Capítulo 30

A las ocho en punto llegué a la Plaza Vázquez de Mella. Lucía, Nuria y María ya me estaban esperando. Resultaba curioso no ser la primera en aparecer, no tener que esperar, ser yo la rezagada, aunque en realidad apareciera a la hora convenida.

–          Venga, muchacha, que un millón de mujeres están deseando probar tus encantos –comentó Nuria.

Me dolió mucho que me lanzara a los brazos de otras sin tener en consideración arroparme con los suyos. Nuria había preferido no solo a Marta, cosa que comprendía, sino a Luna antes que a mí. Tuvo la oportunidad de tenerme esa noche en su casa, pero no lo hizo, no quiso hacerlo. Debía olvidarme de lo mucho que me gustaba aquella chica, estaba claro que yo no era su tipo, y no estaba dispuesta a emborracharla para hacerla mía durante unas horas.

La terraza del hotel era espectacular. No solo contaba con una piscina y un sinfín de mesas y sillas donde descansar del baile, también tenía unas vistas privilegiadas de la ciudad. Mirar Madrid desde arriba me hacía pensar en lo pequeños que eran mis problemas, en lo pequeña que era yo y en la cantidad de cosas que me había perdido por estar idiotizada por las hormonas.

María intentaba acercarme todo el tiempo a Nuria, era demasiado evidente lo que pretendía, y tuve que parar sus intentos de ejercer como celestina. No deseaba ser un títere que va dónde se le dice. Me perdí entre la gente, hablé con muchas chicas, pero ninguna conversación merece la pena ser recordada. La mayoría de las muchachas solo sabían decir: ¡qué temazo!, ¡arriba el rollo bollo!, y gilipolleces varias, que expresaban claramente sus intenciones y la edad que tenían.

Intenté ir al baño, una enorme fila de mujeres me precedía, pero no podía demorarlo más. Al no haber hombres, el destinado a ellos, también era utilizado por las chicas, pero no para las funciones que fue diseñado, sino para contener allí los placeres carnales y no entorpecer al resto de las invitadas la expulsión del exceso de alcohol.

–          ¡Estás aquí! Pensaba que ya te habías marchado –dijo Nuria, arrancándome de mi ensimismamiento.

–          No, me hubiera despedido. ¿Qué tal lo estáis pasando?

–          Genial. ¿Puedo preguntarte una cosa?

–          Claro. Mira la de gente que tengo delante, puedes preguntarme muchas cosas antes de que llegue al baño.

–          ¿Hay algo entre María y tú? –preguntó Nuria-. Ella no me dice nada, pero creo que le gustas.

–          No le gusto. Por lo que yo sé, hace años sí era así, pero ahora no. Creo que tiene ganas de sentar la cabeza.

–          Por eso precisamente pienso que le gustas. Si yo quisiera madurar, sin duda te elegiría a ti.

Sé que la expresión “me ha roto el corazón” es una autentica bobada, pero en ese instante noté cómo algo se desquebrajaba dentro de mí. Me dolía el pecho, me dolía el alma, y no podía desahogarme entre lágrimas, porque frente a mí se encontraba la causa de mi malestar.

Cuando hube salido del lavabo, fui en busca de María. Tenía que salir de allí, irme, no podía enfrentarme a otro doloroso proceso amoroso. Si ese era mi sino, debía aceptarlo. Quizá algún día me enamorara de alguien que sintiera lo mismo que yo, o quizá pasaría mi vida entre romances sin sentido y mi vejez sola. Era mejor no pensar en ello.

–          María, tengo que irme.

–          ¿Estás bien?

–          Sí. Mañana tengo que madrugar.

–          Es por Nuria, ¿verdad?

–          No, no, tengo que madrugar. Me lo he pasado muy bien. Muchas gracias por invitarme.

–          Cuando quieras. Descansa. Si necesitas hablar, llámame, no importa la hora, ¿de acuerdo?

–          Gracias, María.

Ahora sí que tenía una buena liada. No podía contarle a María lo que sentía por Nuria, y tampoco a Marta. Volví a estar sola. Quería mucho al resto de mis amigas, pero siempre he sido muy reservada con respecto a mi vida personal, y acudir a ellas enrarecería aún más el ambiente.

Mi cama me esperaba, aunque el sueño no me acompañaba esa noche. La cabeza me daba vueltas, mi cuerpo la seguía, acompañando a mi mente en esa noria sin freno. Me sentí apenada, dolida por el comentario de Nuria.

A las cinco, cuando aún no había podido descansar, mi móvil me alertó con un pitido, había recibido un mensaje. Con pocas ganas estiré el brazo para coger el teléfono de la mesilla. En la pantalla, “tiene un nuevo SMS”. Abrir.

“Hola guapa. Al final te fuiste sin despedirte. Mañana vamos todas a casa de María. Vente. Un beso”

Nuria era la emisora de ese texto. ¿Para qué quería verme? María me había contado que sus amigas solo iban en busca de rollos sin sentido, yo no quería ser su rollo, ella tampoco. ¿Para qué quería que fuera? ¿Necesitaba más compañeras con las que compartir sus hazañas para admirar su destreza en las artes amatorias? Yo no era así, y no estaba dispuesta a dejarme arrastrar a un mundo en el que jamás me sentiría cómoda.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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