Día 45

Estaba enfadada, con Laura, conmigo. Habíamos dejado pasar la oportunidad de tenernos, únicamente por miedo, por el miedo irracional de sufrir, ahora lo estábamos pagando.

Sabía que se había marchado, pero aprovechaba mis ratos libres para sentarme en un banco frente a su casa. Deseaba que aquella conversación no hubiera sido real y ella apareciera entre el tráfico para abrazarme.

Me estaba torturando aquella situación. No podía quedar con las chicas, me recordaban a ella, no podía mirar fotografías, porque me dolía el corazón. Echaba tanto de menos a Laura, que no pensé que pudiera pasar página en la vida. Pero tenía que salir del pozo, tenía que levantarme y afrontar que mi vida seguía adelante, que no podía estancarme en unos sentimientos que eran inservibles si no la tenía cerca.

Volví a meterme en foros y chats, quería salir, explorar nuevos lugares, ubicarme en el mundo, pero, sobre todo, en mi vida. Quedé con varias muchachas para tomar algo. Parecían agradables. Pero pisar las mismas calles que transitaba con Laura, me apenaba en demasía.

En una de mis citas, conocí a una chica bastante atractiva. Se llamaba Gema. Podía pasarme horas hablando con ella y que el tiempo pareciera durar un segundo. Era una fuente de conceptos y conocimientos, lo que lograba que mi cerebro no se centrara en Laura y sí en la conversación.

Cada vez quedábamos más días. Ella sabía por lo que yo estaba pasando, y me apoyó en todo momento. Era un soplo de aire fresco en mi colapsada vida.  Conseguía que deseara salir del trabajo para poder verla. Intenté no hablar mucho de Laura, terminaba siendo monotemática, y eso aburría a cualquiera.

Después de una larga noche de charla, invité a Gema a mi casa. Los bares estaban cerrando, pero nuestra conversación me ensimismaba tanto, que no quería dejarla a medias. Ella accedió, argumentando que no le vendría mal beber algo de agua.

–          ¿Le dijiste eso? Jajaja, ¡qué fuerte, yo me hubiera quedado como una idiota mirando!

–          Claro, es que me gustaba mucho. No iba a dejar que alguna pelandrusca me robara a quien yo creía el amor de mi vida –contestó.

–          Hiciste bien. ¿Fue el amor de tu vida?

–          No, está claro que no. Me dejó por una de sus amigas.

–          Vaya, lo siento –lamenté.

–          No lo sientas, fue lo mejor. Ahora estoy aquí, contigo, conteniéndome las ganas de besarte.

–          ¿Quieres besarme?

–          ¿Quién no querría?

–          No creo que sea buena compañera ahora mismo. Sabes por lo que he pasado. No sé si puedo enfrentarme a nada más.

–          Te lamentabas de no haber hecho algo cuando pudiste. ¿Quieres que mi beso se añada a esa lista?

–          No –respondí  con rotundidad.

Y ella me besó. Su tacto era cálido, sus besos dulces, sus manos suaves. Me envolvió en dulzura y yo me dejé llevar. No sabía ni que me sentía atraída por Gema, pero cada vez que nuestros labios se unían, las ganas de más me desbordaban.

Me fue quitando la ropa tan despacio que no sé en qué momento me quedé desnuda. Era apasionada, pero no de una forma agresiva, más bien dulce. Me recorría haciendo que sintiera más excitación, jugaba con sus manos, con mi cuerpo, con su lengua, con mi boca. Quedé exhausta solo con los preliminares. No podía contener por más tiempo los nervios que me empujaban a devorarla.

Nada más comenzar, yo ya estaba gimiendo, no creía que fuera a durar mucho. Por todos los medios intenté apaciguarme, pero Gema no me daba ninguna tregua. Un minuto después, un orgasmo escapó de mí. Al principio me sentí avergonzada, hacía mucho que nadie me tocaba, pero tampoco era como para ser una orgásmica precoz. A mi amante no pareció importarle, pues sus manos seguían sobre mi cuerpo. Había cambiado el rumbo, pero veía cómo se acercaba el mismo destino.

Perdí la cuenta de cuántas veces follamos esa noche, pero quería repetirlo muchas más. Gema era incansable, y sus movimientos sobre mí no permitían que mis fuerzas flaqueasen.

–          Me ha encantado pasar la noche contigo –confesó Gema.

–          No más que a mí. Creo que podría pasarme el día entre las sábanas si tú me acompañaras.

–          Te acompaño –contestó sonriendo.

Había una leyenda urbana que decía que las lesbianas se inventaban los multiorgasmos y las amantes perfectas. Yo no había conocido a ninguna que me hiciera pensar que ese cuento no era cierto, y aún menos, después de aquella noche.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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