Capítulo 27

Por fin llegó el martes y nuestro regreso a Madrid. Nada más bajarme del coche, tomé una bocanada de aire, como hacemos los de ciudad al salir al campo. Mis pulmones volvieron a almacenar toda la polución que habían echado en falta y me provocó un ataque de tos.

María quería quedar esa misma tarde. Parecía fascinada por el hecho de que yo fuera lesbiana. Por lo que me había contado, ella se juntaba con un par de chicas, salían y se liaban con otras, nunca profundizaron más en el concepto de amistad. Conmigo hablaba y se desahogaba de todo lo que colmaba sus pensamientos.

Marta también nos acompañaría durante el café, pero insistió en llegar un rato antes para poder charlar conmigo. Yo quería estar a solas con María, mis amigas me recordaban el lamentado estado emocional que aún tenía, pero María insistió en que Marta nos acompañara.

–          No sé si debo estar preocupada por ti o enfadada contigo. ¿Dónde has estado, cielo?

–          Me fui al pueblo. Siento mucho haberte dejado de lado, pero necesitaba escapar de todo esto.

–          Luna ha venido preguntando por ti. Le he dicho que te dejara en paz, que no conseguiría nada que no fuera enfadarte.

–          Gracias. A ella sí que no quiero verla.

–          Por cierto, ya puedes intentar algo con Nuria.

–          ¿Cómo?

–          Luna me dijo que estabas pilladísima por ella y nosotras ya lo hemos dejado, así es que puedes atacar.

–          ¿Estás bien?

–          Sí, perfectamente. Ha sido una de las rupturas más fáciles de mi vida. Me pasó como contigo, ambas nos cansamos de la relación y cada una siguió su rumbo.

–          ¿Y Luna te dijo eso?

–          Sí, pero vamos, que de esa me creo la mitad.

–          Nuria me gusta, pero ahora mismo necesito algo de soledad.

María llegó con un montón de pasteles. Sobraban las presentaciones. Marta se vino un verano conmigo y ya se conocían, aunque les costó reconocerse.

–          ¡Qué bien le han sentado los años a la tímida!

–          ¿La tímida? ¿Y tú quién eras? ¿La fresca?

–          Es verdad, cuando íbamos al baño no eras tan cortada. La verdad es que me sorprendiste mucho.

–          ¿Eh? ¿De qué estáis hablando? –pregunté desconcertada.

–          Cuando trajiste a Marta al pueblo, nos liamos. Fue la primera chica a la que besé.

–          ¿Por qué no me lo habías contado? –dije mientras miraba a mi amiga con desaprobación.

–          Le hice prometer que no lo haría. Me daba miedo que me dejaras de hablar por ser lesbiana.

–          Pero si yo ya era oficialmente una desviada con diecisiete años. Marta lo sabía. También fue mi primera novia o algo así.

–          Yo no tengo por qué contarle a nadie lo que son o dejan de ser los demás.

–          ¿Así es que compartimos primer romance? Jajaja. Si lo llego a saber te tiro los trastos a ti, que eras quién me gustaba.

–          Me encanta ser el segundo plato –comentó Marta con sarcasmo.

Pasamos la tarde entretenidas entre historietas, pasteles, cafés y chistes malos. Marta había quedado con otra de sus musas, por lo que se marchó. Yo estaba muy cansada, pero María parecía dispuesta a exprimirme hasta la última gota de energía.

–          No deberías renunciar al amor. A mí no me ha ido muy bien. Es divertido estar cada noche con una mujer distinta, se aprender mucho, pero te despiertas sola, sin nadie que sea capaz de entenderte. Yo voy a dejarlo y te recomiendo que no sigas ese camino, porque solo conseguirás salir más herida.

–          No pensaba transformarme en una soltera de vida alegre, pero no quiero volver a pasar por los engaños, los celos y las gilipolleces que acompañan al ser humano. Necesito descansar. Ya estaba mal, pero lo de Luna me ha dejado hecha una mierda. No sé, creo que tengo algo desorientados los sentimientos. Pensaba que me había enamorado, pero apareció Nuria y ya no sentía lo mismo… Puf, estoy perdida y lo peor es que no sé desde cuándo.

–          Eso ahora da igual. Lo único que importa es que te has dado cuenta de lo que pasa, de cómo te sientes, y estás dispuesta a ponerle remedio.

Conocía poco a María, pero el tiempo que pasamos juntas terminó uniéndome a ella mucho. Era una buena persona, nunca había dudado de ello, pero ahora tenía la confirmación.

Mis hormonas andaban bastante desviadas, sentía el impulso de besar a mi nueva compañera de charlas, pero no creía que fuera lo más conveniente. Ella buscaba un amor duradero, yo no sabía si solo quería sentirme querida o algo de sexo. Pensaba que con la edad, las ideas irían tomando forma, consistencia, pero no era cierto, no es verdad que cuando creces empiezas a comprender las cosas, todo lo contrario, la vida se vuelve un camino con demasiada niebla que atravesar.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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