Capítulo 25

El resto del viaje lo pasé con mi libro, escuchando a K.T. Tunstall, gritando “Fuck you little princess, Who the hell do you think you are?”. No sé muy bien por qué, pero eso era lo que quería decir. No pude disfrutar mucho de los nuevos paisajes que se mostraban ante mis ojos, pero tampoco me importó, deseaba volver a casa. Me habían jodido las vacaciones, ahora tendría que pasar un caluroso verano en Madrid.

A penas vi a Luna. Cuando íbamos a cruzarnos ella cambiaba su rumbo. No sé si se sentía tan avergonzada que le atemorizaba enfrentarse a mí o había decidido respetar mi decisión. Marta continuó su romance con Nuria. Parecía irles bien, mi amiga no era una persona capaz de mantener largas relaciones, y aquello me sorprendió. Quizá había encontrado el amor que pasó tantos años buscando.

El crucero terminó y un avión me dejó directamente en Barajas. Lola había decidido ir a buscarme. Yo no quería que lo hiciera, no quería tener que enfrentarme a otra mujer, no podía, mis fuerzas se habían quedado en otro puerto.

Fuimos juntas hasta mi casa. Ella no dejó de parlotear en todo el camino, yo no abrí la boca, miraba por la ventanilla del taxi y callaba. Subió hasta mi piso, poniendo de excusa el peso de las maletas, cosa absurda cuando era el ascensor el que cargaría con mi equipaje.

–          ¿Qué ha pasado para que estés así?

–          Nada. Estoy bien. No sé si tengo algo para ofrecerte –me dirigí a la nevera, intentando cambiar el tema de conversación.

–          Es por una chica. Se nota a la legua. ¿Te ha hecho daño?

–          Un poco. Pero nada que el tiempo no solucione.

–          Gema, somos amigas. Si necesitas hablar, llorar, pegar a alguien, yo siempre estaré aquí para ti. Te debo mucho y me gustaría compensarte aunque solo fuera con mi amistad.

–          Muchas gracias, Lola. Me alegro de que te lo tomes así.

–          Sabía que encontrarías a otra, pero pensaba que te duraría algo más. ¿Es extranjera?

–          No. Es de Madrid. Pero no quiero hablar de ese tema, por favor. ¿Qué tal lo has pasado estos días?

–          Te eché de menos. La casa se me caía encima, así es que me uní a todas las fiestas que encontré. La verdad es que me he pasado un poco bebiendo y fumando porros, pero me divertí.

–          ¿Has encontrado ya a una chica de tu edad?

–          No tiene mi edad. Es mayor que tú. Me gusta mucho y yo a ella. Aún no nos hemos besado ni nada, quería hablar contigo primero.

–          ¿Conmigo? ¿Por qué? –no entendía el motivo de su espera.

–          Porque en cierto modo estábamos juntas, aunque no fuera de una manera convencional. Me sentía como si te estuviera engañando y preferí que era mejor contarte las cosas.

–          Espero que me la presentes pronto. Pero sigue sin gustarme que salgas con alguien que te saca tantos años.

–          El amor es una fuerza incontrolable que nos empuja a hacer las mayores locuras –hizo una pausa-. No sé quién lo dijo, pero estoy de acuerdo.

–          Tienes toda la razón.

–          Ahora tengo que irme. Me ha encantado pasar este ratito contigo –dijo besándome la mejilla-. Quedamos un día y te presento a Geno.

–          Cuando quieras.

Por fin sola, por fin en casa. Me alegraba mucho por Lola, no sé si de que se hubiera entusiasmado con una mujer o de no ser esa chica.

Marta me llamó mil veces, pero no tenía ganas de charlas. En la nevera me esperaban unos litros de cerveza que terminarían en mi estómago aquella tarde.

Pasé una semana encerrada. Ningún contacto con el mundo exterior. Salvo el repartidor de la pizza o del chino, no vi a nadie más. Ni encendí la televisión. Solo me tumbaba en el sofá y miraba el techo. Estaba hecha una guarra, olía peor que una cuadra, pero mi mente necesitaba un tipo de limpieza que el agua no me daría.

Mariví también intentó contactar conmigo. Al principio pensé en ignorar sus llamadas, pero luego creí que un polvo sin compromiso se llevaría algo del mal sabor de boca dejado por Luna. Me asee con mucho énfasis, casi tuve que recurrir a la nana para eliminar de mí esa pestilencia. Quedamos en mi casa. De allí no me movería en algún tiempo.

–          Vienes morena y más delgada. ¿Cómo es posible adelgazar en vacaciones?

–          La falta de apetito ayuda bastante.

–          He pensado mucho en ti. Tienes que contarme como es un crucero lleno de lesbianas.

–          Pues un Medea que flota. La mitad tenían más años que mi madre y la otra estaba tan drogada que no sabría decirte si se comportaban así por la edad o por la falta de raciocinio.

–          ¿Ligaste mucho?

–          No, ya sabes que yo no soy de ligar.

–          A mí me ligaste –se quedó pensando-. Podríamos ligarnos ahora.

–          Sí –afirmé con total rotundidad.

La ropa no me supuso un problema. No necesitaba mucha floritura, solo sexo, solo follar como un animal, sin pensar en nada que no fuera el próximo punto de placer que explotaría.

Nunca me había sentido tan sola. No me importó que Mariví se fuera nada más terminar, es más, lo preferí así. Quería llorar. Estaba perdida en mi propia vida. ¿Quería seguir viviendo? Claro, pero no así. Lloré.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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