Capítulo 26

El verano se me estaba escapando entre los dedos. No dormía, apenas comía y mi techo era el objeto de mi obsesión. No podía continuar así. Tenía que salir. Lo mejor sería ir a ver a mi familia.

Mis padres son de un pueblo cerca de Valdepeñas, se volvieron allí cuando mi padre se jubiló. Era ferroviario y mi madre ama de casa. Mi hermana se marchó con ellos. Había estudiado Informática y montado un pequeño negocio de reparación de ordenadores. No era todo lo que cabía esperar de una mente tan privilegiada, pero el dinero nunca le importó, solo quería tener un trabajo en el que hiciera lo que más le gustaba, desmontar cosas.

La bienvenida fue apoteósica. No nos veíamos desde Navidades y en mi familia se enfatizan demasiado los sentimientos. Yo puse mi mejor sonrisa y fingí ser la persona más alegre del mundo. Mi hermana por fin había roto con el capullo de Iván. Un chupasangre que vivía de ella. Vi lo bien que estaba, lo mucho que se divertía con sus amigas, me alegró ver que volvía a ser ella.

Cuando era pequeña pasaba los tres meses de verano en el pueblo. Habíamos formado una cuadrilla que solo existía durante ese tiempo. Volví a quedar con ellas, pero todo era distinto, Se habían casado y la Madre Naturaleza les había dotado de unos niños gritones y maleducados a los que ellas veían con los ojos de un ciego. El rato que pasábamos juntas no dejaban de hablar de las genialidades practicadas por su progenie, que si uno decía “gugu”, que si el otro tenía un sobresaliente en ponerse el abrigo…, vamos, auténticos prodigios de la raza humana.

El único consuelo que me quedaba era María, una solterona como yo, con ganas de divertirse y sin ningún instinto maternal. Nunca habíamos hablado mucho, pero la situación parecía unirnos. Ella también vivía en Madrid. Trabajaba en una empresa alemana dedicada a la electrónica. Nunca habíamos quedado fuera del pueblo, supongo que porque tampoco se dio la ocasión.

–          Me alegro mucho de que hayas venido. Estaba hasta los cojones de tanto mocoso –me dijo cuando el resto se hubo recogido para atender a sus familias.

–          No me extraña. Creo que al parir, el cerebro segrega la hormona de la gilipollez, porque no es ni medio normal.

–          Pues así llevo una semana. Menos mal que el martes cojo el autobús y vuelvo al ruido, a los desconocidos y a no tener que aguantar niños ajenos.

–          Si quieres te acerco yo. No pensaba quedarme mucho tiempo y el martes me parece un día estupendo para escapar de aquí.

–          Muchas gracias. La verdad es que odio los viajes en autobús, pero no me queda otra. ¿Por qué no terminamos la noche en mi casa? Compré la de mis abuelos y la he reformado, así te la enseño mientras nos tomamos unas cervezas.

Había quedado estupenda. La edificación seguía conservando el encanto rural, pero el interior parecía traído directamente de Madrid. La casa era tipo loft, con muy pocas paredes. La decoración no podría resultar más acertada. Tonos blancos, negros y grises, con algún toque de rojo, que desviaba la atención hacia los rincones más atractivos. No había muchos muebles, pero sí una gran estantería que ocupaba todo el largo de una pared. Comencé a ojear las tapas de los millones de libros que allí se almacenaban.

–          Te ha quedado preciosa. Y la biblioteca me mata de envidia. Lo malo es que no puedo robártela, porque en mi piso no entra ni de coña.

–          No creo que la quieras. Tengo libros poco atractivos para el público en general, nada de Stephen King. Además, no sabes lo que es quitar el polvo hasta que no te enfrentas a ella.

–          La verdad es que no me suena casi ningún autor –argumenté mientras seguía cotilleando los títulos.

–          Son ensayos y novelas sobre feminismo. Ya te dije que no te gustaría.

–          Pues este no parece muy feminista. La portada es más bien fálica. ¿Susana Guzner?

–          En una feminista argentina.

–          Sé quién es –contesté mientras miraba con extrañeza a María-. ¿Por qué lees a esta mujer?

–          Me gusta sentirme reflejada en lo que leo.

–          Jajajaja. Esto sí que no me lo esperaba. Siempre me quejo de la sorpresa de la gente cuando se entera, pero ahora los comprendo.

–          ¿A qué te refieres?

–          Lees sobre temas en los que te sientes identificada. Lees a Susana Guzner, Susana Guzner escribe sobre romances. Esos romances son entre chicas. Entre chicas quiere decir que son relatos lésbicos. Por tanto, tú lo eres. ¿También tienes alguno de Mila Martínez?

–          No lo cuentes por ahí, por favor. Mis padres se morirían si se enteraran de que alguien más lo sabe.

–          A los míos les sucede lo mismo. Lo saben desde hace años, y aún esperan que llegue un hombretón que me haga cambiar de opinión.

–          ¿Tú…? –preguntó son extrañeza sin atreverse a pronunciar la palabra.

–          Sí. Sino, ¿de qué iba a conocer a esas autoras?

–          ¡Joder! Y yo que me pasé años separándome de tu lado para que no te dieras cuenta de cuánto me gustabas.

–          Pues lo hiciste estupendamente. Pensaba que no te caía demasiado bien.

–          Dos lesbianas en un mismo grupo. Hemos roto las estadísticas.

–          No, las estadísticas se compensan. Habrá otra pandilla que no cuente con ninguna. Pobres desgraciados…

El resto de días lo pasé genial. Mi madre estaba asombrada de todo lo que salía y mi hermana se enfadó un poco al no poder interrogarme sobre mis amoríos.

María y yo nos movíamos por los mismos ambientes, pero nunca nos habíamos encontrado, aunque supongo que, de haberlo hecho, nos habríamos escondido la una de la otra.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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