Capítulo 23

El mundo era inmenso y aquel crucero terminaba siendo el punto de encuentro de todas las lesbianas de mi vida. Nuria se había bronceado en esos días, su fina piel se veía casi por completo, pues su minúsculo bikini, dejaba poco espacio a la imaginación.

Luna me miraba con extrañeza. Acabábamos de empezar un romance y yo ya estaba mirando a otra con ojos de deseo. No podía evitarlo. Nuria era esa persona por la que yo perdía el sentido. Su acto de heroísmo al rescatarme de aquella acosadora, el rato que pasamos en una terraza sentadas o en su casa, hicieron que mi mente se volviera loca por ella. Qué estúpida me sentía. Tenía una mujer maravillosa a mi lado, que me gustaba, que me colmaba de placeres, pero yo seguía mirando a Nuria como la primera vez que nuestras miradas se cruzaron.

Necesitaba pensar. Esa noche preferí pasarla en mi camarote y no con Luna. Ella aceptó con resignación. Me tumbé en la cama y le di mil vueltas a mi cabeza. ¿Siempre tenía que desear lo que no podía tener? ¿Eran celos hacia Nuria o hacia Marta? A veces la estupidez humana no tiene límites.

Me había quedado dormida pensando en todas esas absurdeces que poblaban mi mente de miedos. La puerta se cerró con un gran portazo, oía risas. Me asusté. Encendí la luz y me encontré a Marta y a Nuria semidesnudas, besándose, tocándose. La imagen me resultó repulsiva. ¿Tenían que hacer eso en mi habitación?

–          ¿Qué haces aquí? –preguntó Marta.

–          Dormir.

–          ¿Estás bien? ¿Lo habéis dejado ya?

–          Creo que es mejor que me vaya. Nos vemos mañana –dijo Nuria, despidiéndose de mi amiga con un dulce beso.

–          Estoy bien. Solo quiero dormir.

–          ¿No vas a contarme qué te pasa?

–          No me pasa nada, ¡joder! –me levanté para ir al lavabo.

–          Bueno, si no quieres que hablemos, no pasa nada, pero sabes que estoy aquí.

Al pasar junto a la mesa donde nos ponían cada mañana el menú y el diario de abordo, algo llamó mi atención. Una libreta de color rosa. Miré con extrañeza a Marta, que se encogió de hombros. La cogí. La primera página estaba escrita.

Esta vez tenía clara la procedencia de aquellos anónimos, Nuria. Entré en cólera. Grité y grité, mientras Marta intentaba consolarme. Odiaba a Nuria, ya no tenía dudas de mis sentimientos, esa mujer se estaba aprovechando de mi amiga para acercarse a mí.

–          Tranquilízate, por favor Gema.

–          ¡No! ¡Es una zorra!

El aire me faltaba, el corazón me palpitaba a más velocidad de la que es capaz de aguantar un cuerpo sano. Caí o me dejé caer, no lo tengo claro. Todo era luz, una borrosa luz que me distorsionaba todos los sentidos. El dolor había podido conmigo.

Desperté en una habitación pequeña, sobre una camilla. Una enfermera bastante desagradable me miraba desde la distancia. No parecía sorprenderse de tenerme allí. Intenté incorporarme, pero las manos de Marta pararon mi intento por levantarme.

–          Despacio. Te has desmayado.

Me faltaban las fuerzas, estaba confusa, pero una cosa sí que era capaz de recordarla con claridad, mi odio por Nuria.

–          Nuria.

–          Está durmiendo. Venga, vamos despacio a la habitación.

Marta me obligó a tumbarme. Yo solo quería ir a estrangular a esa hija de puta.

–          Tú lo sabías. Tú la habías visto.

–          Sí. Intenté decírtelo, pero no me quisiste escuchar.

–          ¿Por qué estás con ella? ¿Es algún tipo de venganza?

–          No estoy con ella.

–          Pues bien que vinisteis a la habitación, besándoos, dispuestas a follar.

–          ¿Qué dices, Gema?

–          Que Nuria es la de las notitas.

–          ¡No!

–          No me lo niegues, todo cuadra.

–          Gema, no es Nuria.

–          ¿Quién más tiene acceso a nuestra habitación?

–          Luna, por ejemplo.

Se hizo el silencio. ¿Luna? ¿Había dicho Luna? No podía ser. Pero Marta era la única que podía decirme quién era ella. ¿Luna? Imposible.

–          ¿No me estás engañando para seguir tirándote a Nuria?

–          ¿Crees que haría algo así? He visto cómo estabas, el miedo que te infundía con cada nota o llamada que te hacía.

–          ¿Por qué no me lo dijiste?

–          Porque no querías oírlo.

–          Tengo que ir a verla.

La rabia se había adueñado de mi mente. Solo quería estrangular a Luna. Lo que más odiaba era que había conseguido lo que prometió, mis besos. Fui hasta su camarote y llamé con tanta insistencia que medio pasillo salió para ver qué pasaba.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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