Día 41

Mis ojos siguieron a Laura durante toda la velada, los suyos me evitaban. Me sentía desnuda después de saber que había leído lo que escribí. No entendía tampoco por qué no me llamó, yo lo hubiera hecho si alguien me confesase su amor. Quizá mi nota no le pareció sincera o pensó que la dejé a propósito en el bar. La verdad es que había olvidado que la tenía.

Llegó la hora de dormir. Las chicas se fueron acoplando en las distintas habitaciones. Yo no quería compartir la noche con una roncadora, prefería dormir en el sofá. Me advirtieron que no era demasiado cómodo, pero era mejor eso que tener a una cochinona borracha intentando colarse en mi cama.

Después de muchas vueltas, conseguí encontrar una postura en la que mis costillas no dieran de lleno contra los muelles del sofá. Mi cuerpo se relajaba lentamente, no sé si por el cansancio o por el vino. Mis párpados se iban cerrando, me costaba mantener los ojos abiertos. Algunos ruidos conseguían sobresaltarme, pero aquella noche, el aire iba a ser mi compañero de sueños.

Me encontraba sumida en un profundo sueño cuando un peso se aposentó sobre mí. Me intenté incorporar, asustada por aquella sombra que me sujetaba, pero me fue imposible. Comenzó a besarme, pero no resultaba placentero, me sentía acosada, violada en mis sueños. Logré zafarme y empujar a mi agresor, que cayó al suelo provocando un gran estruendo. Algunas chicas se levantaron y por fin se hizo la luz.

Mis ojos tardaron unos segundos en aclarar las sombras, pero pude ver quién continuaba en el suelo. Laura se quejaba del golpe que se había dado en la cabeza. Todas nos miraban sin ser capaces de entender qué era lo que estaba sucediendo.

–          ¿Estáis bien? –preguntó una.

–          Sí, no pasa nada, tropecé y me caí –dijo Laura sin levantar la mirada del suelo.

–          Anda, dejemos a la torpe y al objeto con el que se chocó a solas –dijo otra.

Las chicas desaparecieron por el pasillo. Laura aún no se había levantado del suelo. Le tendí la mano, pero la rechazó.

–          ¿Por qué me has empujado?

–          No sabía quién eras. Estaba dormida y me encuentro con un cuerpo sobre mí, besándome y agarrándome los brazos, ¿qué querías que hiciera?

–          Tienes razón, perdona.

–          ¿Qué pasa? ¿Por qué has hecho esto?

–          Porque he vuelto a leer tu carta.

–          No es una carta y no creo que debas tenerla. Además, habíamos quedado en que no haríamos estas cosas.

–          Lo siento, me vuelvo a la cama.

–          También puedes quedarte y que tengamos nuestra cita.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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