Capítulo 24

Solo una puerta separaba a mi acosadora de mí. Por fin sabía quién era y comprendía el comportamiento de Marta en los últimos días.

Insistí e insistí. No creí que Luna tuviera un sueño tan profundo. ¿Se llamaría Luna realmente? ¿Cómo había accedido a mi casillero sin que nadie lo advirtiera? Las preguntas se iban amontonando al mismo ritmo que yo golpeaba su puerta. Por fin abrió y me colé como un atracador, dejando a mi víctima atónita ante las circunstancias.

–          ¡Eras tú!- dije mientras señalaba a Luna con el dedo.

–          ¿El qué?

–          Esto –contesté tirando la libreta de hojas rosas.

–          Lo siento. Esperaba que tardaras más tiempo, que te enamoraras de mí antes.

–          ¿Crees que perdonaría lo que me has hecho pasar? No tengo nada más que hablar contigo. No te acerques a mí. ¡Jamás! ¿Lo has entendido?

No esperé respuesta. Me fui. Lloré todo el camino hasta mi camarote, continué llorando en él, me pasé la noche contando lágrimas. Me acurruqué en los brazos de Marta. Ella me besaba la frente y acariciaba mi pelo. Aquello podía conmigo. ¿Dónde quedó la persona racional que era? ¿Lo fui alguna vez? Quizá solo eran ilusiones.

No dormí nada. Mis ojos estaban hinchados, demasiado como para salir de la cama. Marta insistía en que le acompañara a desayunar, pero yo no podía, no quería salir de mi refugio. Fue a por algo de comer. Yo no tenía hambre, pero insistió en que debía llenar mi estómago de cosas sólidas y no de preocupaciones. Llamó a la puerta. No había tardado mucho. Abrí y volví a esconderme bajo las sábanas.

–          Perdóname, por favor.

Mi cara se descompuso al escuchar esa voz. ¿Cómo no la había reconocido antes? Ya habíamos hablado por teléfono, debería saber cómo sonaba una persona que me amenazaba. La pena dejó espacio a la ira, que empujó mi cuerpo hasta estar a centímetros de Luna.

–          ¡Vete! Te dije que no quería volver a verte.

–          No es un barco tan grande.

–          Esta es mi habitación. Aquí no pintas nada.

–          ¿Estás enamorada de Nuria?

–          ¿Cómo dices? Sal ahora mismo.

Alguien abrió la puerta. Esta vez sí que se trataba de Marta. Ella pondría fin a todo aquello.

–          Te ha dicho que te vayas.

–          Marta, reconozco mi culpa, pero tú podías habérselo dicho mucho antes.

–          ¿Ahora me vas a culpar a mí? No tienes vergüenza.

–          Esto es algo entre Gema y yo. No deberías meterte.

–          Estás en mi cuarto, por lo que me meto donde quiero. Si no te vas ya, llamo a seguridad.

–          ¡Esperad! Marta, ¿te importa dejarnos a solas? –pregunté ante la mirada estupefacta de mi amiga.

–          ¿Podemos hablar como personas civilizadas?

–          No creo que tú lo seas. ¿Sabes lo mal que lo he pasado? ¿El miedo que he sentido? Eres muy guapa, no tenías que recurrir a esto para llamar mi atención.

–          Tú sí que lo eres. Incluso partiendo con ventaja, me sorprendió que te fijaras en mí.

–          No sé si eres idiota o gilipollas. ¿Cómo sabías que vendría al crucero? ¿Cómo dejabas las notas en mi casillero? ¿Dónde me viste por primera vez?

–          Te vi en el instituto. Están haciéndole una auditoría interna, parece ser que se están malversando fondos y yo soy la encargada de revisar las cuentas.

–          ¿Cómo entrabas en la sala de profesores?

–          Era la última en salir. La primera vez que te vi, yo estaba en Secretaría, hasta el cuello de papeles y cartas de pago. Tú entraste, y lo llenaste todo de dulzura. Sonreías, allí nadie sonríe, me sonreíste a mí, me diste los buenos días. Querías un formulario para pedir actividades extraescolares. Las administrativas parecían apreciarte mucho. Con el resto de los profesores eran agrias, pero contigo, todo era amabilidad. Me quedé mirándote durante los pocos minutos que permaneciste allí, deseando que no lo encontraran o se retrasaran por algún motivo. Quería contemplarte durante más tiempo. Eras radiante, fascinante, maravillosa –yo escuchaba con atención, al menos debía darle la oportunidad de explicarse o de resolver mis dudas-. Nos empezamos a cruzar por el pasillo, en la cafetería. Me mirabas, pero no me veías. Pensé que no eras lesbiana, no podía decirte nada y  terminar exponiendo mi trabajo, nadie debía enterarse de los problemas financieros del centro, solo lo sabía la junta directiva. Dejé la primera nota para ver si accedías a tomar un café conmigo, no pensaba dejarte más. Pero tú no viniste. Y fui dejando papeles, hasta que apareció tu amiga. Me prometió que vendrías, de hecho lo hiciste, pero casi ni miraste dónde yo me encontraba. Sé que no hay excusa para todo lo que he hecho, pero espero que entiendas el motivo.

–          Luna, me seguiste a casa, me llamaste por teléfono, has venido hasta aquí. ¿Cómo pensabas que iba a reaccionar?

–          Lo sé y lo siento. Se me fue la cabeza. Empecé a verte con otras chicas, Mariví, Nuria, Lola… No podía soportarlo. Fui hasta el bar de Ruth, escuché vuestra conversación sobre las vacaciones y pensé que era mi oportunidad de decirte algo. Marta ya sabía quién era yo, no había vuelta atrás y quería que comprobaras que no soy una loca ni una psicópata. Esta soy yo. La que te ha besado, la que ha hecho el amor contigo. No hay más. Sé que fui gilipollas, pero no puedo dejar de pensar en ti, de estar enamorada. No quieres verme nunca más, y lo entiendo, pero necesitaba contarte mi historia.

–          ¿No pensabas decirme la verdad?

–          Sí, pero cuando ya me quisieras. Vi cómo mirabas a Nuria, aún no era el momento. Nunca he sido una persona tan insegura, pero con todo lo relacionado contigo, me vuelvo paranoica. Has pensado en Nuria estos días, ¿verdad?

–          Sí. Y en ti. Estaba confundida. Todo se ha vuelto muy raro, Luna. Necesito estar a solas.

–          No me odies, por favor.

–          No te odio, pero tampoco quiero tenerte cerca.

Luna se fue sin rechistar. Marta entró unos minutos después. Se había quedado en la puerta, esperando, era una buena amiga y yo pensaba en follarme a su pareja. Quizá no era Luna la que estaba loca, quizá era yo la que había traspasado la barrera de la cordura. No me gustaba la sensación de perder el control, pero ya no tenía ninguno, ni tan siquiera sobre mí misma.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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