Capítulo 9

El sexo sin compromiso no era una de mis aficiones, pero tampoco creí que ninguna de las dos quisiera algo que fuera más allá de eso. Teníamos que aclarar los términos del acuerdo.

–          Si hacemos esto, ¿qué significará?

–          Pues depende, si se nos da bien, un polvazo; si va mal, pues un intento de dos chicas de tener un orgasmo.

–          No me refiero a eso. Quiero decir, si nos acostamos, ¿qué seremos mañana? ¿Volveremos a lo de siempre? ¿Querrás intentar tener una segunda cita para afianzar una relación? ¿Te colmarás de ira al descubrir que para mí solo fue sexo?

–          No creo que ninguna de las tres opciones sea la correcta. Pero la primera es la que más se asemeja. No volveremos a estar como antes, porque nos habremos acostado, seremos algo más que compañeras de trabajo, quizá amigas, quizá de vez en cuando queramos echar otro, no lo sé. Pero si te preocupan los posibles celos o malos entendidos, tranquila, eso no va a pasar. Yo no busco al amor de mi vida, solo algo de cariño con quien compartirlo en este momento. De todas formas, me parece horrible tener que analizar algo tan visceral.

–          Vale. Hagámoslo.

–          Así se me quitan todas las ganas. ¿Eres siempre tan insensible?

–          No soy insensible, más bien racional.

En ese momento creí haber jodido la oportunidad de saborear el cuerpo de Mariví. Ella tenía razón, yo estaba intentando analizar unos datos que son imposibles de cuantificar. No entiendo por qué nunca era capaz de relajarme, siempre tenía que sopesarlo todo. En este caso, era normal, éramos compañeras de trabajo, no podía dejar al azar lo que pudiera acontecer después.

Me acerqué a ella, yo temblaba. Mariví me miraba con incredulidad. No era común que yo diera ese primer paso, pero esta vez me tocaba hacerlo.

Le quité su ajustada camiseta negra. Su ancho cinturón se me resistió algo más, pero era la llave que abría la puerta de sus pantalones vaqueros. Mariví comenzó a imitar mis movimientos, como si jugáramos a los espejos sexuales. En pocos minutos, toda la ropa estaba en el suelo, yo sobre ella en el sofá, y sus manos entre mis piernas.

Tenía un cuerpo precioso, cuidado hasta el extremo, se notaban las horas de gimnasio y eso me avergonzaba bastante. Pero no podía parar de besarla, de pasar las yemas de mis dedos por cada pliegue de su piel.

Ella se estremecía, yo me contraía. Nuestros cuerpos, víctimas de los impulsos eléctricos, parecían estar cortocircuitados por la presión, el roce, el olor.

Sus manos alienaron mi cuerpo, una enajenación transitoria me volvió un ser sin cerebro, un zombie rendido a los movimientos y gestos que ella me brindaba.

Me gustaba acariciar su firme pecho, cogerlo entre mis manos y llevarlo a mi boca. Me gustaba su sabor, el de toda ella.

El zenit parecía no llegar, yo no quería que llegara. Deseaba estar así durante horas, quizá días, porque era asombroso sentir cómo me poseía su calor.

Caímos exhaustas, rendidas a los placeres más carnales. Mariví recostó su cabeza sobre mí, yo acaricié su alocada melena. Me gustaba notar cómo nuestras respiraciones se acompasaban. Adoraba sentir el tacto de su espalda en cada caricia.

No sé quién se durmió antes, pero sí, que nos despertamos en esa misma postura. Ya había anochecido cuando abrí los ojos. Ella me miraba y sonreía, yo le devolvía el gesto.

–          Estás preciosa cuando duermes, ¿lo sabías?

–          Nunca me he visto dormida. ¿Qué hora eres?

–          ¡Qué poco romanticismo por la mañana! – se giró para consultar el despertador-. Las cinco.

–          ¡¿Las cinco?! –contesté desconcertada- Tengo que irme.

–          ¿A dónde? Es muy temprano. Quédate y jugamos otro rato.

–          Tengo que ir a ducharme y cambiarme. A las ocho tengo la primera clase.

–          Yo también. Quedan tres horas. Una para hacerlo otra vez, otra para ducharnos y hacerlo nuevamente y ya nos iríamos y desayunamos allí.

La verdad es que me parecía un plan muy apetecible, pero mi duendecillo interior creía más conveniente seguir con mis horarios establecidos. Me dio igual lo que dijera mi conciencia, porque, sin darme cuenta, ya estaba jadeando en el oído de Mariví.

La ducha fue la más apasionada que haya tenido en mi vida. Esa mujer sabía cómo ponerme contra la pared e impedir que moviera un solo músculo. El agua tibia caía sobre nuestros cuerpos, y el mío rebosaba por cada poro.

Nos dio tiempo a tomar un café, desnudas. Era fascinante ver su cuerpo desnudo, correteando de un lado a otro. Al fin se sentó a mi lado. Cogió la taza, comenzó a beber y su mano izquierda volvió a posarse sobre mi entrepierna. Yo la miré con la expresión de “no puedo más”. Ella se resignó, no sin antes mirarme con una sonrisa de satisfacción.

Salimos de casa a las siete y media. Tendríamos quince minutos para meternos algo más consistente al cuerpo. Las calles estaban vacías, el mundo parecía haber cambiado en nuestra ausencia nocturna. El airecillo me revitalizaba en vez de contraerme. El olor no era denso, sino fresco. Creí estar en medio de un campo, sin edificios, sin ruido, sin gente, solo Mariví y yo.

Una voz me llamó desde el otro lado de la calle. Nuria. ¡Qué guapa estaba! Tuve que desechar ese pensamiento. Me acababa de despertar junto a otra mujer. No podía pensar en su cuerpo desnudo, cuando aún sentía el de Mariví sobre mí. Parecían conocerse. Me había vuelto egoísta y quería ambos cuerpos para mí sola.

–          No sabía que vivierais cerca –dijo Nuria con tono policial.

–          No –contestó Mariví-, ayer se nos hizo tarde y se ha quedado a dormir en mi casa.

–          Ah, ya –respondió algo decepcionada-. ¿Lo pasasteis bien?

–          Muy bien –mi cara era indescriptible, y mis miradas de odio, insuperables.

–          Me alegro.

Fuimos las tres juntas al instituto. El ambiente estaba enrarecido. Todo lo bonito que aquel día me había ofrecido, se esfumó con la conversación. Nuria no era tonta, sabía a qué se refería Mariví, y creo que ella lo hizo apropósito. Creí que me libraría de toda la locura que los celos provocan, pero estaba muy equivocada. Encima, aquellas dos, parecían ser amigas, por lo que pronto se enteraría de lo que realmente había pasado.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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