Día 43

Estuvimos quedando cada noche durante semanas. Las chicas también nos acompañaban. Aunque no estábamos solas, sí que la sentía cerca de mí.

Con el transcurso del tiempo, nuestra relación fue estrechando sus lazos. Nos llamábamos cada día, a la hora de comer y nos contábamos todo lo acaecido hasta el momento. Luego, por la noche, nos tomábamos algo, incluso había días que conseguía que dejara la cerveza y fuera a bailar con ella.

Todas pensaban que estábamos juntas, pues nuestra complicidad era evidente. Nos cuidábamos y nos mimábamos, pero siempre desde la amistad.

Laura me había convencido para perdonar a Carmen. Así es que le llamé. Ella insistió en que quedáramos ese viernes, Esther también estaría, por lo que obligué a Laura a que me acompañara. Ella era quien me había metido en ese jaleo.

Fuimos a cenar las cuatro. Carmen y Esther eran una pareja inaguantable. Todo el rato dándose besos y haciéndose arrumacos. Menos mal que Laura mitigaba el horror que me producía toda aquella situación. Intenté ser simpática, olvidar lo que me habían hecho pasar. Alguna de ellas metía la pata de vez en cuando, comentando acontecimientos pasados, pero Laura me sostenía la mano cuando sucedía, y mi mente se centraba únicamente en su tacto. Parecerá un gesto banal, pero me ayudó a sobrellevar la noche.

Por fin era hora de despedirse. La alegre parejita agradeció que hubiéramos quedado, y nos felicitó por nuestra relación. Quise aclararlo, pero Laura se enhebró a mi brazo y me atrajo con fuerza, sonriendo y agradeciendo su brindis.

–          ¿Por qué no les has dicho la verdad? –pregunté una vez nos hubimos alejado de ellas.

–          Nuestra situación es cosa nuestra. Además, a mí no me importa que me emparejen con una mujer como tú, es más, me enorgullece –dijo mientras provocaba en mí un enrojecimiento facial.

Esa noche tampoco subió a mi casa. Yo no se lo pedí, ya lo había hecho muchas veces antes, sin conseguir nada más que sus negativas.

Me estaba costando mucho mantener esa relación tan extraña que teníamos. Éramos amigas, pero parecíamos una pareja. La gente estaba convencida de que nuestra relación era real, lo que yo no entendía, porque si de verdad fuéramos novias, me pasaría el día besándole y no procurando que se sintiera cómoda, evitando en la medida de lo posible nuestros roces.

A la semana siguiente, Laura celebraba su cumpleaños. Al parecer siempre hacía grandes fiestas. Había reservado un local entero para meter a todas sus amistades. Habría barra libre y muchos aperitivos. Yo tenía que buscarle un regalo especial, pero no sabía qué podría ser. Llevaba pensando en ello mucho tiempo, pero los objetos que las tiendas podían ofrecerme resultaban ser demasiado materialistas para lo que yo quería expresarle, la alegría que me provocaba tenerla en mi vida.

Al fin se me ocurrió algo, no estaba muy convencida y conseguirlo no fue una tarea fácil. A pocas horas del evento, tenía su regalo listo. Estaba muy nerviosa, pues deseaba que ella lo apreciara tanto como yo lo hacía.

A las seis empezó a llegar la gente, todos traían cajas con envoltorios preciosos. Yo aparecí un poco antes, sabía que Laura estaría ocupada ultimando los preparativos, y dejé mi regalo en un rincón. Lo había envuelto como pude, pero al final no quedó tan mal como esperaba.

Me lo pasé genial. Conocí a un montón de gente. Lo único malo fue que casi no pasé tiempo cerca de Laura, que correteaba de un lado para otro, asegurándose de que todo fuera perfecto.

A las cuatro de la mañana, la gente fue desapareciendo. El local debía quedar totalmente despejado, por lo que me ofrecí voluntaria para ayudar a Laura a llevar los regalos a su casa. Con el trabajo que me costó llevar el mío y ahora tenía que volver a montarlo en el coche.

Montamos todas las cosas en el ascensor. Aún no sabía lo que contenía cada paquete, pero siempre me ha hecho gracia ver la cara del cumpleañero cuando los abre. Me pareció raro que no lo hiciera según lo recibía, pero al parecer ahora se llevaba el estilo americano, cada obsequio con su tarjeta se depositaba sobre una mesa y la anfitriona los desvelaría en la intimidad.

–          Estoy agotada, niña. No tengo ganas ni de desempaquetar todo esto.

–          Joder, se han molestado en buscarte un detalle, qué menos que abrirlo y mandarles un mensaje de agradecimiento.

–          Si tienes razón. ¿Te quedas hasta que termine? Así dejamos esto recogido de papeles.

–          Claro.

Laura fue desenvolviendo uno a uno los regalos. Había de todo, ropa, complementos, joyas, cuadros, cosas para la cocina, juegos, juguetes sexuales (¡qué cosas más curiosas!). En resumen, tenía amigos que le querían mucho y mi regalo era una mierda.

–          Uis, este no lo he visto. ¿De quién pone que es?

–          Es el mío. Pero mejor no lo abras, te buscaré otra cosa –me daba mucho coraje haber sido tan idiota al elegir su regalo.

–          Claro que lo abro. Si llego a saber que era tuyo hubiera sido el primero. Pero lo bueno se deja para el final, ¿no?

–          Como quieras, pero mañana te busco otra cosa.

Laura quitó el papel con mucho cuidado, como si temiera que sus manos fueran capaces de destrozar el interior. Cuando hubo terminado, me miró con cierta extrañeza, por lo que me tocaba darle una explicación.

–          Es la mesa donde estaba sentada la primera vez que nos vimos. Te he escrito algo debajo. Siento no haber acertado.

Seguía mirándome de un modo raro. Se agachó y leyó en voz alta: “Aquel día me enamoré de ti y esta mesa fue testigo de ello. Ojalá pudiera darte el aire que había o el sonido de mi corazón al mirarte, pero, salvo nuestros recuerdos, esto es lo único que podemos conservar”.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to Día 43

  1. Carlie Doe dice:

    Si Laura no la quiere me la pido!!

  2. Carlie Doe dice:

    A Yoli por supuesto, y la mesa también xD

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