Día 40

Carmen me llamó un sábado por la mañana. Estaba angustiada y decía encontrarse en mi portal. La urgencia de su voz hizo que permitiera que entrara en mi casa. Pero no vino sola, Esther le acompañaba.

–          ¿Qué pasa? –era demasiado temprano para que me montaran otro cisco.

–          Necesitamos hablar contigo –dijo Carmen-. ¿Podemos sentarnos?

–          Si esto va encaminado a una bronca, no.

–          Te prometo que no habrá bronca, de verdad. Aunque ya sé lo que le dijiste a mi tía sobre mí.

–          Yo no dije nada. Pero lo siento, es verdad que no debimos meternos en eso.

–          Eso da igual. Nosotras somos las que debemos pedirte disculpas –dijo Carmen mientras se sentaba-. Hemos sido muy injustas contigo. Eres una buena persona y nosotras unas idiotas por no darnos cuenta de lo que realmente pasaba.

–          ¿Qué es lo que realmente pasa? –pregunté intrigada.

–          Que estamos enamorada.

–          Dejadme ya con ese tema. Os lo dejé bien claro, no quiero nada con ninguna de las dos.

–          No, no. Enamoradas entre nosotras. No nos dábamos cuenta de que aún nos queríamos y convertíamos todas nuestras relaciones en algo enfermizo.

–          Bueno, yo sí que lo sabía, se lo dije a Yoli –puntualizó Carmen.

–          A ver, ¿me estáis diciendo que todo este tiempo solo me habéis estado utilizando para daros celos mutuamente?

–          Más o menos. Y queremos que nos perdones, por favor.

Suspiré, pero no de alivio. No sabía qué pensar. No me gustaba ser el juguete de dos locas. No quería ser aquella que servía de punzón en su esquizofrénica relación.

–          No sé si mandaros a la mierda o pediros que me dejéis en paz.

–          ¿Tanto te cuesta perdonarnos? Yoli, he seguido siendo tu amiga todo este tiempo, aunque no lo demostrara.

–          ¿No os dais cuenta de todo lo que me habéis jodido? Es mejor que os marchéis, cuando esté más calmada, hablaremos.

–          Espera, quiero que sepas una cosa. La empresa ha señalado a la novia de tu amiguita como responsable de tu acoso, así es que está llamada a juicio. La vamos a joder viva.

–          Pufff, lo que faltaba. Dejadme sola.

No sabía si ponerme a gritar o a llorar. Con todo lo que me habían hecho pasar, resultaba que solo era que estaban enamoradas y se echaban de menos. Era mejor no pensar en todo eso. Era sábado y el plan del día no merecía ser arruinado por dos trastornadas. Julia nos había invitado a todas a su casa de la sierra. Pasaríamos el día y la noche allí, al parecer tenía sitio para todas, y, de no ser así: “nos las apañaríamos”, había dicho.

Yo tenía que pasar a buscar a un par de chicas y luego subiríamos directamente a casa de Julia. A las doce en punto ya tenía a todo el personal montado en el coche, la carretera no parecía colapsada, por lo que llegaríamos pronto.

Nos resultó un poco complicado encontrar el lugar, la casa no estaba señalada en ningún mapa, pero, en los pueblos pequeños, todo el mundo saber cómo llegar a las fincas de los demás.

Cuando llegamos, ya había varios coches aparcados dentro, el de Laura entre ellos. Hacía tiempo que no nos veíamos y más aún, que no hablábamos, desde “el incidente”.

Nos recibieron con saludos y copas de vino. Había aperitivos para alimentar a medio pueblo. Julia sí sabía cómo montar una fiesta.

Comimos como animales, pero es que estaba todo delicioso. Julia era la dueña de un servicio de catering y había encargado para nosotras, los mejores platos. Reímos, hablamos, salimos a explorar los alrededores. Las tardes ya eran más cortas, y el frío de la sierra nos dejó a más de una tiritando frente a la chimenea.

Por la noche, la cerveza, el vino y los cubatas, corrieron a sus anchas por todo el salón. Yo elegí tomar la bebida de los dioses, pues era más acorde con la época del año.

Llenar una casa de cochinonas no era una idea extraordinaria. Unas se besaban con otras, las otras se insinuaban a unas terceras, vamos, un caos más propio de Sodoma. Entre la algarabía y el ambiente hormonado, Laura consiguió abrirse camino hasta mí.

–          ¿Lo pasas bien?

–          Sí, está muy bien.

–          Lo hacemos todos los años, pero seguimos perdiéndonos por el camino.

–          No me extraña –respondí-, a mí también me ha costado encontrarlo.

–          El otro día te olvidaste algo en el bar.

–          ¿El qué? ¿Cuándo?

Laura sacó un papel de su bolsillo, lo desdobló y me lo tendió para que lo viera. Reconocía aquella hoja, era la que escribí en el bar. Las mejillas se me sonrojaron, e intenté cogerla para separarla de su vista. Ella me apartó la mano.

–          ¿No era para mí?

–          No, es mía.

–          La encontré en el suelo mientras recogía unos cristales rotos. No sabía que habías estado allí.

–          ¿La leíste?

–          Sí, claro –contestó.

–          ¿Cómo sabes que lo escribí yo o que era para ti?

–          Bueno, porque la leí. Y no hay muchas acechadoras en ese bar. Además, acabas de confirmármelo. ¿Por qué no me saludaste?

–          Estabas pasándotelo bien, no quería molestar.

Laura no dijo más. Guardó de nuevo mi nota y se marchó.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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