Día 36

Me pasé semanas ignorando las llamadas y los correos electrónicos de Laura. No tenía el valor suficiente para dar la cara. No salí durante ese tiempo, temía encontrármela. Me convertí en una monja sin hábito.

En el trabajo las cosas iban fatal. Tenían ganas de despedirme, pero no sabían cómo ahorrarse la indemnización, por lo que se pasaban el día puteándome. Yo me sentaba en mi sitio, encendía el ordenador y me quedaba las horas muertas mirando la pantalla. No me daban trabajo, mis compañeros no me hablaban y mi único consuelo era la poca charla que Bea, la camarera, me brindaba.

Al final de la jornada laboral, mi jefe me llamó a su despacho. Había llegado la hora. Me pidió que me sentara y me soltó un sermón sobre el trabajo en equipo y cómo se hacían las cosas en la empresa.

–          ¿Quieres despedirme? Adelante, no voy a montar un espectáculo. Lo que no pienso hacer es rendirme.

–          Ya me ha llegado la carta del abogado del sindicato. ¿Crees que te estamos acosando? -¿del sindicato?

–          No sé de qué me estás hablando.

–          Al parecer uno de tus compañeros, anónimamente, se ha quejado en tu nombre de que te estamos acosando laboralmente. Ahora, por tu culpa, tendremos que ir a juicio y la empresa no tiene dinero para permitirse pleitear porque una niñata no esté cómoda.

Carmen entró como una fiera al despacho.

–          No puedes hablar con ella sin su abogado. Lo sabes y daré cuenta de ello.

–          Así que eras tú la “anónima”. Muy bonito por tu parte.

–          ¿Qué coño está pasando aquí? ¿Has denunciado a la empresa en mi nombre? –aquello se estaba saliendo de madre.

–          Sí. Y ahora levántate. Si quieren hablar contigo, ya saben cuál es el procedimiento.

Obedecí. Estaba aturdida por todo aquello. Carmen, la nueva defensora de los derechos del trabajador había entrado a rescatarme.

–          Sé que no me quieres cerca. Pero no podía seguir permitiendo lo que te estaban haciendo. Nos reunieron a todos, con la amenaza de despedirnos, para que no nos acercáramos a ti. Empecé a mover papeles y los del sindicato han visto que era mucho más de lo que yo contaba. Han abierto un procedimiento y no podrán tocarte hasta que no haya una sentencia en firme. Lo que no entiendo es cómo lo has estado permitiendo.

–          No sé qué decirte, Carmen. Gracias, supongo. No es que lo permitiera, es que no me importaba, tengo otras cosas en la cabeza.

–          Alguien está detrás de todo esto y me huelo que es tu amiguita Laura.

–          Ella no haría algo así.

–          Pues de esa cuenta vienen las órdenes.

¿Podría Laura estar puteándome? Yo y mis elecciones “bolleriles”. Ese día no fui a comer a casa. Me dirigí directamente a la oficina de Laura. Tenía que aclarar todo ese asunto.

Me colé en su despacho. Ella estaba sentada, hablando por teléfono. La conversación duró unos pocos segundos más y colgó. No le di tiempo a reaccionar y empecé a soltar todos los improperios que me venían a la mente.

–          ¿Se puede saber a qué viene esto? –preguntó con un tono entre sorprendido y ofendido.

–          ¿Quieres que me echen de la empresa? Pensaba que ibas a dejar los jueguitos. No te he cogido el teléfono porque no me ha dado la gana, y si eso es motivo para que te metas en mi vida laboral, adelante. Pero ve de frente.

–          Yo no he hecho nada. Te dije que no volvería a meterme en tu trabajo. ¿Por qué me culpas a mí?

–          Porque sé que vienen de esta oficina las llamadas a mi empresa en las que se les fuerza a echarme.

–          ¿De aquí? No puede ser –se quedó reflexionando unos segundos -. ¡Blanca! ¡Que hija de puta!

–          ¿No has sido tú? –el mundo se había vuelto loco o yo estaba muy perdida.

–          Le conté a Blanca lo nuestro y se enfadó.

–          ¿Qué es lo nuestro? No hay nada entre nosotras.

–          Le dije que estaba enamorada de ti. Le ofrecí dinero para retirar los activos de su familia en mi empresa y juró que me hundiría.

–          ¿Qué coño les pasa a las lesbianas? Me llevan puteando un mes. Carmen ha dado la cara por mí, y ahora me veo envuelta en juicios. ¿Dónde está esa zorra?

–          En una hora estará aquí.

–          Me voy a tomar algo. Llámame según entre por la puerta, porque de esta no se salva.

Estaba histérica. En cierto modo agradecí la tardanza de Blanca, eso evitó que llegáramos a las manos. Laura me llamó avisándome de la llegada de la malnacida de su novia. Subí como un huracán. Entré en el despacho de Laura y comencé a dar voces.

–          ¿Está es la puta a la que te estás tirando? Pues, creo que dentro de poco va a pasar a engrosar la lista del paro.

–          Eso es lo que te has creído tú. ¿Tan triste te sientes? Me das pena. Estás sola en este mundo y solo consigues que la gente se quede a tu lado por medio de las amenazas. A ver si tienes tantos huevos cuando te ponga delante del juez. Porque, carita de niña buena no es que tengas. Más bien pareces un mostrenco.

Laura se interpuso y me sacó de allí. Me obligó a meterme en su coche y me acercó a casa. No se limitó a dejarme en la puerta, subió conmigo. Saqué las llaves, pero mis manos temblaban, Laura las cogió y abrió por mí. Me acompañó hasta el sofá y me hizo tumbar. Oía que trasteaba en la cocina, hasta que apareció con una infusión.

–          Tómate esto, te hará sentir mejor –dijo mientras me tendía una taza y me acariciaba la mejilla dulcemente-. Siento mucho todo esto. Es culpa mía. Le conté que te quería, que no podía seguir con la farsa.

–          ¿Por qué estabas con ella? Dime la verdad, no me creo que sea solo por familia y papeleos.

–          Técnicamente es por eso. Su familia invirtió en mi empresa, son gente de dinero y creyeron en mí cuando Blanca no lo hacía. Ahora, esas acciones valen mucho, sus padres son mayores y, el gestor que les lleva estos temas ha recibido órdenes de que todo lo relacionado conmigo pase antes por la aprobación de Blanca. Así es que estoy bien cogida.

–          ¿Qué gana ella con todo esto? Es absurdo mantener una relación de esta manera cuando, está claro, que no te quiere.

–          Ella gana tener una “mujer florero” de la que presumir delante de su selecto grupo de amigos.  Los ricos son algo macabros y aparentar es lo único que les importa.

–          Lo siento. No sabía que las cosas eran así. Siento haberte ignorado, de verdad.

–          ¿Recuerdas cuando se intentó cancelar el contrato con tu empresa? Yo asumí las culpas, porque me daba vergüenza confesarte que Blanca tenía poder sobre mí. Pensé que te había perdido, pero me perdonaste. ¿Cómo no voy a estar enamorada de una persona así?

–          Deberías habérmelo dicho –eso me había molestado-. Me dolió demasiado pensar que tú podías estar jodiéndome de esa forma. Ahora, explícame por qué te la estabas tirando en tu oficina, porque eso no tiene ningún sentido.

–          Porque soy idiota. Estaba, bueno, estoy enamorada de alguien inalcanzable. Blanca me había convencido de que nadie más en el mundo podría aguantarme, que ella era la única esperanza que me quedaba.

–          ¿Tú querías follártela?

–          Yo quería hacer el amor contigo, nada más. Lo siento, tienes razón. No es una buena explicación, pero es la verdad.

–          No soy capaz de comprender tu comportamiento hacia ella.

–          Lo dicho, soy idiota. Mejor dejamos el tema por hoy. Ahora estás muy nerviosa. Tómate esto y vete a la cama.

–          ¿Te quedas conmigo?

–          Por supuesto.

Dormí toda la tarde y la noche abrazada a Laura. No intentamos nada, pero sentía su calor contagiando mi cuerpo. Era reconfortante. Me costaba comprender cómo podía dejarse chantajear así, pero su situación no era fácil. Amaba su empresa, lo era todo para ella y aquella mujer sin escrúpulos quería apoderarse de todo. Había mermado la conciencia de Laura. Era una maltratadora psicológica, una auténtica hija de puta a la que habría que darle un escarmiento.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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