Día 37

La mañana de sábado comenzó con un estruendoso ruido. El móvil de Laura no dejaba de gritar una canción. Por fin se decidió a levantarse, pero, al descolgar el teléfono, los decibelios aumentaron. Supuse que su interlocutora era Blanca, pues la conversación tenía un tono algo subidito.

Cuando hubo terminado, volvió a la cama conmigo. Me apartó el pelo de la cara y me besó en la mejilla. Se marchó nuevamente, creí que se iba para estar con su novia impuesta, pero no, al cabo de unos minutos, se presentó ante mí con un café.

–          Despierta, dormilona. Son las once de la mañana –su melódica voz provocó que mis labios esbozaran una sonrisa.

–          Un ratito más, por favor. Ven conmigo –me sentía especialmente mimosa, a pesar de mis dudas sobre todo aquel tema.

–          No, no. Te he preparado un café y tienes que venir a desayunar conmigo.

A regañadientes me dirigí a la cocina. Unas tostadas me estaban esperando en la mesa. La noche anterior no había cenado y mi estómago rugía como si estuviera incubando tigres. Laura me miraba como hacía mucho tiempo, y yo no podía dejar de sonreír.

Terminado el desayuno, nos fuimos al sofá. Me disponía a encender la televisión, pero Laura me arrebató el mando a la velocidad de un ninja.

–          Yoli, tenemos que hablar.

–          ¡Qué mal rollo me da eso! –esa frase acojona a cualquiera.

–          Ambas sabemos lo que sentimos la una por la otra. Sabes mi situación actual con respecto a Blanca. ¿Qué vamos a hacer?

–          ¿Era ella quien te llamó?

–          Sí, quería saber dónde estaba. He apagado el móvil, no nos molestará más.

–          Entonces, no hablemos. Volvamos a la cama. Quiero quitarte la ropa, quiero sentirte desnuda en mi piel.

–          No, Yoli. Joder, no entiendes nada –parecía decepcionada-. Quiero saber en qué punto estamos, lo necesito. Debo tomar ciertas decisiones y no quiero ser un revolcón más en tu larga lista.

–          Pero no lo eres –dije incorporándome y sosteniendo sus manos- . Sabes que te quiero.

–          ¿Estás preparada para enfrentarte a una relación? ¿A mí? ¿A Blanca? ¿A tu empresa? ¿Sabes todo lo que se nos viene encima?

–          No me importa nada de eso. Quiero tenerte, estar contigo, que hagamos el amor. Aún no he tenido oportunidad de disfrutarte en ese aspecto.

–          ¡Qué obsesión la tuya! Creo que es mejor que seamos amigas, al menos durante un tiempo. Cuando pase este temporal, hablamos de nuevo y vemos qué debemos hacer.

–          ¿Quieres tiempo? ¿No hemos tenido suficiente? ¿Y qué hago yo mientras espero a que te decidas?

–          Lo que quieras. Supongo que lo justo es que salgas con otras chicas.

–          A mí no me parece justo. No quiero salir con nadie que no seas tú. ¿Acaso quieres ver a otras personas? ¿Estás metida en alguna relación?

–          No, pero no tengo fuerzas para empezar ningún proyecto. Es mejor que me vaya.

–          No, no te vayas. Joder, Laura, te quiero, pero no te entiendo –dije con cierta resignación.

–          Por eso me voy, porque no me entiendes, y yo tampoco. Tengo que centrarme. Puedes esperarme o no. Eres libre de hacer lo que quieras. Si en algún momento decidimos estar juntas, no te echaré en cara lo que hagas durante este tiempo.

¿Por qué eran todas tan complicadas? Me gustaba, yo le gustaba, no había ningún inconveniente para que empezáramos una vida juntas. Quería que fuese su amiga y yo no era capaz de mirarle a la cara sin sentir el irrefrenable deseo de besarle. Aquello me hizo dudar aún más de si sus sentimientos hacia mí eran reales. ¿Ahora qué? ¿A probar cuerpos que no eran el suyo mientras en mi mente su imagen se repetía como una película a cámara lenta? Rogué para transformarme en una ameba.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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