Capítulo 28

Mis vacaciones habían llegado a su fin. No sabría definir si se me hicieron largas o cortas, pero ya no podría disfrutarlas hasta el año siguiente.

Aunque aún no había dado comienzo el curso, los profesores teníamos que ir para ver los horarios, discutir planes lectivos, calendarios laborales y demás gilipolleces que la junta directiva siempre decidía en contra de los intereses generales. En la docencia también existe el amiguismo, por eso mis horarios siempre son de ocho a tres, con millones de horas sueltas en las que tengo que perder mi valioso tiempo; los amigos del director, por el contrario, decidían si madrugaban o salían a la hora de tomar el aperitivo. Nunca me gustó lamer culos peludos, por los que yo permanecí, un año más, en el grupo de los pringados.

Aún hacía calor, todas las ventanas de la planta baja estaban abiertas, pero el aire debía haber salido a dar un paseo lejos de allí, porque no se acercaba ni un soplido.

El rencuentro con Mariví fue bastante seco. No sé exactamente qué era lo que le pasaba, pero tampoco tenía ganas de que me contara ninguna batallita amorosa. Entre reunión y reunión, pasaba mi tiempo en la cafetería, reponiendo líquidos. Charlaba con la camarera, una mujer de unos cincuenta y pico años, que siempre portaba una sonrisa con la que obsequiarme. Los temas de conversación no eran muy profundos, pero estaba bien tener una discusión tranquila con un ser sensato.

No podía creer que tuviera que enfrentarme nuevamente a aquello. Cuando la puerta se abrió y vi entrar a Luna, mi corazón dio un vuelco para detenerse por completo durante unas milésimas de segundo. Ella también parecía sorprendida, a sabiendas de que yo estaría allí. Me sonrió y se acercó para saludarme.

–          Hola, Gema. ¿Qué tal el verano?

–          Bien, gracias. Tengo una reunión, perdona.

Y así escapé de ella sin levantar mucho polvo con mi marcha. Ella no se rindió y continuó insistiendo durante días, hasta que logró encontrarme a solas en el departamento.

–          Gema, tenemos que hablar. Por favor.

–          Luna, creo que todo quedó bastante claro.

–          Te quiero.

–          ¡Ja! Esto ya es el colmo. Creo que deberías pedir ayuda profesional, porque lo tuyo no es normal.

–          ¿Te ríes de mis sentimientos?

–          No, no me río de los sentimientos de nadie, me rio de que tengas los cojones de soltarme eso después de todo lo que ha pasado.

–          Si te refieres a mi rollo con Nuria, solo fue eso. Yo te quiero a ti.

–          Ah, perfecto. No sabía nada, pero gracias por la información. En realidad me refería a lo que me hiciste, a las notitas, a las llamadas, a espiarme desde la calle.

–          No te espío desde la calle. Alquilé el piso que está frente al tuyo.

–          No estás bien, de verdad –aquello pudo conmigo.

–          No, no lo estoy, porque quiero vivir contigo.

–          Y yo que me dejes en paz. Mira Luna, me estoy planteando seriamente pedir una orden de alejamiento, porque te tengo pánico. Aléjate de mí. Termina la auditoría y vete. Por favor –le supliqué entre lágrimas-. No puedo más.

–          ¿Te hago daño?

–          ¿Cómo puedes preguntarme eso? ¿No lo ves?

–          Eso es porque tú también me quieres.

–          Eso es porque tengo miedo de ti.

Me dejó llorando en aquel horrible despacho. No sabía qué hacer, ni a quién recurrir. Marta estaba de viaje, no volvería hasta el viernes. Llamé a María, quizá ella lograra calmarme.

En menos de una hora, se presentó en la puerta del instituto. No esperaba verla tan pronto. Creía que quedaríamos por la tarde.

–          No hacía falta que vinieras hasta aquí.

–          A mí sí me lo pareció. ¿Quieres que hable con ella?

–          Dará igual, está loca.

–          Aun así, dime quién es. Tú tómate algo en el bar. Ahora mismo voy para allá.

Le conté dónde encontrar a Luna. María desapareció tras la puerta. Yo no quería aquello, no quería que fuera en su busca, pero me reconfortaba sentirme protegida por una mujer con tanta fuerza mental. No sabía qué podría pasar entre ellas, pero me daba miedo la reacción de Luna, creía que estaba demasiado trastornada para el mundo real.

Una tila no fue suficiente. María tardaba en regresar, y yo esperaba ansiosa su vuelta para poder salir de ese lugar, poder sentirme libre y no una presa a punto de ser cazada. Mi mente se volvió loca, no hacía más que imaginar a Luna degollando y descuartizando a mi pobre María. Pero las heroínas siempre regresan y eso era lo que para mí representaba María, la heroicidad personificada, la lucha del bien contra el acoso de Luna. Luna, vaya nombre más bonito para alguien tan perturbado. Está claro que nuestros padres no saben cómo vamos a salir cuando nos inscriben en el Registro. Supongo que nos imaginan como angelitos con la cara cubierta de pan y entonces escogen el nombre que creen más apropiado. Gema significa piedra preciosa, debo ser como el carbón, no me he estructurado de la forma correcta para que me llamen diamante. Se supone que soy observadora, preguntona y buena amiga, una mujer a la que le gusta compartirlo todo con su pareja.

María seguía sin aparecer. Yo estaba que me subía por las paredes.

–          Luisa, ¿me pones otra tila, por favor?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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