Capítulo 17

Lola estaba empeñada en pasar la noche conmigo, pero yo me negué. Si quería una primera relación sexual, tendría que esperar hasta que yo considerara que estaba preparada para ello. Le acompañé en el taxi hasta su casa y luego volví a la mía. Un poco de soledad nocturna no me vendría del todo mal.

La noche había sido muy intensa. Notaba cómo mis procesos cerebrales empezaban a fallar. Ya no era la misma persona, ya no era capaz de abordar las situaciones según datos estadísticos y de probabilidad. Desde que Yoli se fue, mis relaciones amorosas habían sido con compañeras de trabajo, amigas y niñas, todo un carrerón para una mujer tan estricta en los cálculos como en su vida.

Llegué al portal. Una sombra impedía el acceso, pero, al verme, se levantó. La luz naranja de la farola desveló el rostro bañado en lágrimas de Marta. Se abalanzó sobre mí, y me abrazó. Tuve que corresponder ese gesto apretando su cuerpo contra el mío. No sabía cuál era el motivo que propiciaba aquel llanto, pero me dolía el corazón de ver cómo sufría.

Sin mediar palabra, me zafé de entre sus brazos y abrí la puerta. Subimos en el ascensor. Ella continuaba con su cabeza en mi pecho, avergonzándose de mostrar su vulnerabilidad. Entramos en casa. No se despegaba de mi lado. Creí conveniente prepararle una infusión, la tila le vendría bien, quizá así dejara de sollozar y emitiera algún sonido que yo lograra entender.

Pasó mucho tiempo antes de que dijera una sola palabra. Yo tampoco hablé. No creí conveniente empezar un interrogatorio viendo su deteriorado estado anímico.

–          Tienes un chupetón.

–          ¿Sí? –contesté sorprendida.

–          Quién con niños se acuesta, ya se sabe.

–          No me he acostado con ella, si es lo que te interesa. ¿Por qué os importa ahora tanto a quién me follo? Antes no me hacía nadie ni una pregunta y ahora me siento como una folclórica.

–          Porque antes no follabas –dijo aún entre lágrimas.

–          ¿Quieres que hablemos?

–          Te necesito de vuelta, Gema. Pensé que podría estar unos días sin hablar contigo, hasta que se te pasara el enfado, pero no puedo. Te quiero demasiado. Perdóname si he hecho que te sintieras mal, no fue mi intención. No fue un lío, a mí me encantó. Hubiera deseado repetirlo cada día, pero creí que era mejor dejarlo estar. Te conozco, sé que me quieres, sabía que lo que pasó te confundiría.

–          Si piensas que estoy enamorada de ti, te equivocas.

–          No me refiero a enamoramientos. Sino a que lo que sucedió te trajo recuerdos. Por eso estás con esa chiquilla. Nos vamos haciendo mayores y el ver que alguien joven siente interés por nosotras, nos hace pensar que aún no hemos perdido toda nuestra vivacidad.

–          Marta, yo solo quería que habláramos del tema. No te pedí nada más. Pero tú preferiste tener testigos, evitar una conversación que nos hubiera ahorrado todos estos disgustos. Y si crees que estoy con Lola porque recuerdo cómo era estar contigo en la cama, te equivocas. Me gusta, disfruto a su lado. Es verdad que me hace sentir viva, pero no solo por eso me enrollaría con una persona. Tú deberías saberlo si tan bien me conoces.

–          Hagamos el amor.

–          ¡No! –contesté enfadada-. ¿Crees que puedo ser una más de tus múltiples esclavas sexuales? No voy a pasar por eso, Marta. Estás siendo muy egoísta.

–          ¿Egoísta? Solo quiero hacer el amor con la única persona que amo.

–          Es un amor fraternal, no carnal.

–          Es amor. ¿Qué más da el tipo? ¿Sabes cuántos años hacía que no sentía tal pasión, tanto deseo por alguien? Más de quince. Quiero repetirlo, quiero volver a sentir.

–          Marta, no sé qué es lo que te pasa, pero yo no voy a jugar a esto. Es mejor que te vayas.

–          Esta noche no voy a moverme de aquí. Quiero hacer el amor contigo. ¿Es tanto pedir?

–          Sí lo es. Marta, vete. Estás empeorando las cosas. ¿No quieres mi amistad? Perfecto. Pero tampoco tendrás lo otro.

–          ¡Muy bien!

Marta salió de mi casa indignada, como si yo fuera la responsable de sus males. No entendía nada. Mi amiga nunca fue así. Algo le estaba pasando y necesitaba descubrir el motivo de su comportamiento. Sabía que Ruth pasaba mucho tiempo con ella, la llamaría a la mañana siguiente, así podría averiguar algo más.

Y eso hice. En cuanto me desperté, tomé mi café y llamé a Ruth. Ella se sorprendió de lo que yo le contaba, pero al mismo tiempo, parecía comprender ese comportamiento tan absurdo. Me recomendó que hablara con ella, yo le exigí que me contara lo que estaba sucediendo. Su respuesta me horrorizó, Marta se había hecho unas pruebas, tenía cáncer de mama. Con poco más de treinta años, sus células habían organizado una lucha contra el cuerpo que las alimentaba. ¿Por qué no me lo había contado? Lloré.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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