Capítulo 13

Mi vida se había vuelto muy complicada. Eché toda la culpa a los líos amorosos. Yo nunca había tenido tantas posibilidades, tantas mujeres a las que poder elegir, ni que me siguieran en cada uno de mis pensamientos. Supongo que con los años me he convertido en un ser atractivo, aunque jamás me haré a la idea. Siempre fui el patito feo, la chica de las gafas de pasta que solo pensaba en números. No me gustaba el deporte, ni los videojuegos, no me interesaban los chicos, ni las fiestas. Quería estudiar, dedicar mi vida a lo que amaba, el verdadero lenguaje universal, las matemáticas. La gente piensa que es el inglés, pero pocos de mi generación lo dominamos; otros creen que es la música, pero tan solo son ritmos que siguen pautas matemáticas, y no todos entendemos de un mismo modo cada nota o cada acorde. Sin embargo, los números son así, vayas donde vayas, siempre se comportan del mismo modo, interactúan con los signos, son dirigidos, ordenados, multiplicados por pequeños símbolos que nos alertan del estado de nuestras cuentas, de los prefijos telefónicos o de la velocidad a la que se debe circular.

Esa era mi vida, lo que más amaba. Dar clases era un instrumento para llegar a mi fin, descubrir los secretos delos números, las únicas cosas que nos se dan de forma natural, que han sido creadas. Ir al instituto cada mañana rejuvenecía mi cerebro. En las últimas semanas no sucedía así. Cambiaba mi recorrido, me fijaba en cada cara que veía, intentaba recordar cualquier hecho que me hubiera llevado a ese abismo. Mi tortura llegó a tal punto que pensé en recurrir a un psiquiatra. Las notas y las llamadas habían cesado, pero tenía miedo. Quizá era mi cabeza la que me volvía una neurótica, quizá nunca existió aquella admiradora y solo era mi cerebro el que formaba imágenes de color rosa. Ya no sabía qué podía ser real y qué no. Me encontraba al borde del colapso.

Marta venía cada día a ver cómo me sentía, pero no lograba que saliera de entre las sábanas. Me atemorizaba hasta respirar.

–          Eres idiota. ¿Vas a permitir que una colgada te destroce la vida? ¿Has luchado tanto para perderlo todo por ella?

–          ¿Qué quieres que haga?

–          Que te enfrentes al mundo, ¡joder! No se puede vivir con un cristal antibalas. Métete en la ducha y vamos a dar una vuelta. Las chicas están ansiosas por verte. No entienden lo que está pasando y yo no les puedo dar respuestas porque tampoco lo comprendo.

Marta me agarró con fuerza del brazo y me arrastró hasta el baño. Me quitó la ropa, yo intenté resistirme, pero el agua ya chorreaba por mi piel cuando quise zafarme. Marta estaba dentro de la ducha, conmigo. Parecía no importarle lo mojada que estaba su ropa, ni que yo me sintiera tan frágil. A veces la admiro, otras tantas tengo ganas de estrangularla. Se fue desvistiendo ante mi mirada impotente. Sacó la ropa húmeda de la ducha y me dijo: “Creo que tendrás que prestarme unos pantalones”. A mí me entró la risa, ella me acompañó con otra carcajada. Terminamos las dos, despelotadas y descojonadas, abrazándonos debajo del chorro de agua.

No sé cómo, una cosa llevó a la otra, pero sus manos y las mías terminaron enjabonando a la otra sin usar jabón. Sus dedos me recorrían, mi lengua perseguía sus escalofríos. Allí estábamos las dos, como hacía quince años, follando como si la vida nos fuera en ello. Pero había algo distinto, Marta ya no era una niña, su cuerpo era escandalosamente excitante y yo solo sentía el ansia de poseerlo.

El agua caliente se acabó en el momento más inoportuno, cuando ambas estábamos al borde del colapso. Marta me miró fijamente. Parecía tan desconcertada como yo. Otra persona hubiera salido corriendo, escapando de algún modo de aquella situación tan incómoda. Pero ella no era así, todo lo contrario. Cerró la llave del agua y continuó acariciando mi cuerpo. Yo me rendí ante el deseo. Hacía mucho que quería volver a saborear su piel, pero ni yo misma había sido consciente de aquello hasta aquel momento.

Terminamos arrodilladas en el plato de ducha. No nos abrazábamos, solo nos mirábamos. Ninguna de las dos concebía lo que acababa de ocurrir. No sentí vergüenza, pero tampoco estaba orgullosa. Temía que aquel affaire destrozara una amistad tan bonita.

–          Parece que no voy a necesitar esos pantalones.

–          ¿Qué ha pasado, Marta?

–          No lo sé. Pero sin malos rollos, ¿no?

–          Claro.

–          No pienso decirte eso de “hagamos como si no hubiera pasado nada”, porque sí ha pasado, sí he disfrutado y sí quiero repetirlo.

–          ¿Repetirlo? ¿Así piensas evitar malos rollos?

–          Vamos a repetirlo, y no pasará nada. Ya nos hemos acostado antes, ya nos dejamos llevar por la lujuria. Ahora somos personas adultas y, si entonces nos hizo más amigas, ¿por qué ahora debería separarnos?

Marta tenía razón, pero yo no estaba completamente segura de que quisiera continuar con toda aquella situación. Me hacía gracia contemplar cómo se paseaba desnuda por mi casa, cómo sus músculos se contraían con cada paso. La miraba, pero no atinaba a ver más allá de su cuerpo. El teléfono interrumpió su marcha y mi imaginación. Ella, muy decidida, descolgó.

–          No se puede poner. ¿Quién eres? –la otra persona respondía-. Ah, ya. Pues creo que con más motivo no se pondrá –otra pausa-. No, es que estábamos a punto de volver a hacer el amor. Si quieres llama mañana, hoy no creo que tenga tiempo. Buenas tardes –colgó.

–          ¿Quién era?

–          Nadie que importe ahora.

Se acercó a mí y continuó besándome. Mi mente quería apartar sus labios, pero mi cuerpo necesitaba más de aquellos roces. Ya no era un juego de niñas, pero me seguía resultando una novedad. Hablando era tan dura, que sorprendía que sus caricias, su presencia en mi cama resultara algo tan tierno.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Capítulo 13

  1. littleparrot dice:

    Vale… me voy a dar una ducha xD

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