Día 48

Desperté con los ojos hinchados. Había llorado más de lo que recordaba. Hice lo de siempre, desayuné, me duché, me vestí y me dispuse a ir al trabajo. Pero esa mañana, una nota asomaba por debajo de la puerta. Pensé que serían los del agua y que la había obviado la noche anterior. La dejé en el suelo y me marché.

Ese día se había vuelto muy raro. A las tres salí del trabajo y mi coche se condujo solo hacia el instituto de Gema. Cuando estaba a punto de aparcar, me di cuenta de que nuestra relación había acabado, y no tenía motivo para estar allí. Aun así, esperé. Quería verla salir por última vez.

Sonó el timbre, la puerta se llenó de adolescentes gritones. A los pocos minutos apareció ella. Charlaba con una compañera y parecía divertida. Esperaba que estuviera fatal por separarse de mí, pero no era así, estaba como siempre. Se despidió de su amiga y, al girarse, me vio. Dio un paso hacia mí, pero rectificó el rumbo. Yo arranqué el coche y me marché.

Todo aquello me estaba desbordando. Me sentía apenada por la pérdida de Gema, pero, al mismo tiempo, aliviada de que hubiera sido de esa forma.

El regreso a una casa vacía me resultó desconsolador. Solté las cosas y cogí aquel dichoso papel. Tenía que apuntar los números del contador antes de que se me olvidara. Desdoblé la hoja y resultó ser una carta de Laura. ¿Cuándo la habría dejado?

“Hola, cielo.

Sé que no te apetece mucho leerme, pero espero que lo hagas. Me he quedado hablando un rato con Gema y Carmen. Me han contado que estás bien. Me alegro, cariño. Gema me ha dicho que se iba a retirar de mi camino, parece una buena chica, le gustas de verdad, pero ella piensa que aún me quieres a mí. No sé si será cierto o no, pero debo intentarlo.

Estos meses han sido muy duros sin ti. Sé que no has leído ni uno de los correos que te mandé. Siento que te estuvieras tan herida como para mandarlos a la papelera sin saber qué contenían. En resumen, solo te decían cuánto te he echado de menos, cuánto te amo y cuánto deseaba que estuvieras allí junto a mí.

No sé qué es lo que piensas o sientes ahora mismo. Pero creo necesario que hablemos. Por favor, no rehúses mi petición.

La vida se ha vuelto difícil e inútil sin ti. No sabía que te amara tanto, hasta que te perdí del todo. Deja que sea yo quien intente recuperarte esta vez. Haré lo que haga falta, esperaré como tú me esperaste a mí. No pienso dejarte escapar…”

El timbre de la puerta interrumpió mi lectura. Lo que hacía falta, Puri en acción.

–          Anoche hiciste mucho ruido. Me da igual qué hagas en la calle, pero esta es una casa decente.

–          Esta es mi casa y haré lo que me dé la gana. Como vuelvas a subir a molestarme, llamaré a la policía.

–          Llama, llama, a ver si así te encierran por depravada.

–          Sí, seguro –contesté con ironía-. Fuera de mi casa ahora mismo.

–          Pues vendré siempre que quiera.

–          ¿Qué está pasando? –preguntó una voz que provenía de detrás de Puri.

–          La que faltaba. No forniquéis, porque iréis al infierno. ¡Furcias! –dijo marchándose.

Al menos la llegada de Laura había sido fructífera. Yo tenía su nota en mi mano, cosa de la que se percató. Hice un gesto y pasó dentro.

–          Veo que al menos conseguí que leyeras algo.

–          No la he terminado.

–          Mejor, así puedo decírtelo yo.

Laura se fue acercando a mí, consiguiendo que yo retrocediera, hasta que la pared me puso freno.

Sus manos se extendieron hasta tocar mi cara. Yo intenté resistirme. Aquella mujer estaba empeñada en usar la técnica del acoso y derribo, no podía dejar que ella fuera la que dominara en todas las situaciones, incluida mi vida.

–          ¡No! –grité.

–          ¿Por qué? Ahora no me vengas con que estás enamorada de Gema y ya no te gusto. Porque al igual que ella, yo también fui consciente de cómo me mirabas. Incluso de la cara que tienes solo por leer la carta.

–          No confío en ti, Laura. Si te amaba era en parte porque tú te habías ganado mi amor. Te fuiste, te importó más tu dinero que yo. No puedo olvidarlo. No puedo perdonártelo.

–          No me fui por dinero, me fui para mejorar mi empresa. Te pedí que vinieras conmigo. Fuiste tú quien no quiso.

–          No me eches a mí la culpa de tus decisiones. Es mejor que te vayas. Tú piensas una cosa, yo todo lo contrario, y no pienso ceder.

–          ¿No quieres que lo intentemos? Haré lo que haga falta para que vuelvas conmigo.

–          Está bien. Harás lo mismo que yo tuve que hacer. Te arrastrarás detrás de mí como si fuera la última mujer en la tierra, mendigarás mis besos, buscarás mis muestras de cariño en la basura. Quizá así entiendas cómo me siento.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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