Capítulo 3

Aquella proposición me tentó en un principio, pero luego deseché la idea. Podía ser un alumno riéndose de mí, un profesor casado que quería echar un polvo, o cualquier persona rara que decidiera que yo era una buena víctima para su broma. Por supuesto, no acudí a la cita. Continué con mis planes como si aquello nunca hubiera pasado.

A la mañana siguiente, otra nota me esperaba.

Ya estábamos otra vez con las dichosas notitas. Aquello me ponía nerviosa. No quería ir, no quería conocer a alguien de esta manera. No era justo, él sabía quién era yo, y yo no sabía nada de él. Además, seguro que era cosa de algún tío, y no me gustan los chicos, por más que el mundo insista en que no parezco lesbiana, lo soy. No sé qué le da a la gente con las apariencias, yo no puedo adivinar el color preferido de nadie solo con mirarlo, ¿cómo coño van a saber ellos con quién quiero acostarme?

Siempre me indignó que la gente prejuzgara, y más en temas sentimentales. Cuando eso me pasaba, recordaba una canción de una cantautora poco conocida, Tiza (http://youtu.be/zgODU0f0XkA), que dice así:

“Vivo en mi isla de las intenciones,

no tengo por qué dar más explicaciones,

de con quién me acuesto, con quién me levanto,

de lo que no digo, de lo que me callo.”

Esa tarde, en vez de acudir a mi encuentro con el príncipe azul, montado en su hermoso caballo blanco, quedé con Marta. Me pareció un plan mucho más interesante.

Le mostré las notas que había guardado en mi bolso. Ella estaba emocionada por la romántica idea de tener un admirador secreto. A mí me avergonzaba y me enervaba. Me gusta controlar mi entorno, saber qué va a pasar, con quién, cómo.

–          Se me ocurre una idea –dijo Marta produciendo en mis piernas una ligera temblequera-. Voy yo y te cuento cómo es por teléfono. Quizá hasta te hagas heterosexual y puedas llevar una vida convencional, con una familia tradicional. Sería divertido. La nueva Gema, profesora y madre.

–          ¡No digas gilipolleces!

–          ¿No sientes curiosidad?

–          Sabes que sí. Vivo de la curiosidad, soy de ciencias. Pero no quiero ir, no quiero tener que decirle a un compañero que no me gusta, que me va más la profesora de Música.

–          ¿Y si es la de Música?

–          Creo que no. Tiene sesenta años, cuatro hijos, está divorciada y tiene un lío con el de Educación Física.

–          Vaya, ¡qué partidazo! Espérame aquí, voy, cotilleo y te llamo.

Podría haberme negado, pero no hubiera servido absolutamente de nada. Marta era un espíritu libre, lo que significa que iba a hacer lo que le diera la gana, sí o sí. Me preparé una infusión ayurvédica, se supone que sanan el cuerpo y el alma, un rollo budista o algo así, pero están buenas.

Me senté en el confortable sofá de Marta. Me bebí el líquido que contenía la taza. Trasteé con el móvil. Respondí un par de mensajes. Miré el teléfono. Puse la tele. Joder, al final hasta estaba nerviosa. ¿Y si resultaba ser una hermosa damisela que terminaba en los brazos de Marta? Deseché la idea. Mi amiga nunca me haría algo así. Pasó más de una hora, y Marta no llamaba.

La puerta se abrió. Por fin traía noticias. Corrí a su encuentro. Su cara reflejaba satisfacción, lo cual no sabía si era una buena señal o no.

–          Di algo, joder.

–          Es una chica.

–          ¿Una chica? No sé quién puede ser. ¿Cómo es?

–          Vaya, para no tener ningún interés en este tema, qué bien lo disimulas.

–          ¡¿Cómo es?! –pregunté alzando la voz.

–          Es muy guapa. Parece simpática. Tiene una voz bonita.

–          Con esos detalles no me sacas de dudas. Descríbela, por favor –la impaciencia podía conmigo.

–          Pues es como tú de alta, con el pelo castaño, los ojos marrones. Vestía vaqueros, una camiseta rosa en la que ponía New York, zapatillas de lona.

–          No se me ocurre quién puede ser. Quizá no vaya así vestida al instituto.

–          Le he dicho que irías.

–          ¿Qué le has dicho qué? ¿Has hablado con ella?

–          Claro, no iba a ir para nada. Ya te dije que parecía simpática y tenía una voz bonita.

–          No puedo ir. ¡Qué vergüenza!

–          Pues me la quedo yo.

–          ¡Y una mierda! ¿Y si es el amor de mi vida?

–          No lo es –contestó Marta con rotundidad.

–          ¿Cómo lo sabes?

–          Porque esa soy yo. Eso nos juramos en la adolescencia, ¿no?

–          Sí –me descolocaba siempre-. Tú siempre serás el amor de mi vida. Pero quiero otro amor, de otra forma distinta a ti. Por lo menos que me dé algo de sexo.

–          Entonces ve. O quédate y mantenemos un encuentro sexual. Siento curiosidad por ver qué has aprendido en estos años –dijo sonriendo.

No sé si fue por el miedo a perder la oportunidad de conocer a una mujer que parecía ser maravillosa o por la situación tan incómoda que Marta había provocado al hablarme de mantener relaciones con ella. Sabía que lo había hecho para que me fuera, pero, aun así, siempre me trastocó mucho que tocara ese tema con tan poca delicadeza. Sabía que lo hacía porque para ella también fue algo importante, y no le gusta demasiado que las cosas puedan superarle, pero a mí me dolía que lo hiciera con algo que fue y es tan importante para mí.

Llegué al Café de las Letras casi pasadas las siete. Deseaba que mi admiradora hubiera decidido abandonar la espera. Entré con mucho ímpetu, pero la vergüenza tardo pocos segundos en mostrar su cara. El ambiente estaba muy cargado, o a mí me faltaba oxígeno.

Miré cada una de las mesas, sin reconocer ninguna cara. Ya que estaba allí, me tomaría una tila, a ver si así podía tranquilizarme un poco. El camarero me la sirvió junto a un sobre. Al ver mi cara, me dijo que se lo habían dejado hacía una hora y que tenía que dárselo a la chica que pidiera una tila en la barra. ¿Quién coño podría saber qué iba a pedir y dónde? Abrí el sobre y un papel rosa apareció bajo la solapa.

Mi cabeza no se atrevía a mirar, no estaba segura de querer averiguar quién era esa persona. En una situación normal, calcularía los riesgos y decidiría el nivel de daño al que me podría ver expuesta, pero nunca me había encontrado en un momento así, con una admiradora secreta que me contemplaba desde algún rincón del bar. ¿Cuántas veces habremos estado en esta misma situación? ¿Cuántas veces me había visto tomar una tila en la barra de un bar? ¿Y si era una loca? Tenía que serlo para conocerme de esa forma. Tenía miedo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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3 Responses to Capítulo 3

  1. littleparrot dice:

    Con lo miedosa que yo soy, me encuentro una nota de esas y no me separo del spray de pimienta ni dormida.

  2. littleparrot dice:

    Uy… qué va! Todo fachada…

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