Capítulo 8

La comida fue mucho mejor de lo que esperaba. Mariví y yo, frente a frente, hablando de un millón de cosas: el instituto, los profesores, los alumnos, las teorías matemáticas, la facultad. La verdad es que resultó ser muy divertido. Conseguía hacer ameno hasta el más arduo tema de conversación.

–          ¿Te apetece tomar el café en mi casa? No vivo lejos –debió ver mi cara de alucine y especificó-. Solo como amigas, prometido.

Acepté sin ninguna resignación. Me lo estaba pasando genial y quizá aquello no concluyera en un “solo como amigas”. Quizá a mí también me gustaba.

Tras unos diez minutos de paseo, llegamos a su piso. Vivía en uno de esos edificios antiguos, de grandes portones, que había sido rehabilitado. Su casa era muy grande, enorme comparada con la mía. Desde luego ella sabía administrarse el sueldo mucho mejor que yo.

–          No la compré vendiendo aprobados –parecía capaz de leerme la mente-. Estuve casada con un abogado y esto es lo que me quedó de nuestra relación.

–          Pensaba que eras lesbiana –dije algo confusa.

–          Y lo soy. Al igual que él era gay. Supongo que por eso creímos estar enamorados, por eso nos casamos y por eso nos divorciamos. Ambos nos dimos cuenta de que aquello no funcionaba porque en realidad queríamos otro tipo de pareja a nuestro lado. Ahora es mi mejor amigo. Incluso fui testigo en su boda.

–          Vaya, qué relación tan curiosa.

–          Sí. Es todo un poco raro. La gente piensa que nos juntamos para acallar los rumores, pero no es cierto. De verdad creíamos amarnos. Éramos jóvenes, de un pueblo, llegamos a Madrid y todo se nos hizo grande. La compañía mutua era lo único que teníamos. Yo me saqué la oposición, él resultó ser un mago con las leyes y nuestra situación económica mejoró sustancialmente. Él se quedó con el piso de Goya y yo con este. Y fin de la historia.

–          Me gusta. Aunque supongo que el darte cuenta de tu homosexualidad tuvo que ser complicado estando casada.

–          Fue él quien me lo dijo primero. Yo lo acepté tiempo después. Pero ya pasó. Ahora soy una lesbiana convencida. Perdona, a veces se me olvida que la gente no se siente demasiado cómoda hablando de estos temas.

–          ¿Por qué? A mí me parece una historia muy interesante.

–          No sé. Supongo que los heterosexuales tenéis miedo a lo desconocido o yo que sé.

–          Habrá de todo, digo yo.

–          Nunca me has hablado de tu novio.

–          Eso es porque no lo tengo.

–          Pues no entiendo por qué. Eres una chica fantástica. Si fueras lesbiana te saldrían novias por todas partes.

–          Pues yo no veo ninguna.

–          Porque tendrías que ser lesbiana.

–          Soy lesbiana. Y no me salen novias, ni amantes, ni rollos por ningún lado.

A Mariví se le descompuso la cara. La gente solía tener esa reacción cuando les hablaba de mi sexualidad. Es verdad que no lo gritaba a los cuatro vientos, pero tampoco es que me escondiera. Ser lesbiana forma parte de quién soy, de cómo soy.

–          No me lo creo –sentenció entre risas-. Aunque está bien escuchar a un heterosexual salir del armario. Es raro, pero divertido.

–          Que es verdad. Soy lesbiana. De esas de toda la vida. Nunca he estado con ningún chico. Mi primera novia es mi mejor amiga. Éramos unas niñas cuando empezamos. Mi vida amorosa no es muy extensa, pero te aseguro que soy cien por cien lesbiana, bollera, tortillera o como coño quieras denominarlo.

–          ¿Por qué no me lo dijiste antes?

–          Porque somos compañeras de trabajo, porque solo hablamos de trabajo y porque nuestra relación se centra en el trabajo. Tú tampoco me lo habías dicho hasta que no surgió.

–          Tienes razón –concluyó mientras se acercaba peligrosamente a mí-. Me gustas mucho, me gustas desde hace demasiado –continuaba su andadura-. No puedo dejar que te vayas sin intentar besarte. ¿Seré correspondida o tendré que agachar las orejas?

No supe qué responder y tampoco me dio tiempo a ello. Se pegó a mi cuerpo, me robó todo el oxígeno que mi espacio personal contenía, y me besó. No sé definir cómo resultó, pero no estuvo mal. De pronto, un agobio inmenso se apoderó de todos mis sentidos, separando a mi compañía.

–          Lo siento –su cara parecía triste.

–          No te disculpes, por favor.

–          ¿Estás con alguien? ¿Lo he hecho muy mal? Hace mucho tiempo que no estoy con nadie y los nervios me pueden. Lo siento, de verdad –intenté interrumpirle, pero no hubo manera-. He forzado mucho la situación. Pensé que si habías accedido a venir siendo lesbiana, era porque te gustaba. Perdóname. No volveré a hacerlo. ¡Joder!, ¡qué vergüenza!

–          Cálmate. Me ha gustado mucho el beso. Claro que me gustas, me encantas. No hay nadie en mi vida. No tienes razones para disculparte, ha estado muy bien. Pero no nos podemos meter en esto, Mariví. Trabajamos juntas. Si las cosas no funcionan, nos tendríamos que seguir viendo. No te hablo de una relación, con un simple rollo, todo puede irse a la mierda.

–          ¿Vamos a dejar que el trabajo nos separe? Quiero besarte, abrazarte, achucharte, acariciarte. Deseo verte desnuda, hacerte el amor hasta que caigas rendida en mis brazos.

–          No me digas esas cosas. ¡Qué vergüenza!

–          Pero es la verdad. Deja que te quite la ropa, que te recorra entera con mis manos, con mi lengua, con toda mi piel.

La tesitura en la que me encontraba no era fácil. En un lado de la balanza estaban mis relaciones laborales, en el otro el fogoso cuerpo de Mariví. ¿Qué elegir?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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