molestarme.

Me arrastré hasta la puerta, me puse en pie como pude y abrí. Al otro lado, los ojos desorbitados de Nuria me estaban esperando. Mis párpados a media asta difuminaban su cara, pero seguía siendo preciosa. Un cosquilleo recorrió mi espalda al mismo tiempo que ella entraba y cerraba la puerta.

–          ¿Estás bien?

–          Sí. Me tomé algo para dormir y estoy algo atontada.

¿Significaba su presencia que ella también me quería? Pensé que ya no lo haría más cuando fui consciente de mi desnudez, pero me importaba muy poco. Solo tenía sueño, solo quería dormir con ella.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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