Capítulo 19

Los resultados de las pruebas fueron muy satisfactorios. En principio parecía haberse erradicado todo el tumor. Marta estaba pletórica, como si toda esa energía que había perdido en unas semanas, la hubiera recuperado con una consulta médica. Quería salir, divertirse, disfrutar aún más de la vida. Yo solo sonreía por ver de nuevo en sus ojos esa mirada tan intensa.

–          A mediados de julio hay un crucero lésbico. Vamos a pasárnoslo genial.

–          ¿Por dónde?

–          ¡Qué más da! Iremos todas, así es que no quiero excusas. Necesito tenerte cerca, eres una enfermera muy atractiva.

–          Sí, me apunto. ¿El médico te ha dado permiso para viajar?

–          Claro. Soy una mujer sana, en la mejor época de su vida.

Yo ya no tenía clases, pero debía terminar de corregir algunos exámenes e ir a las juntas de evaluación. Odiaba esas reuniones. Los profesores se sienten libres de insultar y menospreciar a cada alumno. Era horroroso ver cómo personas adultas creían ser más inteligentes que unos chavales que están empezando su vida. Solo serían unos días, luego rellenar informes para el Ministerio y por fin sería libre.

Al no haber alumnos, intentaba pasar el máximo de tiempo sentada en las escaleras del patio. El sol hacía resaltar los números, dotándoles de toda la belleza que les consumía durante el invierno. Siempre había vino y cervezas, las charlas entre compañeros resultaban menos estresantes, pues nuestro único tema de conversación era las vacaciones, nuestros viajes, los millones de destinos que nos quedaban por visitar, la comida exótica que perturbaría nuestra paz intestinal y los ligues de verano, que los más jóvenes, esperaban explotar al máximo.

En unas horas estaría en casa. Se acabarían los madrugones y los enfados. Podría ir de compras por la mañana, desayunar en una terraza, tomar el sol, preparar el equipaje. A las dos recogí mis cosas, vacié mi casillero y tomé la dirección de mi deseado sofá.

Al llegar, dejé todos los trastos acumulados durante el año encima de una mesa. Ya los ordenaría más tarde, en ese momento solo quería respirar en paz. Lola se pasaría a buscarme. Aún seguíamos juntas, en una especie de relación sin una definición específica.

–          Hola, cielo.

–          Hola, Lola. Pasa.

Parecía traer ganas de juerga. Yo estaba cansada, pero me dejé besar por mi compañera. Su cuerpo me producía escalofríos, lo que mitigaba el calor infernal que Madrid nos estaba regalando.

–          Gema, llevamos varios meses juntas y aún no hemos hecho el amor.

–          No estamos obligadas a hacer nada. Eres muy joven.

–          Te vas a ir quince días a un barco lleno de mujeres. Harás lo que quieras, porque no tenemos ningún acuerdo, pero me gustaría sentirte antes de que sea otra la que bese tus labios.

–          Nadie ha dicho que yo vaya a ligar y mucho menos que quiera hacer nada.

–          ¿Ni conmigo? Me muero de ganas de arrancarte la ropa. No deberíamos hablar –me agarró la mano y me llevó a la habitación-, solo sentir.

Comenzó quitándose la camiseta. La persiana estaba aún bajada, pero los pocos rayos que atravesaban la ventana me dejaban contemplar un cuerpo joven y hermoso. Su tacto era sedoso, su piel cálida. Yo comenzaba a sentir otro calor distinto, uno imparable. Llevaba mucho tiempo sin tener ese tipo de intimidad con otra mujer. Lo necesitaba más de lo que era consciente. Ansiaba sus roces, sus besos, que entrara toda ella dentro de mí.

Lola estaba perdida y asustada, pero lo disimulaba cubriéndome por completo con su lengua. Me estremecía. Oía sus jadeos, sus gemidos, eso me excitaba aún más. Quería más, la quería entera. Yo no sería la adecuada, pero le intentaría proporcionar lo que me llevaba pidiendo demasiado tiempo.

Hacer el amor es uno de esos eufemismos que la gente usa para que los demás crean que el sexo es algo tierno. Puede serlo, pero con Lola no. Era muy enfática, su frenesí se volcaba entre mis piernas. Mis manos entraron donde ninguna otra lo hizo antes. No hacíamos el amor, follábamos y a mí me gustaba que fuera así.

Si ella cayó rendida, yo caí desmayada. Su vivacidad me cautivaba, pero al mismo tiempo, terminaba con mis fuerzas. Parecía insaciable. Mis brazos no podían continuar con ese traqueteo, por lo que decidí continuar mis peripecias con la boca. Lola se revolvía, se imponía a sí misma no disfrutar de aquello que tanto le satisfacía, pero acabó rindiéndose a lo que ella denominó “eso sí que es correrse”. Unas veces tan madura, otras tan infantil, pero siempre, provocativa.

Ella quiso devolverme el favor, pero aún debía aprender algunas cosas, algunos movimientos. Terminó haciéndome daño, incomodándome. Tuve que pararla. Se disculpó mil veces, las mismas que yo le dije que no pasaba nada. Me pidió que fuera su maestra, pero eso es algo que cada una debe aprender con la experiencia.

A veces las lesbianas somos un poco idiotas. Creemos conocer el cuerpo de una mujer, saber lo que les gusta, lo que hacer en cada momento, pero nos equivocamos. Somos todas distintas. Solo hay una cosa que ayuda siempre, entender los movimientos y los ruidos de tu pareja en la cama. Si eres capaz de descifrar ese lenguaje, serás la mejor amante del mundo.

Nos levantamos de la cama cuando el sol hacía horas que se había escondido. Lola caminaba desnuda por toda la casa, yo preferí ponerme un pijama de verano. Me incomodaba comparar su joven cuerpo con mi añeja piel. Quizá hubiera pasado hacía muy poco de los treinta, pero cada día me sentía más senil.

–          Uis, una notita de amor. ¿Quién te la deja? –hizo una pausa-. Se parece a aquella que rompiste en el bar, ¿no? ¿Es de la misma mujer?

–          ¡Joder! Ya estamos otra vez. Deja que la vea.

–          No, no. Yo la leo, que siempre he querido saber cómo ligan las lesbianas.

–          Este no es un ligue, es una loca que me quiere amargar.

–          Pues dice cosas muy bonitas. Solo le falta poner “amor de mis amores” y cosas de esas que ponen en las poesías.

Había pasado mucho tiempo desde su último toque de atención, pero esperó hasta el último día de trabajo, para que así me fuera enfadada. Odiaba a aquella que se autodenominaba mi admiradora.

–          Pues parece que le gustas mucho.

–          A mí ella no. Ahora tira eso, que aún te queda mucho por aprender.

–          ¿Aprender? ¿De qué?

–          De cómo estremecer a una mujer utilizando solo la lengua.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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