Día 44

Creí haber metido la pata hasta el fondo. Laura parecía no querer levantarse del suelo y yo no sabía dónde meterme. Me había costado mucho esfuerzo conseguir la mesa, tuve que encontrar otra exactamente igual y pedirle al dueño que me la cambiara. Por supuesto pensó que yo estaba loca, pero accedió.

Los segundos pasaban, y Laura no daba señales de vida. Tenía que hacer algo, por lo que yo también me agaché. Me la encontré sentada, mirando embobada lo que yo había tallado en la madera. Parecía estar llorando, no sabía si era por pena o porque odiaba mi regalo hasta ese límite.

–          ¿Cómo has podido? –me dijo entre lágrimas.

–          Lo siento, de verdad. Perdóname, por favor. Me la llevo ahora mismo –me disculpé mientras me agarraba a la maldita mesa y me incorporaba para poder sacarla de su vista.

Laura saltó sobre mí y caímos ambas sobre mi culo. Estaba confusa, pero todo se desvaneció cuando sus besos se unieron a mis labios. Tenía todo su cuerpo sobre mí, sus caricias atravesaban mi piel para clavárseme en lo más profundo. Quise saborear cada momento, porque no sabía cuánto duraría aquel arrebato de pasión. Retuve cada instante en mi memoria, eso era lo único que deseaba que mi mente conservara el resto de mi vida.

Al parecer sí le había gustado mi regalo, o era tan malo que se tuvo que abalanzar sobre mí para no tener que reconocerlo. Estaba inmersa en un mar de inseguridades.

No sé si fueron horas o minutos el tiempo que Laura permaneció sobre mí, pero fue la experiencia más intensa que había tenido hasta ese momento.

Como empujada por una fuerza misteriosa, se apartó de mí y volvió a llorar, pero esta vez, de una forma desconsolada, mientras me gritaba: “No puede ser, no puede ser”. Yo no entendía qué quería decirme.

–          ¿He hecho algo mal? Si no te gusta me lo puedo llevar. Laura, dime algo, por favor –supliqué.

–          No puede ser –repitió-. Ahora no.

–          No pasa nada, te doy todo el tiempo que necesites.

–          Ha sido el mejor regalo que me han hecho nunca –dijo interrumpiendo mis disculpas-. Y solo siento que quiero besarte, pero no puede ser.

–          ¿Por qué? Laura, por favor, explícame las cosas, porque no entiendo nada.

–          Me voy a vivir a Estados Unidos.

–          ¿Cómo? –grité sorprendida.

–          Sí, estoy ampliando la empresa allí –continuó mientras seguía sollozando-. Tengo que irme.

–          ¿Cuánto tiempo?

–          Mínimo tres meses. No puedo dejarlo, ya sabes lo que siento por mi empresa.

–          Lo sé, pero me duele, entiéndeme tú a mí.

–          A mí también me duele. Pero no puedo hacer otra cosa.

–          ¿Cuándo te vas? –pregunté resignada.

–          La semana que viene –mi mirada no podía expresar mejor mi sorpresa-. Me enteré ayer y quería que tú fueras la primera en saberlo, por eso te hice venir hoy.

–          ¿Vas a volver?

–          Sí, claro que sí. La sede seguirá estando en Madrid. Ahora tengo que ir a buscar oficinas, contratar gente, arreglar los papeles –hizo una pausa-. Vente conmigo.

–          ¿Qué? No puedo, aquí está mi trabajo, mi familia, todo.

–          ¿Todo? Puedes pedir una excedencia, tu familia seguirá aquí, como el resto de cosas. Te contrataré, haré lo que haga falta si decides venirte conmigo.

–          No, Laura, no voy. Aún no estás segura de nuestra relación. No has meditado la propuesta, te ha salido así. Hoy solo me has besado por la emoción, nada más.

–          No era emoción, es amor. Te amo y que me trajeras la mesa en la que te apoyaste aquel día mientras me mirabas, me ha parecido el detalle más bonito del mundo.

–          Sí, pero no me niegas lo que te he dicho.

–          Da igual si lo había pensado o no. Te lo estoy pidiendo ahora. Vente conmigo, Yoli.

–          No. Laura, no puedo más. He dado vueltas a tu alrededor durante meses, me he sentido como una acechadora y no he recibido nada por tu parte. ¿Crees que voy a dejar mi vida por una relación inexistente y que no sé si va a funcionar?

No di tiempo de réplica. Me levanté y hui de su casa. No podía permanecer más tiempo en la misma sala que la mujer que me había roto por dentro. Lloré durante todo el camino. Sentí rabia, dolor, amor, pena, no sé, un millón de sentimientos que terminaron desbordando mis lacrimales.

Pasé toda la semana enclaustrada en mi casa. Solo salía para ir a trabajar y comprar algo de comida, pero nada más. Mi móvil no se encendió en todos esos días. Quería que se fuera, y esta vez sin hacer ruido.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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