Capítulo 11

Pensaba que Nuria sería mi admiradora, y en vez de eso, una niñata era la responsable de mi estado de ansiedad.

–          ¿Quién coño eres tú? ¿Te parece bonito? Hablaré con el director, no se puede acosar a una profesora. ¿En qué coño andabas pensando? Dime cómo te llamas. ¡Joder! Una puta adolescente ha conseguido meterme el miedo en el cuerpo. ¡Dime tu nombre!

–          Mire, señora. Yo no sé qué está pasando aquí, pero no me debería faltar al respeto. Una mujer me ha dado diez euros por entregarle esto. ¿Si no lo quiere puedo quedarme el dinero?

–          ¿Qué me tienes que dar? –la chica me tendió otra de esas horribles notas rosas-. ¿Quién era? ¿Cómo era?

–          No sé. Una tía normal. ¿Me puedo ir ya?

–          Sí. Y perdóname, pensaba que eras otra persona. No pretendía insultarte.

Mi cita se había ido al garete y yo le había montado un buen pollo a una muchacha que solo quería ganarse unos eurillos. De todas formas, ¿qué clase de persona quiere conocerme y manda a otra para darme una nota? Esto ya rozaba el surrealismo.

Otra vez me quedaba con la duda, enfadada y mirando a mi alrededor a ver si conseguía distinguir una mirada que se centrara en mí. Nada, solo la misma gente gris que corría cada tarde por la ciudad. Me sentí defraudada hasta la saciedad. Tenía que ver a alguien. Las chicas estarían en el local de Ruth. Me fui directamente para allá.

Mis amigas estaban sentadas, riendo, tomándose unas cervezas. Mi mundo se paraba, pero la vida parecía continuar más allá de mis fronteras. Me uní a ellas. Marta también estaba. Con solo mirarme era capaz de saber qué estaba pasando en mi cabeza. Me apartó a un lado.

–          ¿Qué ha pasado?

–          Me ha mandado a una cría para darme otra notita. No sé qué hacer. Quiero saber quién es, pero, al mismo tiempo, me da miedo descubrir que es Nuria.

–          ¿Por qué no le dices a Nuria que venga por aquí y te digo si es ella?

–          No sé. Ya te digo que me da miedo.

–          ¿Tanto te gusta esa chica?

–          Sí, me gusta.

–          Y si es ella tu admiradora, está claro que también le gustas, ¿no?

–          Sí.

–          ¿Cuál es el problema?

–          Pues que quiero que me invite a cenar, que me roce con disimulo, que me bese sin que lo espere, que me diga cuánto le gusto antes y después de hacer el amor.

–          Claro. Y ya puestas, si quieres le lanzas tu larga trenza por la ventana y que trepe por ella. Eres la persona más extremista que conozco. O todo raciocinio o todo fantasía.

–          Es verdad. Yo no soy así. Me voy a olvidar del tema. Dejaré las notas y me centraré en mi vida. Se acabaron los rollos y las historias de amor absurdas.

–          La más extremista… -concluyó.

Dejé a un lado todo aquello. Había ido a pasarlo bien, y eso hice. Unas risas con mis niñas y mi cabeza parecería un folio en blanco. Un teléfono suena, es el mío. Miro la pantalla, no aparece un nombre, solo un número que no reconozco. Siempre recuerdo todos los números, este no me ha llamado nunca. Descuelgo.

Al otro lado de la línea, Mariví. Quiere que vaya a su casa. Quiere repetir la noche anterior. Yo no sé si quiero. No pienso repetir ropa nuevamente. Me sentí sucia hasta que pude llegar a casa y cambiarme. Debo decidirme. ¿Sexo durante horas o un buen libro, descansar y ropa limpia?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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