Capítulo 18

En cuanto me enteré de la noticia, corrí a su casa. Ahora necesitaba que estuviera a su lado y la muy idiota ni me lo había sugerido. Estaba enfadada, muy enfadada. Llegué a su piso y llamé al telefonillo hasta que me dolió el dedo de tanto pulsar. Marta contestó escandalizada, y se quedó aún más sorprendida al descubrir que era yo quien con tanta insistencia quería que le abrieran la puerta.

–          ¿Qué tripa se te ha roto?

–          ¡Eres una gilipollas!

–          ¿Eso a qué viene?

–          Ya sé lo que pretendes y no lo vas a conseguir. No pienso odiarte, porque no te vas a morir. Voy a estar a tu lado, lo quieras o no, me da igual.

–          ¿Quién te lo ha contado?

–          ¿Quién lo sabe? –su cara respondió-. ¿Todas? Eres una hija de puta.

–          ¿Quién te lo ha dicho? –preguntó enfadada.

–          No quien debería haberlo hecho. Pero ni con esas te voy a odiar. ¿Por qué, Marta? ¿Por qué no has confiado en mí?

–          No te quiero a mi lado.

–          No me voy a mover, idiota.

Agarré a aquella estúpida y le di un abrazo. Ambas comenzamos a llorar. Yo por la pena que sentía y ella por el miedo, pues sus escalofríos le delataban. Nos besamos, pero no con la dulzura de aquella noche, fue un beso de rabia contenida, de rencor, de odio por tener que pasar por una situación como esa.

–          ¿Cómo está de avanzado?

–          Creen que con una mastectomía será suficiente.

–          ¿Sin quimio?

–          Eso espero. Me harán una lumpectomía. Solo me quitan las células cancerosas y lo que está alrededor. Con suerte no se habrá extendido.

–          ¿Cuándo?

–          El lunes.

–          ¡Joder, Marta! Voy contigo. No sé cómo puedes ser tan jodidamente idiota.

–          No quería preocuparte. ¿Quieres ver mi teta completa por última vez?

–          No creo que te quiten demasiado. ¿Cuánto mide?

–          Cinco milímetros. Me lo han cogido a tiempo. Gema, voy a perder mi pecho –volvió a llorar.

–          Eso no es así, y aunque lo fuera, seguirás siendo la mujer más guapa del mundo.

–          Lo dices para consolarme.

–          Te voy a contar un secreto. Hasta los veintitrés años, tú eras la imagen que predominaba en mis tocamientos nocturnos.

–          Jajajaja. ¿Por qué hasta los veintitrés?

–          Porque no resultaba demasiado saludable verte con otras y luego masturbarme pensando en ti.

–          Te quiero.

–          Yo también te quiero, estúpida. Jamás voy a perdonarte esto, que lo sepas.

–          ¿Vas a querer hacer el amor conmigo cuando esté tullida?

–          ¿Solo puedes pensar en eso?

–          Hiciste que olvidara todo este lío. Quiero que desaparezca, quiero que no exista.

–          ¿Quieres hacer el amor para olvidar que estás enferma? Eso es una estupidez. No nos podemos pasar de hoy al lunes follando.

–          Sí podemos. Hagámoslo.

–          Marta, por favor. Deja el tema. No voy a acostarme contigo.

–          ¿Es por Lola?

–          No es por nadie. Es porque no quiero.

El asunto del sexo pareció darse por zanjado. Pasé el fin de semana con ella. Hablamos de un millón de cosas. Recordamos nuestros años de juventud, vimos fotos y videos de entonces. Era divertido vernos corretear como cabras por el monte. Marta siempre sonreía. Ahora no. Parecía que el cáncer se había comido toda su alegría, todo el entusiasmo que le ponía a las cosas, todo el brillo que veía en los pequeños detalles.

Ella no me había hablado de su enfermedad y yo no había sido consciente de que algo le preocupaba. Aún me reprocho haber ignorado todas las señales que me mostraba.

El lunes fui a trabajar, pero mi cerebro se quedó en casa de Marta, acompañando las horas que le quedaban para ingresar. Volví corriendo, no me entretuve ni un segundo por el camino, a las cuatro teníamos que estar en el hospital. Le habían dicho que no comiera ni bebiera nada desde las nueve de la mañana y la pobre estaba que se caía por los rincones.

No tuvo derecho ni a una habitación. Estaba ahí tirada, con un montón de mujeres que esperaban la misma intervención. Yo estaba aterrada, pero tenía que parecer fuerte para que ella se sintiera mejor. No le solté la mano ni un minuto, hasta que se la llevaron al quirófano.

No sé cuánto duró la operación, pero Marta volvió despierta. La anestesia había sido local y ella parecía aliviada de que todo hubiera terminado. Aún quedaban los resultados de la biopsia, pero los médicos parecían optimistas sobre la extensión del carcinoma. Una hora después, estábamos saliendo por la puerta. Marta se quedaría en mi casa, no podía permitir que hiciera algún movimiento que le saltara los puntos.

–          Mira que sujetador me han puesto –dijo tras quitarse la camiseta-. Es más feo que el que llevaba mi abuela.

–          Pues a mí me parece que te queda muy bien. Resulta sexy. Vas disfrazada de pueblerina.

–          Gracias.

–          ¿Por qué?

–          Por estar conmigo, por ser así. Creo que deberíamos habernos casado.

–          Quizá te han drogado demasiado. Vete al sofá, prepararé algo de cena y te tomas el Paracetamol.

–          Sí, mamá –respondió imitando la voz de una niña.

Ver a mi amiga así era insufrible. Por las mañanas tenía que dejarla sola, no podía faltar al trabajo. Me pasaba el día pendiente del móvil, llamando cada hora para saber qué tal estaba, rozaba el acoso, pero ella parecía divertida por mi preocupación.

Cada tarde le ayudaba a ducharse. Su cuerpo seguía siendo tan perfecto como antes. Solo un apósito cubría su piel, y yo no podía dejar de envidiar a cada gota que escapaba de su cuerpo. Me prohibí tener esos pensamientos, pero me perseguían constantemente.

Lola me llamó cada día para saber cómo nos encontrábamos. Quería acercarse a mí y yo no le ponía las cosas demasiado fáciles. Por eso se coló con el resto de chicas que vinieron a visitar a Marta. Parecía necesitar una dosis de mí que yo no podía ofrecerle. Aun así, accedí a ir a mi habitación un rato con ella.

–          Sé que Marta no se encuentra bien, pero odio no verte.

–          No puedo dejarla sola. Lola, sé que quieres estar conmigo, pero es imposible. Sigo pensando igual. Soy demasiado mayor para ti.

–          Comprendo que debo demostrarte madurez. Esperaré el tiempo que haga falta. Quiero que lo intentemos. No me gustaría despertarme un día y pensar en que fue un error dejarte marchar.

–          No va a funcionar, Lola.

–          Eso ya se verá. No vamos a adelantarnos a los hechos, ¿no?

A veces parecía mayor de lo que realmente era. A veces yo era la niñata y ella la mujer responsable. Podría haber seguido discutiendo con ella, pero Lola decidió por mí cómo zanjar la discusión. Los besos siempre acallan las bocas. Mi cuerpo necesitaba más de lo que podía recibir en ese momento. Pero sus caricias hicieron temblar todos mis músculos.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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