Capítulo 4

Me levanté del taburete y me dirigí a la puerta. No podía con todos los temores que inundaron mi mente. Salí corriendo y no paré hasta llegar a casa de Marta. Tampoco quería ir a la mía, podía seguirme, saber dónde vivía, si es que no lo sabía ya. Necesitaba protección, necesitaba a Marta.

–          ¿Cómo ha ido?

–          No ha ido.

Le conté cómo me sentía. Ella reía. No creí haber hecho ningún chiste. El miedo que sentía era totalmente racional, por mucho que el temor en sí no lo sea.

–          ¿Qué crees que va a hacerte?

–          Ni lo sé ni lo quiero saber. ¿Puedo quedarme a dormir?

–          Claro que sí. Pero no creo que hayas hecho bien. La gente no es mala, deberías ver la bondad humana en su esencia.

–          Y tú las noticias, con todos esos pirados que andan por ahí sueltos.

–          Eso son cortinas de humo. Así, al hablar de la crisis, nos centramos más en la sangre y las vísceras.

–          ¡Qué gilipolleces dices!

Pasé aquella noche en casa de Marta. No me sentía tan a salvo como esperaba. Cualquier ruido me despertaba. Incluso soñé que una especie de vampiresa trepaba por la farola y se metía en mi cama, chupándome la sangre, abriéndome en canal y cogiendo mi corazón para guardarlo de recuerdo en la vitrina de los trofeos que tenía en su cueva. El sueño fue tan real y aterrador, que me desperté con el dolor de los mordiscos en mi cuello y el de sus uñas en mi pecho. Aún notaba cómo me iba desgarrando los tejidos, cómo me arañaba e introducía sus finas manos dentro de mí. Fue espantoso.

Por la mañana regresé al instituto, intentando convencerme de que todo aquello no había ocurrido. No fui andando, como hacía cada mañana, cogí un autobús. No quería pasar por callejones con una acechadora en mi vida.

Una vez acomodé mis cosas en el departamento, me fui al aula. Como cada día, me hacían ir a la primera clase para después tener un millón de horas libres entre medias. No había forma de librarse y salir antes de las tres.

Bajé a la sala de profesores. Mi casillero estaba lleno de publicidad de los comercios de la zona, revistas de profesores, propaganda de los sindicatos, trabajos de alumnos y mi ya tan habitual nota rosa. ¿Quién podía entrar en aquella estancia, dejar una nota y que nadie reparara en ello?

No sé si me sorprendía más que supiera que tomaba tila o que desconociera que soy lesbiana. Quizá no me seguía tanto como pensaba. A lo mejor solo me veía en la cafetería.

¿Dejarle una nota en mi casillero? Qué decisión más difícil, ¿de qué color usaría el papel? Menuda gilipollez, ni notitas, ni hostias. Lo único que quería era que me dejara en paz, volver a mi vida.

Menos mal que era viernes, porque no podía aguantar ni un segundo más en ese instituto. Necesitaba libertad, salir, beber. Sí, necesitaba una cerveza con urgencia.

Quedamos sobre las diez en el VIP’S de Gran Vía. Una cena en buena compañía haría que olvidara los miedos que me habían perseguido durante toda la semana. Hoy querían que saliéramos por Chueca, no es que me hiciera mucha gracia la idea, pero había que ceder a los instintos primarios de mis amigas de vez en cuando. Marta no salió esa noche, tenía un encuentro con una de sus múltiples “musas”, como le gustaba llamar a las mujeres que inspiraban en ella algún sentimiento.

No recuerdo en qué locales estuvimos, pero sí lo bien que lo pasé. Supongo que las chicas y el exceso de cerveza ayudaron bastante. Había conseguido olvidar las notas, el dolor que aún sentía al recordar a Yoli y todos lo exámenes que estaban esperándome en casa para ser corregidos.

Somos un grupo bastante heterogéneo, supongo que por eso siempre liga alguna, y esa noche fue mi turno.

–          Hola –dijo una chica mientras me tocaba el hombro para llamar mi atención-. Me llamo Esther. ¿Puedo traerte otra cerveza?

Yo continuaba con las risas y el buen rollo, por lo que acepté de muy buen gusto la invitación. No me gusta mucho relacionarme con gente desconocida, pero el alcohol desinhibe, y a mí me había vuelto una persona totalmente social.

Bailamos, intentamos hablar, cosa imposible dado el volumen de la música, nos reímos, se incorporó a nuestro grupo, al que también adjuntó a sus amigas, que parecían emocionadas por las nuevas presas que se abrían en su campo de visión.

El bar estaba lleno, hacía mucho calor, la gente me empujaba. Un día cualquiera, aquello me hubiera molestado, pero no ese. Me gustaba sentir el roce, la alegría compartida, las ganas de fiesta.  Esther me instaba a salir, quería mantener una conversación conmigo. Yo no estaba segura de querer abandonar el ambiente festivo por una conversación que seguramente no llegaría a buen puerto. Aun así, accedí, después de haber aceptado una cerveza, qué menos que aceptar su solicitud.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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