Capítulo 22

Fui quitándole el vestido muy despacio, admirando cada centímetro de piel que se mostraba ante mis ojos. Su ropa interior, también blanca, no parecía tener ganas de seguir atada a un cuerpo, y la dejé sobre la silla. Nunca había tenido delante tanta perfección concentrada. Un cuerpo esculpido por Miguel Ángel, una mujer dotada de una delicadeza sensual inmensa.

Ella se afanaba en hacer el trabajo tan despacio como yo, pero sus manos temblaban con cada roce. Ansiaba más que yo ese encuentro. Su boca buscaba a su homóloga en mí. Su lengua no dejaba de saborear mi cuerpo. Yo estaba exhausta sin haber comenzado. Creí tener un orgasmo cuando sus manos se posaron en mi cadera. Me atraía hacia ella, dominando la situación, dominando mis movimientos. Me gustaba que fuera así, quería que ella fuera quien tomara las riendas de ese momento, ya lo haría yo más tarde u otro día, porque era ahí, con ella, donde sabía que debía estar.

Tendidas en la cama, desnudas, rozando nuestros cuerpos, colisionando millones de átomos que provocaban explosiones de placer. Mis manos se deslizaban por Luna como si ese fuera el cometido que tenían en la vida. Mis dedos aprendían Braille cuando mis besos le ponían la piel de gallina.

Todo fue despacio, a cámara lenta, como si se tratara de un momento que hay que enmarcar y admirar. También era dulce, tierno, pero sin dejar de lado la provocación que me producía cuando en sus contracciones se mordía el labio inferior.

Nunca había tenido una relación sexual así, tan comedida a la vez que deseada, tan pausada a la vez que excitante. Era la pieza del puzle que le faltaba a mi cuerpo. Se ajustaba a mí, como si la estuvieran moldeando al tiempo que yo me movía.

Me encantaba oír cómo sus orgasmos se apoderaban del hilillo de voz que mis manos le permitían tener, y soltaba un gemido largo e incontenible. Su respiración en mi oído, sentir sus pulsaciones por todo su ser. Era más que placentero, era una delicia que yo estaba dispuesta a saborear con cada uno de mis sentidos.

Pero llegó un momento en el que nuestros cuerpos no tenían fuerzas para continuar con las órdenes que los cerebros emitían. Tuvimos que parar, no por falta de ganas, sino por extenuación. Se tendió a mi lado, posó la cabeza en mi hombro y se limitó a mirarme. Yo tampoco era capaz de articular palabra, estaba conmocionada por todo ese cúmulo de sensaciones. Dormimos. La excursión se fue sin nosotras, no importaba, la exploración de la noche había más que satisfecho mis deseos de conocimiento.

–          Buenos días, chica guapa –me dijo con su voz aún dormida.

–          Buenos días. ¿Has dormido bien?

–          Muy bien. ¿Cómo no hacerlo si estaba agotada?

–          Sí, yo también estaba muerta.

–          Voy a pedir que nos traigan el desayuno y luego charlamos. ¿Te parece?

–          Sí, claro.

No sabía de qué teníamos que hablar. Supuse que quería dejar las cosas claras, que aquello había sido solo una noche de pasión y debíamos seguir actuando como si no hubiera pasado nada.

El desayuno llegó. Cafés, zumos, bollos, tostadas. Aquel almuerzo era digno de un marajá. Devoramos la comida como si hiciera días que nuestro cuerpo no ingería azúcares. Con las fuerzas renovadas, Luna continuó con lo que había dejado a medias.

–          No sé qué es lo que significa para ti lo sucedido anoche. Y me gustaría contar con tu opinión.

–          ¿A qué te refieres?

–          ¿Fue un polvo o te gusto lo suficiente como para intentar seguir conociéndonos?

–          Me gustas –confesé avergonzada-. Pero si lo que tú quieres es que esto se quede en una locura nocturna, no te preocupes, no voy a acosarte, ni nada de eso.

Luna me besó. Sonreía mientras continuaba besándome. Parecía sentirse aliviada por mi respuesta. Yo también sonreía. Con solo mirarla la vida se llenaba de claridad.

–          Me alegro, porque no sabría estar todos estos días viéndote, sin poder tocarte, quizá poniéndome celosa de que estés con otra.

–          A mí tampoco me haría mucha gracia que regalaras tus caricias por ahí.

–          Vamos a la piscina. No creo que podamos ir a ningún sitio más. Supongo que poca gente se habrá quedado. Quiero abrazarte rodeada de agua, sentir tu calor delante del mundo, porque me gustas muchísimo, Gema.

Si se hubiera tratado de otro tipo de crucero, seguro que la gente hubiera salido escandalizada por nuestra actitud. Allí parecía no importarle a nadie los largos besos que nos brindábamos dentro del agua, fuera de ella, en cada rincón del barco.

Las chicas regresaron a las seis. Una hora más tarde retomaríamos el rumbo. Yo fui a mi habitación, Marta estaba allí. Cuando me vio entrar, puso los brazos en jarra, frunció el ceño y empezó con un sermón sin mucho sentido.

–          Podías haberme avisado. No sabía dónde estabas. Te hemos esperado todo lo que hemos podido.

–          Pues del barco no iba a salir. Además, sabías que estaba con Luna. Nos dormimos tarde y esta mañana no fuimos capaces de levantarnos.

–          Vamos, que te la estás tirando –dijo enfadada.

–          No sé por qué te pones así.

–          Porque no me gusta que estés con ella. Esa chica…

–          Marta, me gusta mucho –interrumpí-. Quizá para ti sea una gilipollez, pero creo que me he enamorado. Cuando la miro, se me vuelcan las entrañas. No es solo por lo preciosa que es, también me llena en otros aspectos. Nunca me había sentido así, plena.

–          Yo ya te lo he advertido. No puedo hacer más –se giró y me dio la espalda.

El comportamiento de Marta me dolía, pero sabía que terminaría aceptando a Luna como parte de mi vida. Aunque era una cabeza loca, la vena maternal asomaba sus dientes de vez en cuando, y esta era una de esas ocasiones.

Volví junto a Luna. Ella notó enseguida que yo no me encontraba bien, pero no me preguntó nada al respecto, prefirió abrazarme. Me sentía protegida entre sus brazos, quizá, hasta ella también se hubiera enamorado.

En la cena, una nueva comensal se unió a nuestra mesa. Me quedé estupefacta al reconocer aquella cara, aquel cuerpo con el que pasé tanto tiempo soñando.

–          ¡Gema! No sabía que estabas aquí.

–          ¡Qué sorpresa! –dije ante la atónita mirada del resto de las chicas-. ¿Qué haces aquí?

–          Ya ves, a mí también me gusta estar rodeada de mujeres. Esta mañana he conocido a estas chicas, yo andaba perdida entre tanta inglesa, me rescataron y me han invitado a compartir mesa con ellas, lo que no sabía es que fueran tus amigas.

–          Me alegro mucho de que estés aquí, Nuria –afirmé mientras me levantaba a darle dos besos-. Esta es Luna, mi…

–          Novia –continuó ella.

–          Un placer. Bueno, voy a sentarme, que tengo un hambre… -se sentó y besó a Marta en los labios.

Parecía que yo no era la única a la que aquel día le había sorprendido el amor. No sabía si enfadarme o alegrarme por ellas. Marta era mi amiga y no se había dignado a decirme nada; Nuria me gustaba, pero no tanto como Luna, ¿o sí?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Capítulo 22

  1. Ale dice:

    Vaya… Tendré que apuntarme a uno de esos cruceros…

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