Capítulo 1

Hablaba con mi compañera de departamento, aunque no tenía el cuerpo para charlas. Sabía que había tomado la decisión correcta, es mejor soltar amarres y no mirar atrás, que terminar envuelta en una asfixiante relación, en la que ambas hubiéramos sido moribundas y engañadas.

Me alegraba de que fuera la hora de irme a casa. Necesitaba tiempo para mí. Me despedí de mis alumnos y del resto de profesores que aún pululaban por ahí. Al volverme hacia la salida, allí estaba, como había estado cada día. Sentada en su coche, esperando a que yo me subiera. Mis piernas se movieron de forma inconsciente hacia ella, pero pude frenarme a tiempo. Nuestra relación había muerto. En realidad nunca estuvo viva. Yo fui quién la mantuvo, pero Yoli solo tenía otro nombre en su cabeza, yo era el clavo de Laura.

La noche anterior me había hecho la fuerte. Había dejado que volara, que corriera a sus brazos. Le di la oportunidad de alejarse de mí de una forma honesta. Pero por dentro deseaba que me confesara que aquello había acabado, que se había enamorado de mí, que nunca más pensó en ella. Yo me lo hubiera creído, como cualquier cosa que saliera de su boca. No lo dijo, y no hizo falta. Vi su cara en el rencuentro, vi cómo se le escapaba lo poco que sentía por mí, cómo se difuminaba ese cariño, para perderse en los ojos de Laura.

Mis amigas piensan que soy idiota. “Demasiado racional para ser bollera”, dicen. No es que no me deje arrastrar por las pasiones, pero una vez fui yo la que estuvo presa en una relación sin futuro, no quiero que nadie se sienta así estando a mi lado.

La edad construye unos pequeños cajoncitos en nuestro cerebro, lo cuales llena de experiencias, recuerdos, vivencias, conocimientos. Cada uno decide qué cajón abrir en cada momento. Yo los abro todos. Podría quedarse oculto algo que me llevara a tomar la decisión equivocada.

Estaba enfadada. Yoli había venido a buscarme, me había hecho dudar de mi decisión. Vio cómo me giré y, cuando fue consciente de lo que estaba haciendo, las ruedas de su coche desprendieron humo. Me había convertido en una rutina más en su vida. Me dolió.

Cuando mis relaciones llegan a su fin, no me quedo en casa encerrada, no tengo motivos para avergonzarme. Siempre intento dar lo mejor de mí, si funciona, bien, pero si no funciona, bien también. Nunca he tenido ninguna que funcionara, y no voy a cambiar cómo soy. Los cambios de personalidad nunca sirven, solo intentan crear una cortina de humo hacia los demás y un doloroso muro en el interior de una.

Quizá mis amigas tengan razón, soy muy racional. Creo en el amor por encima de todas las cosas, pero no en un amor romántico, sexual, fraternal. Creo en el amor en su esencia pura, sin dobles sentidos, sin engaños, sin fingir. Un amor natural y sano, reducido al mínimo, pero expuesto al máximo. Por eso dejé que se fuera, por eso lo haría una y mil veces.

Esa tarde quedé con Marta. Mi fiel paño de lágrimas. Sabía perfectamente lo que iba a decirme: “esa tía no merece que estés así, tú vales mucho”. Sus palabras siempre eran las mismas y nunca lograban que me sintiera mejor, pero su compañía conseguía que me desahogara y notara una liberación del dolor.

Marta y yo somos amigas desde siempre. Nos conocimos en el colegio. Nos sentábamos juntas en clase, estábamos juntas en el recreo, al salir de la escuela, los fines de semana. Siempre juntas. Mi madre decía que parecíamos “las gemelas de la muerte”. No sé que se pensaría la pobre mujer que hacíamos en nuestros ratos de ocio. Solo hablábamos. Primero de muñecas y dibujos animados, luego de series y chicos, después de exámenes y secretitos, para concluir en una pseudo-relación afectivo-amorosa y una confesión de nuestra homosexualidad.

Todo fue muy natural con ella. Su mente siempre estaba abierta a cualquier cosa que al resto del mundo nos extrañara o sorprendiera. Ella lo analizaba como una persona adulta y racional y terminaba concluyendo que el ser humano es un mundo inexplorado. Me gustaba su forma de ver las cosas, de explicármelas, de hacérmelas comprender. Por eso ahora es una de las decanas más demandadas de España.

Nuestro amor duró lo mismo que dura una estación, tres meses. Tiempo en el que exploramos nuestra sexualidad, el cuerpo de una mujer, los besos con lengua. No había celos, ni envidias. Nosotras éramos nuestras propias dueñas. Esa ha sido la única relación que he considerado realmente pura en todos estos años.

No sé muy bien por qué acabó. Simplemente dejamos de tener ganas de acariciarnos y, como el resto de cosas, lo hicimos al mismo tiempo. Supongo que por eso aún seguimos siendo amigas, aún nos queremos como no se podría querer en otras circunstancias. No hay tensiones sexuales, no hay arrebatos de celos, ni intentos de controlar las parejas de la otra. Solo estamos ahí, siempre, se nos necesite o no, la una para la otra.

Quedamos en su casa, para no variar. Marta es muy suya con sus cosas y le encanta estar rodeada de sus bienes más preciados, los libros. Allí se siente segura y a mí me hace sentir bien, me atiende con dulzura, sirve buen café y su sofá es mucho más cómodo que el mío de oferta del IKEA.

–          Bueno, Gema, es una relación más que incorporar a tu vida. Tómalo como una experiencia, como un cambio, los cambios suelen ser a mejor. Yo cada día te veo mejor.

–          Lo sé. Pero comprende que me duela. Sabía que esto pasaría, pero, encontrar a alguien con quien poder charlar de cualquier cosa, con la que se pueda tener una conversación dinámica, que te haga sentir especial y cómoda y con la que, además, te compenetras en la cama, es bastante complicado.

–          ¿Qué echas más de menos? ¿El sexo o la relación?

–          Todo. Una cosa llevaba a la otra.

–          Eso es un pez que se muerde la cola. Las relaciones no deben basarse en ese sistema, porque terminan siendo rutinarias. Estoy segura de que conocerás a alguien que te haga sentir de ese modo, que te dé todo lo que Yoli te ofrecía, pero, que además, sea capaz de sorprenderte cada día.

–          ¿Cada día? Eso es imposible –contesté con rotundidad.

–          El mundo ha de sorprenderte cada segundo.

Marta siempre miraba así a la vida, con ojos de un recién nacido. Veía belleza en cualquier parte, positivismo realista lo llamaba. Me hubiera encantado tener esa inteligencia emocional, ser capaz de disfrutar de cada gotita que nos brinda un instante. Yo no soy así, yo soy la racional, mi inteligencia se basa únicamente en el cálculo detallado de cada hecho para su posterior análisis e incorporación a la base de datos de mi cerebro.

Yoli supuso un antes y un después en mi vida. No fue mi primer amor, ni el segundo, probablemente no sería el último; pero, tras ella, lo que vino después, fue de todo menos convencional.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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